Tormenta política, ¿bonanza económica?

Estamos viviendo un comienzo de año paradójico. La política -especialmente la internacional- es cada vez más inestable: conflictos abiertos, alianzas difusas y decisiones que tensionan el orden global. También a nivel nacional, la fragilidad parlamentaria y la ausencia de presupuestos dificultan cualquier reforma relevante. Y, sin embargo, la economía parece avanzar con una sorprendente calma. Los mercados se mantienen estables y el crecimiento, tanto en Estados Unidos como en Cataluña y España, ha superado muchas previsiones.

La distancia entre el ruido político y los datos económicos no es nueva, pero ahora llama especialmente la atención. En el ámbito internacional, Europa observa cómo se difuminan las certezas básicas: no siempre está claro quién es aliado y quién es rival, ni qué reglas rigen la acción política. Asimismo, procesos de cambio político en países sometidos durante décadas a regímenes autoritarios abren expectativas, pero también interrogantes incómodos sobre qué tipo de estabilidad se está promoviendo y con qué costes democráticos.

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Ante este escenario, la economía parece mirar hacia otro lado. En Estados Unidos muchos auguraban una contundente desaceleración a raíz del aumento de aranceles y de políticas migratorias más restrictivas. Sin embargo, de momento, estos efectos no se han materializado. La economía estadounidense ha seguido creciendo y la catalana y española ha mostrado una resiliencia notable, incluso en ausencia de presupuestos o con un sistema de financiación autonómica claramente agotado.

De esta paradoja se pueden extraer dos lecturas. La primera es que las economías modernas tienen cierta capacidad de funcionar al margen de la niebla política, al menos en el corto plazo. Empresas y hogares siguen tomando decisiones, y muchos choques se diluyen antes de llegar a la vida cotidiana. En ese sentido, no todo lo que parece una crisis política inmediata acaba traduciéndose en una crisis económica.

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La segunda lectura es menos tranquilizadora. La relación entre el desorden político y los problemas económicos suele ser fuerte pero raramente inmediata. Los costes a menudo se desplazan en el tiempo. En el caso de los aranceles, por ejemplo, muchas empresas han absorbido parte del impacto por no perder cuota de mercado. Pero esa estrategia tiene límites. De la misma forma, restringir fuertemente la inmigración puede no tener efectos visibles a corto plazo, pero acaba tensionando economías que dependen del crecimiento demográfico y de la movilidad laboral.

La tormenta política no siempre sacude la economía al momento. Pero suele acabar haciéndolo. Quizás no hoy, ni mañana. Y esperamos que, al menos a ese lado del Atlántico, con menor intensidad. Pero la incertidumbre tiene un coste, y confiar en que no va a pasar factura puede ser una apuesta arriesgada.