Sánchez, resistir contra la involución

1. El fin de semana nos ha regalado un episodio impagable, surgido de la España profunda. El presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, arzobispo de Valladolid, ha exigido al presidente Sánchez que tome una de estas tres opciones: "una cuestión de confianza, una moción de censura o dar la palabra a los ciudadanos". La Iglesia diciéndole al presidente de una democracia laica qué es lo que tiene que hacer, un ejercicio de humo que tiene un deje de melancolía de la vieja España tutelada por la Iglesia católica, a la que parece que le cuesta entender que su poder no es el que era.

La resistencia de Sánchez está haciendo perder los papeles a la derecha: si el presidente aún tiene capacidad para plantar cara es en buena parte por la incompetencia del PP y su entorno. Contra Sánchez han desarrollado una oposición de juguete buscando escarbar en la corrupción, territorio en el que la derecha tiene pocas lecciones que dar, y han sido incapaces de desarrollar un proyecto consistente que realmente le diera atractivo como alternativa. La realidad es que Sánchez hace y las derechas solo hacen ruido. Y no saben cómo disimular que la espera se les hace interminable. Que la Iglesia le diga a Sánchez lo que tiene que hacer no parece la mejor solución en una sociedad cada vez más laica que no añora los tiempos en los que el catolicismo vestía ideológicamente al régimen franquista. Y, evidentemente, Sánchez no ha tenido que hacer más que recordar que en democracia no es la religión la que marca el paso.

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Si de algo ha servido esta salida de tono eclesiástica ha sido precisamente para que el lunes Sánchez confirmara sin matices su intención de completar el mandato. Ahí está, en su sitio. Y no será él quien dé los pasos para ahorrarle el trabajo en la oposición, que no se atreve a impulsar la cuestión de confianza porque no le salen los números. Paciencia, y al que mejor la administre, mejor le irá. El PP paga una estrategia fallida que ha llevado al crecimiento imparable de Vox y, por lo tanto, a la imposibilidad de acelerar el salto sin ponerse en manos de la extrema derecha. Y Sánchez jugará sus cartas hasta el final.

2. Deja mucho que desear, el escenario. Sorprende y cuesta de entender que sea tan difícil controlar la corrupción y los abusos de poder. Sánchez está rodeado. De Ábalos a Santos Cerdán, colaboradores suyos a los que había encargado misiones especialmente delicadas, han caído en el pozo de la corrupción. Y, al mismo tiempo, cada día es noticia algún caso más de agresiones y abusos sexuales en los espacios de poder socialista. La presunción de inocencia hace creer, mientras no haya pruebas, que Sánchez no tenía conocimiento de ello. Pero esto no lo exime de responsabilidad: no tener el control de la casa es un riesgo permanente. Realmente es alarmante que el poder político no tenga instrumentos suficientes para impedir que se desplieguen delitos y atrocidades con toda impunidad en los espacios de poder.

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La situación es grave y requeriría una cierta reflexión colectiva, que no existirá porque los partidos políticos son incapaces de imponer el interés general por encima de su interés particular. Tarde o temprano, la justicia dirá la suya, con el agravante de que el componente conservador de los tribunales es evidente, como ha mostrado el caso del fiscal general del Estado. Y todos sabemos que a menudo llega tarde. Tiene razón Máriam Martínez Bascuñán al señalar las consecuencias de "conservar las apariencias de normalidad sin transformar las estructuras de poder". Esto es lo que cronifica los problemas.

3. La derecha seguirá presionando. La dependencia de Vox limita las opciones del PP. Y hace que Sánchez no se sienta directamente amenazado. Y que exhiba su resistencia como hizo el lunes, explicando los planes para los dos años que le quedan, intentando dar razones a la ciudadanía para esperar. Todo es muy precario. Pero ahora mismo la resistencia de Sánchez –cada vez más encarnada por él desde la Moncloa, como si el partido quedara muy lejos– tiene en la confusión del resto su principal capital. Hacer creer a la ciudadanía genéricamente de izquierda que el juego es o él o mucho peor es relativamente fácil. Y tal y como están los rivales en este momento de involución reaccionaria, todavía le queda el capital de representar a uno de los pocos gobiernos que no ha caído en manos de la extrema derecha. Ahora mismo España es una excepción europea en la que la socialdemocracia aún resiste.