Sospechosos poco habituales

Noticia en el 3Cat. Una mujer se presenta a una oferta de trabajo en la cooperativa Som Energia. Está embarazada y no pone demasiadas esperanzas, pero se presenta igualmente. Su punto de partida es realista. ¿Quién contrataría a una embarazada? Lo insólito es que, tras la entrevista, le comunican que ha sido la escogida de entre los 13 candidatos. El trabajo es suyo, pese a estar embarazado. Todo el mundo contento. Contentísimo. Hasta que aparece la administración.

Tras la buena noticia, comienza el periplo esperpéntico puesto en marcha por la Inspección de Trabajo. La empresa recibe una notificación justamente por haber contratado a una mujer embarazada. Según explican los responsables de Som Energia, "el enfoque de la Inspección era que debíamos justificar por qué habíamos contratado a una persona embarazada". Porque la Inspección de Trabajo sospechaba que aquello era un fraude. Porque la inspectora consideraba que "aquello era muy raro".

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La ley prevé la discriminación y la penaliza. Es lo más sencillo de ver y detectar. Pero a nadie le cabe en la cabeza que alguien pueda hacer las cosas bien y cumplir la ley. Por eso la sospecha y la demanda de documentación recaen en la persona equivocada. Porque todo el mundo es culpable hasta que no se demuestre lo contrario. Y fue la empresa la que tuvo que aclarar, con mucha documentación y mucha pérdida de tiempo, que aquello no era fraude alguno. Al contrario. Era llevar a la práctica lo que dice la ley, por extraño que pudiera parecerle a una inspectora.

Esta historia pone de manifiesto lo insólito que es que una mujer tenga las mismas oportunidades. Porque ya no es sólo que las mujeres sufran discriminación porque son ellas las que se quedan embarazadas. Cuando nace la criatura todavía hay una diferencia muy notable entre quien se toma la baja y quien decide realizar una reducción de jornada. De ahí que se vea todavía muy lejos romper con la famosa brecha salarial. Lejosísimo. Pero, independientemente de ello, que no es en absoluto un tema menor, esta historia nos lleva a pensar en la incredulidad que generan los hechos que no son habituales. Las decisiones insólitas son tan poco comunes que, enseguida, lo primero que nos nace es la suspicacia. Da la sensación de que no tenemos el mecanismo automático de celebrar una decisión que puede ser inusual pero también es acertada. Lo que nos sale, sin embargo, es la duda y la sospecha. ¿Qué habrá detrás de una decisión que se aleja de las que toma la mayoría? ¿Qué beneficio se saca? Este pensamiento común –caemos todos– es extremadamente deprimente y tiene que ver con cómo hemos asumido que, de entrada, nadie tiene la intención de hacer las cosas bien. O que hacerlas bien es de bobos. Pensamos que todas las empresas quieren fastidiar a los trabajadores y que el objetivo de la mayoría es enriquecerse, no mejorar el mundo. Por eso, porque nosotros también lo pensaríamos, justificaríamos a la inspectora de trabajo. Y porque, a menudo, no es que cumplimos la ley por un sentimiento de justicia –porque hay leyes que siguen siendo injustas–, sino porque no cumplirla nos complica la vida a nosotros.

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Este es un ejemplo claro de cómo debemos justificar lo que hacemos correctamente. De cómo pagan justos por pecadores. Da igual si contratas a una mujer embarazada porque es la mejor de entre todos los candidatos o si vas de viaje y te cachean las entrañas por si llevas un cortauñas en el bolso. En nuestra vida cotidiana, es más fácil que parezcamos culpables que inocentes. Y la pregunta es si es posible cambiar esa mirada.