Para progresar hay que saber repartir
El análisis económico ha promovido una distinción conceptual estricta entre, por un lado, la producción total de bienes y servicios que una economía puede potencialmente derivar de su acervo de capital y conocimiento (los “fundamentales”) y, por otro, las instituciones y normas que determinan cómo se toman las decisiones de producción y cómo las ganancias que siguen se reparten entre los miembros de la economía. Es una distinción útil, pero que puede ser peligrosa si abre la puerta a considerar la primera aislada de la segunda, ya que la realización del potencial que describe la primera puede muy bien depender de la segunda. Lo ilustraré con algunos ejemplos.
1. Nuestra crisis de la vivienda. Si solo nos fijamos en los fundamentales, el problema de la vivienda debería ser fácilmente resoluble: el espacio físico donde edificar existe, la tercera dimensión facilita la tarea, la tecnología de la construcción –y la prefabricación de viviendas– progresa muy rápido, los recursos privados y públicos que harían falta para programas contundentes de construcción también existen. Dado todo esto podemos predecir que el problema se resolverá, pero el cuándo cuenta. ¿Por qué es tan difícil ir rápido? Pues porque existe un entramado institucional y normativo que ralentiza el proceso. Para dar paso a la edificación, el suelo ha de estar primero designado como urbanizable y después urbanizado. Ahora bien, aumentar el suelo urbanizable y el suelo urbanizado –una prioridad hoy perentoria– está condicionado por una normativa rigorista, y sobre todo por el hecho de que la iniciativa ha de ser municipal, y puede haber muchas reticencias si los ciudadanos del municipio no valoran la necesidad de la edificación, o si la valoran en abstracto pero a la hora de concretar prefieren que se haga en otro lugar. Es decir, si no ven ganancias. Celebro los esfuerzos que está haciendo la Generalitat con los planes para las 50.000 y las 200.000 viviendas. Ojalá salga bien. Soy optimista. Pero la lección es que a la hora de diseñar instituciones y repartirles las competencias, hay que prever plazos cortos de tramitación, especialmente en tiempos críticos como los que vivimos.
2. Las hambrunas en la India. La investigación histórica sobre este tema (Poverty and famines, 1981) contribuyó a que el economista Amartya Sen recibiera el Nobel. La idea tradicional era que las hambrunas –catástrofes humanitarias muy destructoras para la economía– eran consecuencia de una falta de alimentos que, en un contexto de desarrollo económico bajo, tenía su origen en disrupciones diversas: climáticas, epidemias, etc. La receta era resignarse y trabajar para el desarrollo. Sen, en cambio, demostró que lo más habitual en la India era que las crisis que provocaban las hambrunas no vinieran de la falta de alimentos sino de episodios de empobrecimiento causados por el funcionamiento normal –pero ciego a la distribución de ganancias– de los mercados. Y que lo que fallaba eran unas instituciones incapaces incluso de reconocer el problema. Sen remarcaba que en períodos de prensa libre las hambrunas no se podían ignorar y, fíjate tú, efectivamente hubo menos.
3. Central de bombeo en el Berguedà. El 28 de marzo la población afectada del Berguedà se pronunció en consulta popular contra la instalación de una central hidroeléctrica con una tecnología (reversibilidad por bombeo) muy indicada para la sostenibilidad energética. Un buen proyecto puede así quedar tocado. No conozco lo suficiente el tema para deducir si el rechazo se debió a que no se preveían compensaciones razonables o a que, en conjunto, los votantes aspiraban a un resultado no razonable. Si fuera lo primero, me falla la institución que formula el proyecto. Si fuera lo segundo, me falla la que pretenda dar un peso decisivo a una consulta local para un tema de interés general.
4. Datos, supercomputación e IA. En conjunto, pueden ser fuente de avances importantes en la productividad de la economía. Pero el trasbordo será considerable (noticia de esta semana: una escuela de programación del 22@ pierde matrícula porque se anticipa menos necesidad de programadores de nivel inicial). Creo probable que la economía genere nuevos puestos de trabajo en magnitudes congruentes con las pérdidas, pero no tengo tan claro que si lo dejamos solo a las fuerzas del mercado, la compensación económica por el trabajo dará como resultado un reparto de las ganancias que sea equitativa; especialmente si, como estamos viendo, aumenta el peso de las grandes corporaciones con poder de mercado. En este caso, una insatisfacción social bien justificada puede hacer descarrilar la agenda de la productividad. El poder ciego de las fuerzas del mercado tendrá que encontrar un poder compensatorio ("countervailing power" es una expresión de J.K. Galbraith) en gobiernos democráticos fuertes y, siguiendo la lección de Sen, en sociedades dotadas de una prensa libre.