Eugeni Sallent en una imagen de 2012.
08/02/2026
Periodista y escritor
3 min

1. Por suerte, hace sol. Un buen cielo azul ayuda a serenar a las almas tristes. Quizás no las consuela, pero en una mañana de funeral, y más aún en un entierro de invierno, se agradece que no haya lluvia, ni nieblas, ni inclemencias añadidas que te arrastren a la pérfida nostalgia. Tras un altar laico, con los bosques de Collserola de telón de fondo, los amigos hablan primero. Son el grupo, a prueba de esta bomba que es el paso del tiempo. Se habían conocido en la escuela y habían continuado viéndose, con agenda y ganas, hasta una semana antes, cuando todavía se habían entablado todos juntos en el mejor restaurante de Bellaterra. Cuentan anécdotas de comidas, puros, cigarrillos de ron y viajes a Colombia que nos hacen revivir como si hubiéramos estado. Suena Lluís Llach y aparecen los seis hermanos –tres chicos y tres chicas– en el escenario. Sesenta y tres años son demasiado pocos, para morirse, pero son muchos de convivencia, para conocer a tu hermano mejor que nadie, en cada época de la vida. Sus recuerdos se balancean entre el humor y la añoranza que acaban de estrenar y que les duele tanto como unos zapatos nuevos. Te dicen lo malparido que era, de pequeño, y los asistentes que le han conocido de mayor, en la bonhomía profesional, ríen. Te confiesan que ellos están atónitos de ver cómo los medios de comunicación le han hecho alabanzas en las noticias sobre su muerte. Y en obituarios de periódico aún más. Intuían que estaba a bueno, en el trabajo, pero no tanto o no tan reconocido. Se abrazan los seis, en una elegante danza de hermandad, y suenan más notas de Lluís Llach mientras, en la pantalla, pasan fotografías espigadas, de aquí y de allá, de momentos dispersos de felicidad. "No sabía que fuera tan guapo", me dice una prima que tenía sentada a su lado. Abrimos un debate estéril en voz baja, que acaba de repente. De repente en el oratorio se congria el silencio más espeso. Tras el altar laico de la ceremonia se encuentran las dos únicas personas de la sala que no le llamaban por el nombre. Ellos le llamaban "papa". Los dos hijos, el mayor y la pequeña, hablan cogidos de la mano. No llegan a la treintena y se les acumulan los momentos, en pinceladas, con la necesidad de compartirlos. Excursiones, risas, esa forma tan suya de contemplar el mar desde Menorca, o de cocinar paellas picantes para mucha gente. Y, por encima de todo, el amor por la madre, la historia construida en Sabadell por ambos. La emoción llega a las últimas filas, la de los amigos, conocidos y compañeros de trabajo. Se siente alguien que somica, otro se moca discretamente y, cuando se adivina una lágrima, se agradece una mano en el hombro venga de donde venga. Cada frase dicha por el hijo explota, como una granada de mano, en el corazón de alguien. No todas petan en el mismo momento. Los sentimientos, muchas veces, estallan cuando menos lo esperas. A veces el detonante es una palabra, un recuerdo, una emoción sobrevenida que ha hecho atajo. La viuda no habla. Mamá tampoco. Demasiada pena. No es ley de vida, despedir a un hijo. Y suena Loco por ti, el himno que nos hemos hecho nuestro para cada muestra de amor. Qué suerte haya hecho solo. Y qué lástima no haber probado tu sartén de gambas.

2. Por la tarde voy a ver Tres adiosas. Me equivoco de medio a medio. La película de Isabel Coixet me ha gustado mucho, pero con este título –y sin haber leído la sinopsis– podía haber intuido ya de qué iba. Es un canto a la vida, pero después de una mañana de abrazos tan oídos en Collserola no era el día para emociones contrastadas. Y, como si fuera una señal, la película está rodada en italiano y pasa a Roma, uno de los últimos escenarios vitales de Eugenio. Cuando falta alguien, todo te vuelve a él ya las imágenes de la despedida. Sentado en el cine, me doy cuenta de una escena del funeral. Los amigos llevaban el escrito en un papel, los hermanos miraban el guión en un iPad y los hijos pusieron el móvil en el atril. Son, también, tres formas de decir adiós.

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