Soy una sénior-júnior
Leo en el ARA una noticia que “me interpela”. El Tibidabo será “el escenario del evento más grande concebido jamás íntegramente para la generación sénior activa”. Calla, esto debe ir por mí y por los de mi generación. ¿Somos séniors activos? ¡Y tanto! ¡Queremos fiesta! Lo impulsa una plataforma que se llama Club65, cosa que me hace pensar que seré de las más yogurinas del encuentro. Este club dice que “llenará de talento, música, humor y bienestar la cima de Barcelona”, y eso me hace sonreír. Como somos séniors habrá talento, sí; música, sí; humor, también, y bienestar. Eso quiere decir que no habrá muchas litronas, que ya tenemos una edad. La fiesta tendrá una “programación maratoniana”, me prometen, y yo, al leerlo, ya afilo las garras. Cerraré el after, veré salir el sol. Pero entonces sigo leyendo y mi gozo en un pozo (es una expresión que decimos mucho los séniors, como los júniors, que dicen bro). La programación maratoniana va de “las 11.00 a las 21.00 horas”. O sea, a las nueve y media, yogur y a la cama.
La música que habrá también es muy sénior. No están los Tyets, ni ninguna banda de tributo a los Sex Pistols. Están Los Sírex, que también son séniors, y la banda de tributo a los Beatles, Abbey Road. La parte del humor la pone otro sénior: Joan Pera.
Estoy en una franja difícil. En el tren, me indigna que no me cedan el asiento, porque parece mentira, y me indigna que me lo cedan, porque ¿qué se han pensado? Me indigna pensar que este año, si no trabajara, ya recibiría la tarjeta rosa, y si la recibiera, la rompería, pero todavía me indigna más no recibirla, y si no la recibo, protestaré. Reclamo mi derecho a la dualidad, a la inmadurez sénior, a ser una anciana terrible, a decir que no me harán ir a dormir como las gallinas, para, a las nueve, empezar a dormir la mona. Bro.