En la exposición Alojar las mayorías, Barcelona 1860-2010, comisariada por Manel Guardià y Maribel Roselló, del museo de la vivienda de Barcelona, sede del MUHBA en las antiguas casas baratas del Bon Pastor, se puede observar un cartel de los años 60 de una empresa constructora en el cual se muestran múltiples promociones residenciales sobre un mapa de Barcelona. El cartel tiene como título “Pisos pisos pisos pisos” y deja entrever en buena medida cómo fue la respuesta que se dio desde finales de los años 50 al problema de acceso a la vivienda y el chabolismo a través del Plan de Urgencia Social de Barcelona de 1958. Este plan, centrado en la máxima producción de “pisos” posible de la manera más barata (a través de los conocidos como “polígonos de vivienda” se construyeron cerca de 128.000 viviendas en unas 922 hectáreas) derivó en lo que se bautizó posteriormente como chabolismo vertical, es decir, nuevos sectores residenciales con edificios con patologías constructivas, viviendas precarias y sin dotaciones públicas. Y en una nueva dimensión metropolitana segregada socioespacialmente.
Sorprende que, nuevamente, la discusión actual sobre el grave problema de acceso a la vivienda esté centrada en la cantidad de pisos que se han de construir. Recordemos que los dos planes en marcha de la Generalitat de Catalunya se han denominado por el mismo Gobierno Plan 50.000 y Plan 214.000. En cambio, en la ecuación, no aparecen, o no han trascendido, cuestiones tanto o más importantes que la provisión de unidades de vivienda, como es la posición de las nuevas viviendas, las infraestructuras urbanas y los servicios necesarios o cómo debería ser la forma de estos nuevos barrios.
La posición, tanto de los nuevos edificios como de los nuevos sectores residenciales a desarrollar, es capital para la relación entre residencia y lugar de trabajo. El crecimiento y fijación de la población está directamente relacionado con la oferta de trabajo. Durante las últimas décadas el crecimiento demográfico en Cataluña se ha concentrado en la franja litoral, desde Cambrils hasta Palamós, gracias a la atracción de Barcelona y el sector turístico, aunque este no era el escenario deseable por el planeamiento territorial, que preveía potenciar el crecimiento de ciudades centrales como Vic, Manresa o Igualada, que, en cambio, no han alcanzado las expectativas. ¿Debemos mantener esta tendencia y dejar que Barcelona y el turismo continúen atrayendo y concentrando población en el litoral? ¿O deberíamos planificar un modelo territorial más equilibrado y arraigado en el fortalecimiento de sectores económicos productivos más sólidos, justos y resilientes que el turismo? Y esto no pasa solo con planeamiento urbanístico y la construcción de pisos, sino que también hay que activar coordinadamente políticas de infraestructuras y de creación de trabajo.
Oímos a menudo que la movilidad puede solucionar el problema de acceso a la vivienda. Esta es una idea que hay que matizar y tomar con prudencia. Es evidente que no se debería desarrollar ningún nuevo sector residencial (industrial tampoco) que no tenga acceso a la red de transporte público de alta capacidad. Ahora bien, la conectividad no debería ser un vehículo para expulsar la vivienda protegida de posiciones centrales y segregarla territorialmente. Necesitamos generar vivienda asequible equilibradamente en todo el territorio, especialmente en los tejidos urbanos consolidados, donde no la hay, si no queremos reproducir el modelo de segregación social de los años 50. Medidas como la del 30% impulsada por el Ayuntamiento de Barcelona o la compra de viviendas gracias al derecho de tanteo y retracto son instrumentos fundamentales para proveer vivienda asequible también en entornos urbanos consolidados.
La segunda cuestión importante es la idea de habitabilidad, que va más allá del acceso a una vivienda, y hace referencia a la capacidad de un determinado entorno urbano de proveer las condiciones que garanticen una vida cotidiana digna: parques y jardines, equipamientos públicos y comercio local. Se realizan presentaciones y debates sobre cómo se financiarán los miles de nuevas viviendas, pero, ¿cuál es el presupuesto para los equipamientos que serán necesarios para la nueva población? ¿Cómo serán los barrios nuevos? La calidad de la habitabilidad también depende de la forma urbana. Recuerdo que en el marco de las Áreas Residenciales Estratégicas de 2008 se elaboró un pliego de recomendaciones urbanísticas para orientar el diseño de los nuevos sectores residenciales. Sería interesante recuperar aquella idea y actualizar el documento para definir cómo queremos que sean los nuevos barrios: de qué manera se adaptarán a las nuevas condiciones climáticas, cómo fomentarán hábitos de vida saludable y cómo se promoverá la proximidad y la vitalidad urbana. Es decir, cómo queremos que sea la vida de sus futuros habitantes.