La soledad de las cuidadoras

Siempre la vi sentada en un rincón del salón donde se reunía toda la familia, vestida de blanco como vestían las mujeres mayores, y con las trenzas rojizas de henna emergiendo a uno y otro lado del pañuelo que le cubría la parte superior de la cabeza, solo la parte superior, como los piratas. El semblante siempre serio, hierático, con la espalda derecha y las manos una sobre la otra, una expresión de severidad que parecía esconder toda una vida de sufrimiento y sacrificios. Ni que lo hubiera preguntado me habrían dicho los años que tenía; mis antepasados no se preocupaban mucho por cosas tan poco importantes como la fecha de nacimiento. Pero forzosamente debía de ser muy vieja, si era la madre del padre de mi madre, y cuando mi abuelo hablaba con ella de repente se convertía en un niño pequeño y asustadizo, atento y servicial, que se encogía ante la venerable señora.

Pienso en esta bisabuela cuando veo personas mayores o cuando algunas amigas me explican lo que es cuidarse de los padres. No es que idealice la sociedad tribal en la que nací, pero la memoria involuntaria de la primera infancia me pone de lado estas dos situaciones: una bisabuela con problemas de movilidad que nunca dispuso de ninguna ayuda técnica, ni andadores, ni silla de ruedas, ni duchas adaptadas y que, en cambio, nunca estuvo desatendida. La última imagen que guardo de ella, de hecho, es la de una fiesta familiar en la que mis primas se disfrazaban de hombres serios para ridiculizar el poder patriarcal que nos tiranizaba. ¿Cuál de ellas se puso una gorra de lana, gafas de sol y se sacó de la nada un puro grueso y fálico que chupaba con fruición? ¿O exagero yo la burla? ¿Imitaban a algún hombre concreto o era una caricatura de todos ellos? No lo sé, pero sí que sé que la bisabuela lo miraba todo con la espalda apoyada sobre los cojines de terciopelo que el abuelo se había hecho hacer con el dinero que había ganado en Alemania como “trabajador invitado” y que formaba parte del desmadre de sus bisnietas; no la tuvieron nunca aparcada con otros viejos como ella.

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La diferencia entre aquella situación y la que vive tanta gente mayor aquí no es, aunque lo parezca, una cuestión cultural. Es demográfica y económica. En aquel salón familiar había mucha más gente joven que mayor. Cada una de las seis hermanas de mi madre tenía un mínimo de tres hijos. De manos para sostener, mover y atender a la anciana no faltaban, y los cuidados que necesitaba se repartían entre todos (casi siempre eran ellas las que cuidaban, aunque recuerdo a mi primo mayor llevando a la bisabuela a caballito para subir las escaleras). La diferencia económica la marca el hecho de que las mujeres no trabajaban fuera de casa, pero también que los asalariados allí no funcionaban con la eficiencia fordista que caracteriza al sistema capitalista de nuestras sociedades. El trabajo servía para llevar un plato a la mesa; es decir, estaba al servicio de la vida y su reproducción. Exactamente al revés de lo que nos pasa aquí, donde la productividad es el valor supremo que no solo no tiene en cuenta la vida, sino que también parece negarla. Por eso los viejos molestan y no son tenidos en cuenta ni en la manera en que se organiza el sistema económico ni en la vida social en general.

Solo los familiares cercanos y los profesionales del sector viven de primera mano la dureza de la atención a los dependientes, una dureza agravada por el sentimiento de soledad a que se ven abocados por una sociedad que ignora deliberadamente y oculta esta parte menos glamurosa de nuestra existencia y a la cual tarde o temprano todos llegaremos. En épocas de esparcimiento, como las vacaciones, esta soledad se nota aún más. Cuando la vida lenta, casi estancada, dentro de las casas, contrasta con los gritos de alegría y algarabía de los que viven fuera, de espaldas a quienes no pueden valerse por sí mismos.