El rey se reunió el lunes con la ministra de Defensa, Margarita Robles, y la cúpula de mandos
12/09/2026 - 18:01 h.
Filósofo
2 min

El lunes pasado el rey Felipe VI recibió en el Palacio de la Zarzuela a la ministra de Defensa, Margarita Robles; al jefe del Estado Mayor de la Defensa, Teodoro López Calderón, y al comandante de Ceuta, Luis Fernández Herrero. Los servicios de comunicación de Palacio difundieron inmediatamente una imagen solemne en la cual se veía al rey y a los dos mandos del ejército vestidos de militares. Un detalle que no pasó desapercibido y que disparaba las especulaciones por la ausencia del presidente Sánchez, a quien corresponde marcar y dirigir las estrategias de gobernanza. El poder militar, pues, quería marcar presencia, y el jefe del Estado les ofreció la oportunidad, en medio de rumores sobre las discrepancias entre el presidente y la ministra. Y es difícil creer que la imagen fuera inocente. En un país que viene de donde viene, la puesta en escena es, como mínimo, inquietante. ¿A qué viene este gesto militarista ante una crisis de una complejidad considerable y que no admite gestos disfuncionales y mucho menos de este carácter? El monarca poniendo en escena al ejército.

Al día siguiente, el Tribunal Supremo paralizaba, a partir de una denuncia de Vox, el derecho de voto de las personas nacionalizadas por la llamada ley de nietos, con un argumento estrictamente político: podría cambiar los resultados electorales. Es una cuestión que afecta a dos millones cuatrocientas mil personas, y parece que el Supremo cree que la condición de descendientes de exiliados puede influir en su voto peligrosamente. La derecha ya hace tiempo que hace demagogia en este sentido: habla de un pucherazo del gobierno. En todo caso, las razones del voto de cada cual —venga de donde venga— no tienen nada que ver con lo que tiene que proteger la justicia, que es el derecho fundamental a que todo ciudadano vote lo que crea conveniente. Negar este derecho por los efectos electorales que pueda tener no es justicia, es política.

Son dos ejemplos inquietantes, que confirman que España está entrando, como en todas partes, en lo que Susan Stokes llama "la época de los regresores", los líderes que erosionan las propias democracias. Un fenómeno que el trumpismo anima y que ahora mismo se encuentra en pleno desarrollo en Europa con la extrema derecha al alza y las derechas democráticas cada vez más a remolque en la vía del autoritarismo posdemocrático. Es preocupante que instituciones como la monarquía o el Tribunal Supremo den señales en esta dirección.

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