Cómo ser judío o palestino tras la destrucción de Gaza
La identidad nacional alemana (suponiendo que eso exista) cambió tras el nazismo. Lo mismo ocurrió con los judíos, receptores de una oleada de simpatía internacional tras el horror del Holocausto. Ahora, con las atrocidades que Israel comete en Gaza y Cisjordania, la percepción de la identidad judía (no sólo la israelí) está modificándose en el mundo. Lo que apenas se altera es cómo vemos a los palestinos: o terroristas o víctimas, casi nunca seres humanos con todas sus dimensiones.
Dos libros recientes, ambos publicados por Capitán Swing, exploran este asunto. Uno es “Ser judío tras la destrucción de Gaza”, de Peter Beinart, un profesor estadounidense, obviamente judío. Otro es “Víctimas perfectas”, del poeta palestino Mohamed El-Kurd.
Beinart ofrece un valor añadido: pasó su infancia en la Suráfrica del “apartheid”. Conoce, por tanto, el truco narrativo sobre el que se sostenía aquella sociedad racista. Si se concedía la igualdad a los negros, decía el régimen, la minoría blanca sería exterminada. Cayó el régimen, llegaron Nelson Mandela y la igualdad y, pese a todo el odio acumulado, no hubo matanzas ni grandes desastres. Resultó que ni negros ni blancos eran monstruos ansiosos por despedazarse.
El libro de Beinart, según él mismo, “trata del relato, que convence incluso a judíos a quienes duele genuinamente la tragedia de Gaza, de que no hay otra forma de mantenernos a salvo. Es nuestra versión de una historia que se cuenta, con muchas variantes, en muchos pueblos de muchos lugares, donde deciden que protegerse requiere subyugar a los demás; que igualdad equivale a muerte”. Los judíos se ven a sí mismos, dice, “como un pueblo destinado por la historia a enfrentarse a perpetuidad con la aniquilación y a sobrevivir milagrosamente”. Y, por tanto, se atribuyen la superioridad moral.
Los sucesivos gobiernos israelíes han conocido siempre la realidad. Ya desde 1948, cuando el ejército judío empezó a expulsar a los palestinos de sus casas y sus tierras. En 1956, hace exactamente 70 años, el general Moshe Dayan, entonces jefe del Estado Mayor israelí, habló con una sinceridad inusual después de que varios palestinos mataran a un policía en Nahal Oz, cerca de Gaza: “No culpemos a los asesinos hoy. Llevan ocho años metidos en los campos de refugiados de Gaza, y ante sus ojos hemos estado transformando en nuestra propiedad las tierras y las aldeas en las que ellos y sus padres habían vivido”.
Esa honestidad ha desaparecido. Ahora son los palestinos los culpables de todo, por el simple hecho de existir. Han sido deshumanizados. En “Víctimas perfectas”, Mohamed El-Kurd habla del “rechazo occidental a mirarnos a los ojos”. La resistencia armada, escribe, “que a otros convierte en héroes, a nosotros nos convierte en criminales”.
El-Kurd subraya algo obvio: a un palestino se le exige que condene la violencia; a un israelí, no. Y añade: “Cuando los productores televisivos nos invitan a participar en sus programas, no pretenden entrevistarnos por las experiencias, los análisis o el contexto que podamos aportar. No nos transmiten sus condolencias como a nuestros homólogos israelíes. Nos invitan para interrogarnos”.
El poeta palestino, nacido en Jerusalén, admite sin reparos su rabia y su rencor contra el sionismo. El profesor estadounidense se inquieta por el resurgimiento del antisemitismo, ahora especialmente arraigado en la izquierda y entre la juventud. Judaísmo e Israel se han convertido casi en sinónimos, pese a ser cosas muy distintas. Beinart observa con pesar que la gran mayoría de las sinagogas estadounidenses lucen una bandera israelí “e incluyen una plegaria por Israel en la liturgia”.
El-Kurd se declara convencido de que la lucha palestina seguirá y percibe “un nuevo amanecer” en el mundo, con una creciente simpatía hacia su causa. Cree en la victoria final: “Puede que el sionismo siga siendo un formidable oponente, pero también es una bestia vieja, temblorosa y cegada por su propia trascendencia”.
Beinart piensa igualmente que el sionismo no será eterno y finalmente se podrá compartir la misma tierra. Recuerda que el 20 por ciento de la población israelí es árabe y que esos ciudadanos, pese a ser considerados de segunda categoría, “constituyen el 25 por ciento de los médicos de Israel, el 30 por ciento de sus enfermeras y el 60 por ciento de sus farmacéuticos. Sin embargo, pocos judíos israelíes temen que les den una paliza cuando entran en un hospital o que los envenenen cuando entran en una farmacia”.
La convivencia, por tanto, es posible si no hay ocupación, opresión y violencia. Ambos autores coinciden en ello.