La responsabilidad de los empresarios hoy
El sentido original del término versus no es "contra" sino "hacia" o "en contra de". Y hay que entenderlo así cuando hablamos de boomers vs. millennials, trabajadores activos vs. pensionistas, jóvenes vs. gente mayor.El leitmotiv de oponer colectivos es, claro está, favorecer la controversia. Pero si nos limitamos a eso no aportamos nada al debate: unos contra otros, desequilibrio, pugna, suma cero. En el caso de los jóvenes respecto a los ancianos, el debate proviene del quiebre de un supuesto pacto generacional por el cual las personas mayores ganaban prioridad en las políticas públicas, por aquello que los padres habían sufrido la guerra, el cierre de fronteras y la pobreza cultural, y que los jóvenes ya traducirían su mejor formación en productividad y tendrían mejores salarios privados. Pero esto no se ha producido. Y mientras las políticas en gasto social permanecen inamovibles en ciertos grupos de edad (pensiones, gasto sanitario —muy marcado por la proximidad a la muerte—, presiones para mejorar las curas de dependencia, subvenciones al turismo en la edad de plata...), nuestro mercado de trabajo ni reconoce la prima de formación ni favorece el vínculo laboral estable. Cada vez tenemos más fijos discontinuos, más jóvenes en precariedad, más absentistas, más desmotivados y más trabajadores pobres. Los equilibrios del bienestar se han roto. El estereotipo tiene matices, sí, pero démoslo por bueno, de momento.En este contexto, partimos de la foto fija de respetar elstatu quo (¿quién se atreve a tocar significativamente, en una sociedad democrática y de política cortoplacista, las pensiones o la sanidad universalista?), pero hay que mirar la foto más peligrosa, que es la photofinish a la cual nos lleva la carrera del actual envejecimiento demográfico. La proyección de las pensiones actuales hacia el 2050 añadiría por sí sola un gasto equivalente a 3,5 puntos del PIB, y un gasto sanitario público de 1,5 puntos (dos tercios, se estima, imputables a la gente mayor), mientras que la reducción de gasto en los jóvenes restaría, pero poco, del aumento del gasto, solo 0,8 puntos. Si a esto añadimos el déficit público que arrastramos, que es de 3 puntos del PIB, podemos visualizar la magnitud de la tragedia.
Y así se abren tres escenarios posibles. Uno, no hacer nada y trasladar el impacto del envejecimiento en más deuda pública: crecería casi un 26% sobre la ya elevada cifra actual. Mala pieza en el telar para los jóvenes, que habrán de sufragar la carga financiera de la deuda con lo que el Estado recaude de su trabajo, y esto (recordad la enmienda constitucional introducida a instancias de Merkel) con prioridad absoluta antes de que el Estado pueda decidir políticas propias. En este supuesto, el coste financiero subirá y bajará con el tipo de interés y la prima de riesgo, y dificultará la emancipación familiar, restará capacidad adquisitiva neta a los trabajadores y seguirá el movimiento del coste del alquiler en el mercado de la vivienda. Y a quien ya esté endeudado le perjudicará en función de las variaciones del Euríbor. Segundo escenario: si la deuda se contiene (no digo ni siquiera que baje), la alternativa sería mantener el gasto existente para los jóvenes (no aumentarlo, que es lo que haría falta) en políticas educativas, de empleo, formación, etc., y abrir espacio adicional para sufragar los efectos del cambio demográfico. Esto implicaría hasta once puntos adicionales de presión fiscal. Si estamos al 45%, sumándole los puntos mencionados antes llegaríamos cerca del 60% del PIB: para entendernos, pagar este volumen de impuestos sería como si todos trabajáramos para el Estado durante dos terceras partes de nuestras jornadas laborales, una barbaridad en un contexto de globalización, competitividad y escenarios políticos conservadores.Ahora bien, si los conservadores hacen valer su credo, ni el incremento de la deuda ni el de los impuestos están sobre la mesa (¡prometen bajadas!). Así pues, el tercer escenario consiste en una especie de sustitución entre partidas de gasto para cubrir las que están al alza. Sufriría el gasto social más dilatable en el tiempo (inversiones, formación, investigación...) y así se restaría prácticamente un 24% de la actual política pública orientada a los más jóvenes. Posiblemente se centrifugarían las presiones de las áreas reconducidas hacia una alternativa de gestión público-privada de incierto contenido financiero.¿Qué hay que hacer, pues? Recuperar los equilibrios generacionales pasa hoy por reconstruir el modelo productivo, recuperando lo que se espera del mercado de trabajo. Esta es hoy la responsabilidad del mundo empresarial versus los jóvenes. ¿Cómo? Reforzando la retribución del trabajo para que el mercado haga el trabajo, con "buenos patrones" que creen empleo "del bueno". Hacen falta empresarios que no proyecten sus excedentes sobre la base de las subvenciones o de los salarios bajos, sin mejoras de productividad y optando por las vías más fáciles del negocio. No alcanzaremos un reequilibrio del bienestar ni tan solo gastando más dinero público si el mercado de trabajo y los buenos empresarios que tenemos no cumplen la tarea hacia la sociedad de contribuir al progreso mejorando la economía productiva.