¿Quiénes son los nuestros?

A principios de marzo estuve en Quebec, invitado por un festival de poesía. No tendría ninguna importancia si no fuera porque justo hacía catorce años que pisaba Canadá por primera y última vez, en un intercambio con un instituto de Ontario, a pocas horas de tierras quebequesas. Allí hice una mejor amiga con la intensidad de las amistades adolescentes: recuerdo cómo nos despedimos llorando con la promesa de reencontrarnos algún día. Han tenido que pasar catorce años para que aquellos niños, que entonces tenían catorce años, se reencuentren ahora, convertidos en adultos funcionales. Al saber que estaría unos días en Montreal, le escribí. Quedamos en la estación. Yo tenía unos minutos caminando desde el hotel y ella un par de horas en tren.A lo largo de estos años nos hemos seguido la pista sin demasiada profundidad. Ella ha visto cómo yo he empezado a publicar libros y he intentado convertirlos en una forma de vida; yo he visto cómo ella se ha casado, se ha comprado un terreno en un pueblecito cerca de Ottawa, se ha construido una casa allí y ahora vive allí con su marido. De camino a la estación, sentí, culpable, un poco de pereza: ¿tenía sentido lo que estaba haciendo? Volví a abrir Instagram para revisar su perfil, repleto de retratos de la boda, fotos de la casa nueva, rastros de aquella vida normal que me aburría. ¿Y si no teníamos nada que decirnos? ¿Y si la vida nos había hecho tomar caminos opuestos, deseos antagónicos? ¿Y si aquella amiga especial se había convertido en una persona normal? Sabía, además, que venía acompañada del marido: la duda se redoblaba. La pereza, también.Nos abrazamos emocionados, con fuerza, cruzando el paso de cebra y encontrándonos en medio de la carretera, protagonistas de nuestra película. Conocí al marido: elegante, educado y amable. Descubrí aquella cosa genuina que nos había unido por primera vez, tanto tiempo atrás, la conexión especial que se mantenía intacta a pesar de los años. Nos sentamos en una cafetería de la estación y empezamos a hablar sin parar.

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Primero, el marido nos acompañaba. Entonces, atravesamos los temas más superficiales: un intento de explicar catorce veranos y catorce inviernos en pocos minutos. Ella no paraba de insistir en la suerte que tenía de haber encontrado aquel hombre; la bendita suerte que los había hecho coincidir; que no se lo creía, decía; que era muy feliz. De fondo, recordaba las fotos de boda, los posts de Instagram. Y si era cierto que aquella amiga especial se había convertido en una especie de tradwife canadiense?Después, pero, el marido se tuvo que ir a hacer unas llamadas de trabajo. Nos quedamos solos. Pudimos hablar, entonces, de lo más profundo. Empecé explicándole la muerte de mi padre, que había pasado justo después de despedirnos aquel invierno del 2012. De ahí fuimos a la separación de sus padres, dolorosa e inexplicable; de un primer novio que transitó mientras estaban juntos y con quien continuaron saliendo; de una relación abusiva que describía con una sabiduría sorprendente; del hecho de tener un marido musulmán, un joven de treinta años hijo de padres de Somalia (sí, el marido de quien os hablaba); de no haberse convertido al islam a pesar de la presión de la familia de él; de cuando le diagnosticaron fibromialgia y, justo aquel año, se empezó a medicar por un trastorno mental. Hablaba con una agudeza, de todo eso, con una claridad, con un juicio cabal, que contradecían mi intuición.Jamás lo habría dicho, al ver las fotos que llenaban su Instagram, o al oírla hablar de la boda como su triunfo vital más elevado, la última salvación, la felicidad total. Todos mis prejuicios capitulaban ahora ante aquella amiga que me demostraba que podía ser inteligente, progresista y feminista articulando deseos completamente diferentes de los míos. Y no solo diferentes de los míos, sino diferentes de los que corresponden al carné de buena feminista que repartimos aquí, negando los matices. Me di cuenta de que todo aquello decía mucho más de mí que de ella: de mis miedos, mis ideas sólidas. Ella tenía muchos motivos para haber hecho de la creación de una familia su salvavidas: ¿quién era yo para condenarla?Nos despedimos y seguí rumiando en ella varios días. Todavía lo pienso. En aquella lección implacable. Que las cosas no son como parecen. Que necesitamos tiempo para comprender a los demás. Que debemos acercarnos a lo que no entendemos. Que, cuando conocemos los relatos, las historias mutan. Que la superficie nunca es el lugar donde terminan las historias. Que aquí, en Barcelona, en Cataluña, queremos parecernos demasiado entre nosotros, y olvidamos que hay otras maneras de apuntar a los mismos lugares. Y que, muchas veces, en contra de lo que querríamos pensar, los nuestros se parecen muy poco a nosotros. O casi nada. Y está muy bien.