Un grupo de estudiantes al Museo de Auschwitz
25/03/2026
Escritor y profesor en la Universitat Ramon Llull
3 min

La invasión alemana de Polonia el 1 de septiembre de 1939 fue una chispa en un contexto ya saturado de tensiones, alianzas rígidas (conmigo o contra mí) y potencias dispuestas, o quizás incluso resignadas, a entrar en un conflicto total. Hoy, en cambio, aunque el mundo sigue siendo peligroso e inestable, la lógica de la escalada militar no es la misma. Por eso, incluso ante agresiones tan graves como la invasión rusa de Ucrania o el ataque estadounidense a Irán, no se ha producido nada parecido al inicio de la Tercera Guerra Mundial. Guste o no, un elemento clave sigue siendo la disuasión nuclear. Desde 1945, las grandes potencias saben que un conflicto directo podría derivar en una bronca nuclear de consecuencias apocalípticas. Esta conciencia ha creado un sistema de contención mutua que, paradójicamente, hace improbable que ciertas guerras vayan a más. En el caso de Ucrania, tanto la OTAN como Rusia han calibrado muchísimo sus movimientos para evitar un enfrentamiento directo. También han medido el lenguaje para referirse al posible uso de estas terribles armas, incluso en el caso de un incontinente verbal como Trump.

En segundo lugar, está la cuestión de la interdependencia económica global. En el mundo de 1939, las economías podían permitirse –hasta cierto punto, obviamente– romper relaciones comerciales y entrar en una lógica de destrucción absoluta. Hoy, en cambio, una guerra total paralizaría ipso facto las cadenas de suministro, los mercados energéticos y los sistemas financieros del mundo ultraglobalizado, de modo que ninguna potencia está dispuesta a asumir. Por eso, países como Rusia o Irán, y por supuesto Estados Unidos, deben moverse dentro de los límites marcados por la necesidad de mantener una mínima viabilidad como estados. No les mueve el afán de paz o el respeto por los derechos humanos, en absoluto, sino la certeza de una parálisis económica total que, según cómo, podría consumarse con una rapidez extraordinaria.

En tercer lugar, también ha cambiado la naturaleza de las alianzas. En 1939, los pactos de defensa eran casi automáticos: si un país era atacado, sus aliados formales debían entrar en guerra. Hoy, las alianzas –como la propia OTAN– son fuertes, pero a la vez flexibles (solo hay que observar el giro que acaba de dar la UE en los últimos días). Esto significa que Estados Unidos puede dar apoyo militar a Ucrania sin convertirse en un beligerante directo: la lógica es otra. La diplomacia también es distinta. Pese a sus limitaciones, instituciones como la ONU proporcionan canales para gestionar crisis o para ejercer presión internacional. En 1939, estos mecanismos (como la casi decorativa Sociedad de Naciones) eran muy débiles, o inexistentes.

Por último, hay un cuarto factor que, en mi opinión, invita a una mirada esperanzada: la memoria de las dos guerras mundiales sigue pesando en la cultura política de la mayoría de las sociedades; en la Unión Europea mucho, pero también en Rusia y en otros países. Esta memoria colectiva actúa como un freno adicional, pero es evidente que se va debilitando a medida que pasan los años. Cada época tiene su horizonte moral –es decir, lo que una sociedad considera aceptable, inevitable o impensable–. En 1939, la guerra total era todavía concebible como una herramienta dolorosa, pero también legítima, para resolver conflictos entre estados. Hoy, en cambio, una devastación de ese tipo se ha convertido en casi un tabú: no sólo por miedo, sino porque la magnitud del escarmiento histórico la hace moralmente inasumible.

Me gustaría pensar que los cuatro puntos que acabo de apuntar no son ingenuos, sino esperanzados. En la página 168 deAnatomía de la esperanza (Premio Josep Pla 2026), el profesor Francesc Torralba afirma: "Las generaciones que hicieron posible la consecución de un sistema de derechos sociales básicos tenían esperanza [...]. Intuyeron que era posible, y por eso pusieron el cuello, pero para ello tuvieron que abatir el muro mental de la imposibilidad". Es probable, en efecto, que todo esto sea un asunto de muros, y en varios sentidos. Hasta hace fuego, la memoria compartida de los estragos de la Segunda Guerra Mundial –las fotos de Auschwitz o Hiroshima, para entendernos– eran un verdadero muro de contención moral. La desmemoria le ha ido erosionando poco a poco este muro. Por lo general, las generaciones a las que se refiere el doctor Torralba han pasado abajo, o ya no tienen fuerzas para abatir otros muros. ¿Y las nuevas? ¿Qué significan hoy Auschwitz o Hiroshima para un chico o una chica de dieciséis o diecisiete años? Dejo la respuesta en manos de los lectores.

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