Trump contra los Estados Unidos
En los edificios federales de Washington cuelgan unas pancartas de tres pisos de altura con la cara sombría de Donald Trump. Propaganda financiada con dinero público para la autoglorificación de un líder dispuesto a rebautizar con su nombre cualquier iniciativa que se le deje: desde el (Trump) Kennedy Center, que un juez ha ordenado revertir, hasta el Donald J. Trump US Institute of Peace –una organización sin ánimo de lucro financiada por el Congreso de los Estados Unidos– o la prometida nueva línea ferroviaria que se construirá en un corredor del sur de Armenia y que ya se ha establecido que se llamará TRIPP (las siglas en inglés de la "ruta Trump por la paz y la prosperidad"). Hace unos meses el Pentágono anunció, también, que está desarrollando un nuevo avión de combate llamado F-47, en honor del 47º presidente, así como una nueva clase de acorazado que lleva el nombre de Trump, con la imagen del presidente con el puño en alto. Y en febrero se presentó una nueva plataforma en línea para buscar y comprar medicamentos con receta a precios más bajos. Se llama TrumpRx.
El presidente franquicia se ha hecho omnipresente. La tienda Trump vende una línea completa de productos para la piel, equipamiento de golf, barnices, mantas, cristalería y cafeteras. De las criptomonedas a los drones, los negocios de la familia presidencial no han parado de crecer. La estrategia de convertir la presidencia de los Estados Unidos en una marca a explotar se acompaña de las obras faraónicas de un líder obsesionado por su lugar en la historia de un país que él mismo ha contribuido a fracturar desde la aceleración y la irresponsabilidad: de la extravagancia de un salón de baile para un emperador desnudo a una biblioteca presidencial mastodóntica, proyectada como una torre de vidrio dorado en un terreno donado del paseo marítimo de Miami.
Ahora esta argamasa de intereses personales y presidenciales hará coincidir el 80º aniversario de Trump con la celebración de los 250 años de historia de la independencia de los Estados Unidos. Fastuosidad y omnipresencia para disfrazar la debilidad de una presidencia en crisis por la derrota no declarada en Irán –que, en el mejor de los casos, podría acabar con un acuerdo transaccional, que probablemente no diferiría mucho del acuerdo que Barak Obama y la Unión Europea ya negociaron en 2015–. Y derrotado también en el bolsillo de una parte muy importante de su electorado, que sufre el impacto del encarecimiento de precios. Y con un horizonte electoral cada vez más oscuro para las midterm del próximo mes de noviembre: apagando fuegos en el partido y castigando insurrecciones internas, mientras cada vez más candidatos republicanos están convencidos de que solo podrán asegurarse la victoria si son capaces de pescar votos más allá de la base trumpista.
El diario New York Times ha hecho el ejercicio de revisar más de una docena de horas de grabación de las reuniones de gabinete para analizar cómo la administración Trump habla al presidente. Las conclusiones son ridículas: de media, al menos una de cada seis frases es un halago a Trump o una crítica a sus oponentes políticos. Uno de los comentarios más recurrentes, en estas reuniones, es la medida en que su liderazgo es elogiado como “inigualable”. Los miembros del gabinete le aseguran, ante las cámaras, que él solo está poniendo fin a los conflictos globales, ganando la carrera por la inteligencia artificial, motivando a las tropas a alistarse y reduciendo los precios de la gasolina. Trump ha construido una administración dedicada al ejercicio constante del arte de la adulación.
La primera vez que pisé el Egipto de Hosni Mubarak, el año 2000, para una cumbre UE-África, las calles de El Cairo estaban llenas de banderolas con la cara del presidente. Un recordatorio constante y atemporal del líder omnipresente y vigilante. El autoritarismo se resiste a envejecer en el imaginario colectivo. Quizás por eso Vladímir Putin y Xi Jinping bromeaban sobre la biotecnología y la inmortalidad, como captó un micrófono abierto durante su encuentro en Beijing por el 80 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, el presidente ruso ha convertido la búsqueda antienvejecimiento en una prioridad del Kremlin. Stephen Miller, ideólogo de cabecera de Trump y uno de los asesores más influyentes en la Casa Blanca, aseguraba, hace unos meses, que el presidente es “sobrehumano”.
Mientras los Estados Unidos polemizan sobre la salud de su presidente y las razones de sus abusos y desaires, la salud democrática del país está cada vez más erosionada.