La policía asesina de Trump
El asesinato de otra persona en Minneapolis, víctima de los disparos de la policía de fronteras, nos pone ante dos consecuencias simultáneas: la americana y la mundial. Dar impunidad a una policía que solo obedece al líder y se dedica a perseguir a inmigrantes sin mandamiento judicial oa matar a gente que se opone se parece demasiado a la Gestapo cuando iba a la caza y captura de judíos y de opositores en la Alemania de los años treinta. De los países donde la policía mata a su propia gente a sangre fría por la calle y después le acusa de terrorista se llaman dictaduras. El siguiente paso es imaginable: aumentar la tensión, provocar a la gente, acusar a las autoridades locales de insurrección, retirarles los poderes constitucionales y, con la excusa de evitar altercados o enfrentamientos armados, suspender las elecciones en nombre de la seguridad y el orden público.
La derivada mundial es igual de clara: los aprendices de Trump babean sólo de pensar que algún día ellos también podrán convertir a la policía o al ejército en instrumentos del odio contra los inmigrantes o los disidentes, sabiendo que las masas empobrecidas necesitan un culpable. Y si al leer esta frase alguien ha pensado para un microsegundo qué suerte tiene de no ser inmigrante, que recuerde que después vendrá el estado de excepción, la detención de cualquiera que se atreva a oponerse, la ilegalización de organizaciones sociales y políticas y la supresión general de los derechos civiles. Trump está extendiendo el miedo a hablar, manifestarse u organizarse hasta los pliegos más íntimos de la nación. Empezó por los inmigrantes porque sabe que la crueldad con los más débiles tiene un vergonzoso premio electoral, pero va para todos nosotros.