Política de vía estrecha

Estábamos debatiendo por dónde tenía que ir la nueva etapa abierta por la amnistía y, de repente, nos encontramos con unas elecciones. Haciendo de la necesidad virtud, podríamos optar por una interpretación positiva: puesto que entramos en una nueva etapa, hacemos fuego nuevo. Que los ciudadanos decidan quién y cómo debe gestionar esta nueva etapa. Que así sea.

La realidad, sin embargo, es bastante más prosaica. Había la perspectiva de un nuevo presupuesto excepcionalmente expansivo para afrontar cuestiones centrales como la sequía, la escuela inclusiva, las políticas sociales de integración y otros, y la peor política se la ha cargado. Son cuestiones que ocupan un lugar central en el programa y en el discurso de los comunes. Y de forma inexplicable han tumbado los presupuestos. Y han hallado la coartada en la referencia, sin dotación económica, al proyecto del Hard Rock. Es triste cuando se confunde hacer política con jugar a hacer política.

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Ciertamente, la obsesión de Salvador Illa y el PSC de hacer bandera de un negocio que lleva incorporada la destrucción ecológica, el confuso –ya menudo mafioso– mundo del juego, y la ludopatía, está al nivel del disparate de los comunes . Pero no es una excusa. Si el interés del candidato del PSC de hacer gestos por captar parte del electorado de la derecha debe pasar por iniciativas que nada tienen que ver con una idea de progreso social y economía colaborativa, mal daños. Ya lo decía el liberal Stuart Mill: "La idea de una sociedad sostenida sólo por relaciones y sentimientos surgidos del interés monetario es básicamente repulsiva". Pero esto no es excusa por el patinazo de los comunes.

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Una vez rechazados los presupuestos, el presidente Aragonés no tenía otra opción razonable que convocar elecciones. Pero cuesta creer que alguien haya movido los hilos para que los comunes cayesen en esta trampa pensando que puede sacarle rendimiento. No parece que pueda beneficiar a Isla, que necesitará socios si quiere gobernar. Y no parece que Junts se sienta cómodo cuando Turull ha corrido a anunciar una potencial candidatura de Carles Puigdemont que en el fondo solo quiere tapar la dificultad del partido de empezar una nueva etapa sin provocar un descalabro en los equilibrios internos. Todo ello demasiado politiquería y poca política.

De hecho, y siguiendo con la política de vía estrecha, el lío tiene mucho que ver con la incapacidad de socialistas y comunes para entenderse en el Ayuntamiento de Barcelona, ​​donde el alcalde Collboni ve fantasmas cuando la figura de Colau se acerca. Mientras el independentismo, cada vez más dividido, vive en la incomodidad de afrontar el principio de realidad después de haber perdido a menudo el mundo de vista, la izquierda estrena nueva etapa con un espectacular resbalón de los comunes.

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