Trump y la geopolítica 'proxy'

Muy a menudo pensamos que Donald Trump está “loco” y que sus acciones son imprevisibles y desconcertantes, o incluso delirantes, caóticas e irracionales. Pero estas etiquetas no ayudan a ver un patrón bastante coherente tras unas intervenciones cada vez más agresivas: debilitar a los rivales de forma indirecta y asegurar unas ganancias relativas para los Estados Unidos. Estamos ante la geopolítica proxy.Esta idea es una reinterpretación del concepto de “guerras proxy” que se popularizó durante la Guerra Fría, cuando las grandes potencias daban apoyo militar, económico o político a gobiernos afines en conflictos lejanos (en Corea o en Vietnam, por ejemplo). Así perjudicaban al enemigo, al tiempo que evitaban un enfrentamiento directo entre potencias con armamento nuclear.Podríamos decir que la geopolítica proxy es la brújula de la política exterior de Trump, tanto en contextos de paz como de guerra. A través de intervenciones en terceros países busca esencialmente debilitar a las potencias rivales y ganar ventaja en materia económica, energética o militar. Así de explícita es la estrategia de seguridad nacional de los EUA, publicada en noviembre pasado: “Debemos evitar que otros actores alcancen un dominio global [...]. Esto implica trabajar con socios para contrarrestar ambiciones que ponen en peligro nuestros intereses”. No va de ganar, sino de derrotar a los demás.Los ocho acuerdos de paz que Trump presume haber logrado no han detenido la violencia ni han aportado estabilidad. Pero este no era el objetivo. Muchos de estos acuerdos buscan limitar la influencia de las otras grandes potencias. Por ejemplo, en el acuerdo entre la República Democrática del Congo y Ruanda, Trump se asegura la explotación de reservas minerales en una región que mayoritariamente dominaban empresas chinas; mientras que en el acuerdo entre Armenia y Azerbaiyán, quienes pasan a desarrollar líneas de ferrocarril, gas y petróleo durante un siglo son contratistas de los EE. UU., limitando así la influencia de Rusia y China en el Cáucaso.

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El deseo de Trump de anexionarse Groenlandia no se entiende solo como un capricho de grandeza, ni tan siquiera como un intento de incomodar a los aliados europeos, a quienes ve empobrecidos y dependientes. Es, por encima de todo, una oportunidad que permitiría recuperar la posición de desventaja frente a Rusia, la única superpotencia polar. Como narra el periodista Marzio Mian durante sus viajes por las tierras de hielo, el Ártico tiene un valor incalculable para Rusia: obtiene todo el capital energético, comercial, minero y marítimo, y allí guarda el arsenal nuclear. Cuando Trump declara que “tomar el control de Groenlandia es necesario para evitar que Rusia o China lo hagan” no miente ni delira. Simplemente, expone su geopolítica proxy, basada en acuerdos coercitivos con terceros para hacer contrapeso y debilitar a sus rivales.Las noticias que explican que Groenlandia ha rechazado acuerdos con China para explotar los recursos de la isla bajo presión norteamericana no son ninguna excepción en los últimos años. Encontramos noticias similares después de que los EE. UU. llegaran a un acuerdo favorable para controlar el estrecho de Panamá, o desde la intervención en Venezuela. Con la captura de Nicolás Maduro, los EE. UU. impiden que el petróleo y otros recursos venezolanos viajen hacia Pekín o Moscú. Como sugiere el historiador Michael Klare, la obsesión de Trump por el petróleo no es tanto para nutrirse de él como para que sus competidores no puedan hacerlo.La guerra contra Irán también es un ejemplo claro. Mientras Israel pretende consolidarse como el poder hegemónico de la región, los EE. UU. buscan debilitar un valioso aliado de Rusia y de China. Desde que los EE. UU. bombardearon la isla iraní de Kharg, China no recibe crudo de Irán, y, con el bloqueo de Ormuz, tampoco puede obtener el de Arabia Saudita ni el de los Emiratos. Ya lo advertía la estrategia de seguridad antes mencionada: "Queremos evitar que una potencia adversaria domine Oriente Medio, sus reservas de petróleo y gas, y los cuellos de botella por los cuales transitan".La geopolítica proxy de los EUA ensucia las relaciones internacionales. Hace crecer la desconfianza, la traición y el maniqueísmo. Y obliga a pensar en respuestas diferentes de las habituales. Por ejemplo, ¿se pueden poner límites a los aliados y buscar acuerdos que no quieran perjudicar a los rivales? Apelar al derecho internacional parece hoy tan necesario como anacrónico e inofensivo. Pero actuar de manera proxy solo intensifica las tensiones regionales y la escalada militar en una carrera sonámbula que recuerda los preludios de la Primera Guerra Mundial.