Trump, la obscenidad en el poder
Escribe Frédéric Taddeï, en Marianne, que Donald Trump no ha hecho entrar al mundo en la era de la posverdad sino en el de la cruda verdad: "El presidente estadounidense reivindica la brutalidad como método y como patrimonio. Una verdad cruda que molesta sobre todo a aquellos que aún prefieren creer en las fábulas diplomáticas". Yo no sabría decir si es exactamente así, pero lo que es seguro es que Trump ejerce el poder de forma obscena, descarnada, sin disimulo y confiando en la ley del más fuerte, porque está convencido de que él es el más poderoso del mundo.
Hablo, pues, de un poder obsceno, que, por otra parte, podría ser lo que le hace atractivo a sus seguidores, fascinados por el ejercicio de una fuerza bruta porque la consideran más "de verdad" que los incomprensibles juegos versallescos de la política formal. Un poco como lo que encanta de Silvia Orriols –incluso más allá de la ideología–: que se le entiende diga lo que diga, a diferencia del resto de políticos, que no se entienden, también digan lo que digan. "Ser entendido" es percibido como "decir la verdad"; precisamente porque es obscena, se la quiere desnuda.
Desde mi punto de vista, el elemento más distintivo del estilo de gobierno de Trump, pues, es la obscenidad. Podríamos decir que practica una política abiertamente pornográfica. Del sexo sin amor, al poder sin sublimación, sin el secreto que Norberto Bobbio decía que debía acompañarle. Es un poder desnudo, que lo enseña todo, sin pudor. Que se exhibe, incluso antes de haber conseguido su objetivo, porque éste es su propósito: ostentar por provocar, por descolocar al oponente y, claro, por violar su voluntad.
La obscenidad es la rotura de la medida que garantiza una vida ordenada y con sentido. La obscenidad transgrede las categorías del orden moral compartido; en este caso, del orden político. El obsceno falta al respecto, desprecia al oponente, es un acosador. Es un personaje que encaja perfectamente con el desorden moral que a menudo encontramos en las redes sociales, que pueden ser obscenas por impúdicas y ofenden la intimidad privada. En las redes, incluso lo más miserable –desde el anonimato– se siente poderoso y se atreve a infamar, confundiendo descaro con valentía, insolencia con osadía. La diferencia con Trump es que él lo hace a cara descubierta, porque él sí tiene poder.
Pero como la pornografía –como todo exceso– acaba apagando el deseo, tengo la convicción de que el atractivo de la obscenidad de Trump tiene los días –o los meses– contados. La obscenidad corrompe, excluye, humilla, es vulgar. No creo que su estilo de pincho de barrio acabe definiendo una nueva era en la política. Como la pornografía, la obscenidad política es tan transparente que mata a la imaginación, al anhelo. Y, vuelvo al clásico, el poder necesita el secreto para perdurar, tal y como la seducción exige misterio y elegancia. Marcará, eso sí, un lapso de tiempo que dejará mucha desolación. Y al mismo tiempo, habrá puesto también al descubierto muchas de las debilidades de la moral política actual. Dejará manchados para siempre aquellos que ahora le hacen la garra-gara y todos los que se habrán mostrado condescendientes y complacientes. Y arrastrará a muchos a la deshonra y la ignominia para siempre.
Incluso –y no sería una buena perspectiva–, la era post-Trump podría dejar paso a una ola de puritanismo político-moral que quisiera tapar –no liquidar– todo lo que se ha puesto al descubierto. Sería una nueva corriente que quisiera censurar los resultados de su brutalidad. Me refiero a un puritanismo conservador, de derechas, tan reaccionario como el actual puritanismo de izquierdas.
La obscenidad de Trump ya apareció en las elecciones norteamericanas del 2016 como reacción a un ejercicio farisaico del poder, en la impostura de los poderes institucionales, tan bien representados entonces por la arrogancia de Hillary Clinton. La misma impostura a la que ahora asistimos por parte de muchos de los actuales liderazgos locales, que pueden acabar provocando –si no lo están haciendo ya ahora– el mismo comportamiento reactivo, a menudo como castigo y escarmiento, aun sin medir sus consecuencias.
Es de justicia poética que los millones de archivos desvelados del asunto Jeffrey Epstein señalen no sólo a Donald Trump sino a una larga lista de los más poderosos del mundo, todos atrapados en sus abusivas prácticas sexuales, perversas y obscenas. Una obscenidad practicada en privado que ahora se descubre cuando la política, paralelamente, también se ha vuelto de obscena en una obvia continuidad de estilos. Jeffrey Epstein no soportó que la obscenidad de su imperio de sexo y pornografía se hiciera transparente y se suicidó. El final de Donald Trump no sé cómo será, pero en cualquier caso también me lo imagino trágico.