Gritoria

Feijoo durante el balance de 2025
17/01/2026
2 min

La política es la lucha por el poder. Y en democracia se rige por el principio de la mitad más uno que da la mayoría parlamentaria. Es la escenificación civilizada de lo que llamamos la lucha de clases, con el esquema derecha/izquierda como eje del sistema, a menudo con una tendencia a la caricatura, a la satanización del adversario, y con una oratoria que se mueve a partir de la lógica de nosotros y otros, para hacer del rival un enemigo. Una bronca por encima de las ideas, propuestas y decisiones que a menudo, en cada bando, deriva en expresiones más propias de la psicopatología de las pequeñas diferencias.

El resultado es que el debate político se degrada por una dinámica en la que los criterios de verdad y falsedad brillan por su ausencia, la descalificación –e incluso criminalización– del adversario pasa por delante de cualquier proyecto o propuesta, y se toman decisiones que cuestan de entender desde un punto de vista racional, porque no tienen raciones. Y así el prestigio de la política decae. Sólo los más entregados a cada causa se les ríen las gracias, las relaciones se tensan innecesariamente, y la ciudadanía pierde confianza.

Ahora mismo los ejemplos son canónicos. Y sus consecuencias también. Feijóo ha llevado tan al límite la criminalización de Pedro Sánchez, que ni su propia gente sabe lo que quiere. Las ideas, las propuestas, no forman parte de su guión y, en consecuencia, una parte de sus votantes están dando el paso hacia Abascal y Vox, que con más doctrina y menos dependencia del adversario capitalizan el malestar de una ciudadanía que se siente desatendida y desamparada, y construyen groseramente el retrato de los responsables de sus males.

En el ámbito catalán es Junts, perfectamente descolocada después del Proceso, en busca de un espacio que en parte ella misma ha perdido, quien confunde el interés colectivo con el suyo, jugando al gato y la rata en los Parlamentos de Cataluña y de España, rechazando las ganancias que de la vía de la vía patriótica, aunque sabe perfectamente que en el todo o nada casi siempre gana el nada. Es el perfil táctico escogido con la intención de presentarse como los auténticos representantes de los catalanes frente a quienes van sumando pacto a pacto. Y sorprende en el caso de Junts, porque los momentos más brillantes –y con mayor permanencia en el poder aquí e influencia en Madrid– fueron precisamente con el pez en el cubo pujolista. Esta necesidad del ahora sumo, ahora me planto, es posible que dé satisfacción a su núcleo directivo, que así disimula la impotencia para ir más lejos, pero de momento no hace más que ir haciéndolos pequeños. La política no es sólo sobreactuación, sino también concreción. A veces queriendo parecer a los más auténticos lo único que se consigue es regar la cosecha de la extrema derecha. Orriols hace ya tiempo que ha empezado a cobrar.

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