El líder de Esquerra, Gabriel Rufián, durante su intervención
14/02/2026
Periodista y productor de televisión
3 min

Hemos leído versiones muy diversas sobre el sentido último de las maniobras de Gabriel Rufián, la voz de ERC en Madrid, que ha logrado por méritos propios situarse en medio de los focos mediáticos españoles. Él mismo defiende que la suya es una apuesta honesta por frenar el previsible ascenso al poder de Vox y el PP con una alianza de Sumar, Podemos y las izquierdas plurinacionales. Punto. Hay quien cree que Rufián va por libre, sin el apoyo de su partido, y que su objetivo real es asegurarse volver a ser cabeza de lista, frente a los sectores que le consideran un independentista "blando", cuya misión –o el encargo– es diluir el discurso maximalista del partido. También hay quien asegura que Oriol Junqueras está encantado de que Rufián "complemente" el discurso oficial de ERC con un relato más placentero para los sectores no independentistas que hasta ahora votaban al PSC o Comuns. Y finalmente están los suspicaces que creen que Rufián está preparando su futuro político fuera de las siglas de ERC para convertirse en uno de los líderes de la nueva izquierda española, que se encuentra en el enésimo proceso de reconfiguración.

En cualquiera de estos casos, es evidente que ERC en todo este envite se juega mucho, porque Rufián, con permiso de Junqueras, es el rostro más conocido del partido en el conjunto de España, aunque en Catalunya despierte tantas pasiones como fobias. Por tanto, del futuro de Rufián cuelga también el futuro de ERC. Para los más optimistas, la suma Rufián-Junqueras es lo típico ticket ganador del catalanismo, como lo fueron Prat de la Riba y Cambó, Macià y Companys, Pujol y Roca, Mas y Duran i Lleida: el nacionalismo puro y el flanco español, trabajando en paralelo y con el punto justo de contradicción que la complejidad del país necesita. Los pesimistas, en cambio, creen que Rufián diluye el ADN soberanista del partido, tomando a España como marco de referencia y dinamitando los puentes con Junts (lo que convierte la independencia, aún más, en una utopía).

Así como la operación reformista de 1986 (la apuesta de Miquel Roca de forjar un partido de centro español que fuera el aliado natural del pujolismo) fracasó en España pero catapultó electoralmente a CiU, algunos dentro de ERC creen que Rufián fracasará en el intento de unir las izquierdas plurinacionales, pero la mejorar posiciones en Catalunya, sobre todo a expensas de Comuns y del previsible descenso del PSC, si Pedro Sánchez acaba sucumbiendo ante los enemigos internos y externos. Esto, combinado con el desgaste de Junts a causa de Orriols y la decadencia de la CUP, permitiría a los republicanos recomponer el espacio soberanista desde una posición de ventaja y convertirse en la alternativa real a los socialistas catalanes.

Pero hay que recordar que Miquel Roca era un político habilísimo que tenía el mismo prestigio en las Cortes españolas y entre los votantes de CiU, mientras que Rufián ha primado tanto su versión española y se ha olvidado tanto de hablar en catalán y de reivindicar los intereses concretos de Catalunya, que una parte importante de los militantes y votantes de ERC podría darle la espalda. El hecho de que Rufián y Junqueras no aparezcan prácticamente nunca juntos, ni hagan ningún esfuerzo por armonizar el relato, favorece esta versión de los hechos. Por todo ello, parece evidente que el futuro político del viejo partido republicano, que el próximo mes cumple 95 años, depende de forma excesiva de una sola persona, lo que, además de incomodar a Junqueras, equivale a una partida de doble o nada.

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