Perros, antropofagia a domicilio

No son días fáciles para millones de personas. Casi sin avisar, esta semana, ha estirado la pata en Bobi. 31 años tenía el pobre. Era el perro más viejo del mundo. Se ve que había tenido una vida rica y llena en su Portugal natal. El propietario del quisso cree que quizás ha llegado a una superlongevidad porque siempre se alimentaba de “comida humana”. El homínido clava mordisco.

Enterrábamos Bobi los días que se nos hacía saber que en Catalunya hay más perros que cachorros. 1.254.211 perros y 1.139.260 criaturas menores de 14 años. Este verano ya vimos que en Barcelona unos superaban a otros: 172.791 perritos y 165.482 patufets. Mucho bub-bub y poco buáá. Hemos pasado de Roberts a Bobis. De Marcos, Layas, Ondas, Polos humanos en Lunas, Thors, Kires, Muñecas, Loles, Lindes, Maxs, Rockys, Cocos, Tobis animales. Incluso llegamos a reconocer, aplaudir, homenajear nominalmente a un virus letal: en el 2020 hubo 27 familias barcelonesas que pusieron a Covid a su quisso. Gracias por hacer progresar este mundo de monas en el que hay más bestias que personas. Espere, que me pongo el bozal.

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Antes de que los perros nos hagan callar quisiera reproducir unas palabras del filósofo humano Ferran Sáez: “Cuando varias generaciones se reúnen en un mismo contexto dialógico y aún prevalece el respeto por los mayores, se escucha y se calla. Aunque pueda parecer paradójico, escuchar y callar son la condición de posibilidad del hablar adulto”. Esto lo hace ver porque, como argumenta, los niños sátrapas han acabado reventado y usurpando ese fuego y todo pasa a quemar a su alrededor. Como una dictadura prêt-à-porter de chiquipark bárbaro. Pero por el carril de aceleración de ésta road movie infernal avanzan, según Sáez, "los perros y gatos humanizados". Un absolutismo sin bocados ni arañazos, pero estas bestias ya están atando a los hombres con longanizas, confituras, estupefacientes, pegamento industrial, lejías de oferta... Son un idioma, una lengua franca. Un campo de concentración para personas que ya dejan de hablar y comienzan a bujer, gemir.

Los perros, y gatos, civilizados son los consoladores, los Satisfyers de la insatisfacción humana. Animales tapaforados. Prótesis para lo que quieras. Perros no perros. Ni ladran, ni ladran, ni nada. Silenciosos como un coche eléctrico subvencionado y parado frente a casa. Fieles como un parásito de verano crónico que vive de ti. Terminaremos viendo matrimonios de humanos con perros. E hijos. Y derecho a voto, a sindicarse, a hacerse cambio de sexo, cerebro... Y todo lo que no podáis imaginar. La decadencia de una sociedad, de un país, es esto: más perros que personas y creer que los animales son homínidos de cuatro patas. De Robert a Bobi: ningún futuro humano. Totalitarismo nacional bub-bub en el horizonte.

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En este spaghetti western de crepúsculo catalán existencial, las imágenes, como rayos de sol, diarias, repetitivas, clonadas, masivas, opresivas, absolutistas, ahogadoras de perros obesos, depresivos, vestidos de veintiún botones, todos con peluqueros, coach emocionales, psicólogos sensoriales, camellos las 24 horas... hacen contradecir la sentencia clásica: no es que hombre y perro, a lo largo de los años, se parezcan. No. Estamos ante la secuencia letal, plano a plano, de cómo el perro está devorando al hombre. A bocados pequeños. Sin prisa. Paint bien y cagando mejor. Ya nos ha dicho el no dueño de Bobi que si lo quiso llegó a tan viejo era porque comía teca humana. Poco a poco nos dejamos comer por los perros. Para gatos, mariposas, musarañas, marsupiales... Volvemos a los inicios de la tierra: antropofagia a domicilio.