Este fin de semana pasé por el asentamiento que ha sido desalojado hoy en La Sagrera, allí donde se está construyendo la estación del AVE. Te caía el alma a los pies: chozas unipersonales levantadas con chapas cubiertas con plásticos aguantados con piedras; ropa puesta a secar sobre cordeles atados en ramas; cables eléctricos, restos de hogueras, carros de supermercado y desechos por doquier, con abundancia de botellas y garrafas de plástico. Los ocupantes entraban y salían por los agujeros que habían abierto fácilmente en la red de alambre. Vecinos asustados, sensación de inseguridad y más de un robo. Hacía meses que se habían instalado, ante la pasividad de Adif, propietaria del terreno.
Era la viva imagen del chabolismo que ha vuelto, de la precariedad vital de mucha gente que malvive en los márgenes de las ciudades porque mejor eso que volver allá de donde vienen.
Y también hoy, a la misma hora, una movilización de cientos de personas impedía el desalojo de un bloque de la calle Sant Agustí, en Gràcia, a apenas 300 metros del muy exclusivo y céntrico Cinc d'Oros. Un inversor extranjero quiere transformar sus pisos para alquilarlos por habitaciones.
La vivienda está en una situación calamitosa. No están mucho mejor la educación, la sanidad, la movilidad, el futuro de los jóvenes, la natalidad, la lengua... En estas condiciones de emergencia nacional, ¿se puede seguir haciendo política como siempre? ¿Dónde nos lleva la dialéctica Gobierno-oposición de toda la vida, el corte de voz, el vídeo en las redes, el Govern hablando de la esquina buena, la oposición cultivando su parte de razón y el Ayuntamiento pintando de amarillo la ciudad porque vendrá el Tour, como si la sociedad catalana no se estuviera ahogando en sus problemas? Es hora de grandes acuerdos de país, realizables, prácticos, que mejoren la vida de la gente, antes de que vengan quienes dicen que tienen soluciones pero sólo tienen culpables, y antes de que nos hayamos perdido sin retorno.