Reinventar el mundo desde el emprendimiento femenino

He tenido la oportunidad de observar el emprendimiento femenino tanto desde la investigación social como desde mi propia experiencia. Esta doble perspectiva me permite afirmar con bastante rotundidad que cuando las mujeres emprenden no sólo crean empresas, sino que cuestionan silenciosamente el modelo de liderazgo y éxito que hasta ahora hemos dado por natural. No se trata sólo de cuántas compañías dirigen, sino de cómo las diseñan, qué relaciones generan y qué tipo de impacto buscan.

Muchos proyectos impulsados ​​por mujeres nacen del deseo de aportar sentido: mejorar la vida de otros, introducir prácticas más respetuosas con el entorno y dar respuesta a necesidades sociales invisibilizadas. La ética del cuidado atraviesa muchas de estas iniciativas, que redefinen lo que entendemos por empresa. He conocido emprendedoras que han convertido en actividad económica lo que antes era una tarea doméstica o socialmente devaluada –cuidados, conciliación, sostenibilidad– con una mezcla de ambición y responsabilidad que descoloca a quienes sólo miden el éxito en facturación. Los datos de la OECD sobre trabajo autónomo y emprendimiento así lo demuestran: el 12,8% de las mujeres autónomas emprendían en salud y servicios sociales y el 10,7% montaban servicios vinculados al lavado, limpieza, peluquería y bienestar físico. En contraste, sólo el 3,3% y el 2,4% de los varones trabajaban en estos mismos sectores, respectivamente.

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El liderazgo de las emprendedoras tampoco responde al patrón jerárquico clásico: apuesta por estructuras horizontales, participativas, basadas en la confianza y el reconocimiento. La enorme cantidad de cooperativas formadas por mujeres aquí y en lugares donde la pobreza y la precariedad son grandes, como India y África, así lo indican. No es una cuestión de "carácter femenino", sino el fruto de una historia vital hecha de negociación, cuidados y alianzas para poder avanzar. También en esto las emprendedoras innovan y desmienten el mantra que "las mujeres se masculinizan en los sitios de poder".

Al mismo tiempo, he constatado un fenómeno que quizá sorprenda a quienes aún asocian emprendeduría con temeridad: muchas mujeres se muestran más prudentes a la hora de asumir riesgos económicos. Las mujeres suelen planificar cuidadosamente, evitar riesgos desmedidos y anticipar escenarios. Lejos de ser un freno, esta actitud genera proyectos más sólidos y resilientes. No es que teman el riesgo: es que conocen mejor el coste que un fracaso puede tener sobre su vida y la de sus familias.

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Sin embargo, sería ingenuo por mi parte hablar de la emprendeduría femenina en términos exclusivamente inspiradores. Las propias mujeres que impulsan proyectos innovadores se encuentran con un terreno lleno de obstáculos. Uno de los más evidentes es el acceso a la financiación. Emprendedoras con proyectos solventes han visto cómo se les exigían más garantías o cómo debía demostrarse constantemente su "ambición real". El sexismo raramente es explícito, pero opera de forma sutil en despachos bancarios, comités de inversión y redes de business angels. Y aquí aparece otro arrecife: los espacios donde "pasan cosas importantes" –reuniones informales, viajes o cenas– siguen siendo, mayoritariamente, masculinos e incompatibles con la vida familiar.

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Justamente la conciliación es uno de los grandes nudos. Muchas mujeres emprenden para ganar flexibilidad, pero descubren que dirigir un negocio significa trabajar más horas que nunca. Además, siguen asumiendo la mayor parte de los cuidados. Esta "doble jornada" (triple, si tienen alguna actividad sindical, política o activista) las deja exhaustas y reduce sus oportunidades de autocuidado, formación, networking y expansión del negocio.

La dimensión cultural y simbólica agrava estas dificultades. Aún hoy, la imagen del emprendedor exitoso se ajusta mucho más a un perfil masculino: joven, sin cargas familiares visibles, totalmente disponible para el negocio, dispuesto a asumir riesgos casi heroicos. Cuando una mujer no encaja en este molde a menudo se la juzga como "demasiado prudente" o "poco ambiciosa". Esa mirada genera inseguridad y culpa. Muchas se sienten obligadas a demostrar el doble por ser creídas la mitad.

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Pese a las dificultades, el balance es esperanzador. Los datos muestran un altísimo nivel de formación femenina y una generación de emprendedoras que combinan conocimiento, creatividad y una impresionante capacidad de resiliencia. Cuando reciben apoyo –redes, mentorías, financiación con perspectiva de género y políticas de corresponsabilidad–, su impacto va mucho más allá de los números.

Por eso debemos dejar de ver el emprendimiento femenino como una excepción o un "nicho". Es una palanca de transformación estructural. No es necesario que las mujeres se adapten a un ecosistema creado sin ellas; es necesario transformar este ecosistema: modificar los criterios de financiación, revisar los horarios del networking y, sobre todo, compartir de verdad las tareas de cuidado.

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Cuando las mujeres rompen el techo de cristal del emprendimiento, no sólo suben ellas. Se amplía el horizonte de todos. Y ésta es quizás la mejor manera de celebrar el 8 de marzo: reconociendo que emprender en femenino es también reinventar el mundo.