Mira que hemos llegado a escuchar canciones, pero hay algunas que viajan con nosotros toda la vida, enganchadas a nuestra memoria por razones casi inconscientes, que tienen más que ver con los accidentes de nuestra biografía que con los gustos musicales pasados o presentes.
Por eso, cuando he leído que había muerte Gino Paoli, por un momento he oído que se había muerto alguien muy cercano, conocido desde siempre, y he vuelto a una vieja historia familiar. Se ve que con un par o tres años iba por el pasillo de casa interpretandoSapore di sale, sapore di madre, que sin duda debía de haber oído unas cuantas veces en la radio, pero convenientemente adaptada a mi ordenamiento cognitivo infantil: "Sapore di madre, sapore di padre..." El hecho no habría pasado de leyenda urbana de esas que se cuentan en las sobremesas de Navidad, si no fuera que se ve que les hizo tanta gracia que me dedicara a la canción italiana sin levantar un palmo de tierra que me grabaron con uno de esos magnetófonos de bobina, de modo que, años después, voy a verme 1963.
Allí donde se encuentren la música y la sociología, alguien podrá resumir Sapore di sale hablando de las canciones del verano, de los amores de temporada que nos proporcionó el turismo de masas, de los festivales de la canción y de la fuerza de la música de la radio. Yo me quedo con la genialidad de saber crear una historia con algo de música y algo de letra que habla de una pareja, de la sal, de la piel y de los labios, bajo el sol, es decir, de cualquiera de nosotros en la playa. Qué suerte que uno de mis primeros recuerdos musicales esté ligado a una canción italiana tan cálida, tan elegante, tan sensual.