La tentación del nosotros
Las ideas que acaban transformando una sociedad raramente se presentan como rupturas. No llegan con estrépito ni con voluntad explícita de quiebre. Llegan disfrazadas de normalidad, con la calma engañosa del sentido común. La “prioridad nacional” es una de esas ideas. Parece inofensiva –cuidar primero “a los de casa”–, pero contiene una mutación profunda: convertir los derechos en una cuestión de orden, de sangre, no de igualdad.
No es un invento reciente. Tomó forma política en la Francia de los años setenta con el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen, que la situó en el centro de su programa. Más tarde, Marine Le Pen suavizó el lenguaje y las formas pero no el contenido. La sustitución de la “preferencia” por la “prioridad” no alteraba la esencia: los derechos no son para todos en igual medida, sino que se pueden ordenar según la pertenencia.
Este planteamiento entra en tensión con un fundamento imperfecto, pero esencial de la Europa de posguerra: la vocación universalista de los derechos. Después de las catástrofes del siglo XX, el proyecto europeo intentó construir sociedades donde la ciudadanía fuera, antes que nada, un marco jurídico compartido. Y, sin embargo, esta idea vuelve. No como una ruptura abierta, sino como una corrección aparentemente razonable.
En Alemania, Alternativa para Alemania ha vuelto a situar la identidad en el centro del debate político. No es una repetición mecánica del pasado, pero sí un eco reconocible: la tentación de definir la comunidad en términos culturales o identitarios antes que jurídicos. Es una frontera sutil, pero decisiva. Cuando se desplaza, lo que cambia no es solo la política, sino la idea misma de ciudadanía.
El momento español
España no es ajena a este movimiento de fondo. La “prioridad nacional” ha entrado en el debate público a través de los acuerdos entre Vox y el Partido Popular. Lo ha hecho, además, con una retórica ambigua: “arraigo”, “preferencia”, “prioridad”. Palabras lo suficientemente suaves para evitar el rechazo inmediato, pero lo suficientemente cargadas para transformar el marco.
El problema no es tanto la concreción de estas medidas como la aceptación de su marco conceptual. Porque el lenguaje no es neutral. No solo describe la realidad: la construye. Y cuando se asume que algunos deben ir primero por el hecho de ser “de aquí”, se pone en cuestión un principio básico de la democracia liberal.
El concepto de arraigo es lo suficientemente vago para parecer razonable y lo suficientemente flexible para ser utilizado políticamente. Esta ambigüedad es, precisamente, su fuerza. Permite introducir diferencias sin formularlas abiertamente. Permite desplazar el debate sin declararlo. Y, sobre todo, permite evitar la pregunta clave: quién decide quién es de los nuestros. Quién está lo suficientemente arraigado y cuáles son los criterios?
Cuando los derechos dependen de este tipo de filtros, dejan de ser universales para convertirse en condicionales. Y este es un cambio cualitativo.
El desplazamiento silencioso
La cuestión es importante porque la “prioridad nacional” tiene capacidad de desplazar el debate sin hacer ruido. Primero se normaliza el término. Después se repite. Finalmente, se convierte en un marco común. Y cuando esto pasa, la igualdad ya no es una línea clara, sino que se vuelve negociable.
La dinámica política está consiguiendo que determinadas ideas, inicialmente marginales, acaben integrándose en el discurso central. No porque hayan sido plenamente aceptadas, sino porque han dejado de ser impensables.
El resultado es una transformación gradual, casi imperceptible. No hay un momento concreto en que el sistema cambia, pero hay un punto en que ya no es el mismo.
El riesgo de decir “nosotros”
La exsecretaria de Estado norteamericana de origen polaco Madeleine Albright advertía que “conviene recordar las dos palabras más peligrosas del vocabulario humano: nosotros y ellos”. No porque estas palabras sean evitables (toda comunidad necesita un nosotros), sino porque, cuando se cierran, dejan fuera más de lo que incluyen.
Europa se encuentra, una vez más, ante el espejo. Ante la incertidumbre económica, la presión migratoria o la desconfianza institucional, la respuesta más inmediata es reducir el círculo. Hacerlo más seguro, más reconocible, más “nuestro”. Pero cada vez que se cierra este círculo, se redefine también la idea de ciudadanía.
Y esta es la cuestión de fondo. No quién recibe qué, sino quién cuenta. No cómo se reparten los recursos, sino quién es considerado miembro pleno de la comunidad política.
Porque, al fin y al cabo, las democracias no se transforman solo con grandes decisiones, sino con pequeños desplazamientos de sentido. Y pocos son tan decisivos y tan peligrosos como este “nosotros”.