Trump y el tribalismo de la mentira política

Las elecciones son vulnerables porque el caos se ha convertido en el medio perfecto para erosionar confianzas, evidencias y sistemas democráticos. Las vulnerabilidades no son solo teóricas ni son exageraciones interesadas; se han explotado en todo el mundo, desde Sudáfrica hasta Ucrania, Bulgaria y Filipinas. Hackear las máquinas de votación sigue siendo demasiado fácil. Pero aún lo es más construir relatos de desconfianza y emocionalidad. Jugar con las mentes y fragmentar realidades para erosionar procesos democráticos.

Esto es lo que hizo el presidente de los Estados Unidos en su discurso a la nación del 16 de julio pasado. Donald Trump salió en horario de máxima audiencia a desplegar un relato confuso que mezclaba cifras, riesgos y sospechas para construir una teoría conspirativa sobre el presunto robo electoral que sufrió en 2020: unos supuestos 220 millones de registros de votantes estadounidenses en manos chinas, máquinas de votación “extremadamente expuestas”, 278.000 ciudadanos extranjeros que figuraban en los censos electorales... Pero ninguno de los documentos que hizo públicos confirmaba estas sospechas.

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Trump recuperó sus viejas obsesiones, desde las acusaciones contra Beijing hasta los ataques a la prensa, para invocar injerencias exteriores y, de paso, alimentar la sospecha sobre las elecciones de medio mandato que se deben celebrar en noviembre, y sobre una posible derrota republicana anunciada en las encuestas. El presidente de los Estados Unidos lleva un año entero especulando sobre las elecciones de medio mandato, primero hablando de una posible cancelación –una simple broma, según aseguraron sus colaboradores– y después defendiendo la idea de que los republicanos deberían nacionalizarlas –una postura que matizó posteriormente asegurando que se trataba de reforzar la “implicación” del gobierno federal en el proceso.

Trump habla de conspiraciones para ocultar su propia interferencia sobre un sistema, según él, “tan deteriorado y tan vulnerable que es imposible de defender”. Un sistema, de hecho, dañado por la cleptocracia presidencial. Trump se ha dedicado a utilizar el poder federal para poner a los votantes, a los trabajadores y a las instituciones bajo sospecha permanente, debilitando la legitimidad del próximo recuento mucho antes de que comience. El objetivo es eliminar el debate racional y la importancia de las evidencias, mientras su administración gobierna desde el desprecio por el orden jurídico.

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De la sospecha rusa sobre su victoria electoral de 2016 a las acusaciones contra China en la derrota de 2020 hay todo un relato geopolítico construido al margen de las preocupaciones de los votantes norteamericanos. La amenaza china no es electoral, es un desafío a la hegemonía global de los Estados Unidos.

El Pew Research Center acaba de publicar una nueva encuesta internacional que revela que Pekín se ha ido comiendo el terreno a Washington en la capacidad de atracción que genera en buena parte del mundo. Se trata de un cambio significativo en la opinión pública en plena confrontación bipolar entre las dos potencias. El estudio constata que China goza de más simpatía que los Estados Unidos en 25 de los 36 países encuestados entre febrero y mayo de este año. Según los expertos, es la primera vez en las dos décadas que este centro de opinión lleva a cabo la encuesta que China supera a los Estados Unidos en la mayoría de los países analizados.

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El “poder blando” chino se impone a la transaccionalidad imprevisible y coercitiva del trumpismo.

No es casual que la amenaza china aparezca ahora, nuevamente, en el relato conspirativo de la Casa Blanca. Si hay una línea argumental, que ha atravesado desde la primera administración Trump hasta los años de Biden y este segundo mandato republicano, es el desafío de Pekín. Trump juega ahora desde la hiperemocionalidad de una supuesta vulnerabilidad electoral, construida desde la exageración, la mentira o la banalización de los hechos.

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El periodista norteamericano David Roberts ya hablaba en 2017, tras la primera victoria de Trump, de un “tribalismo epistémico” en el que lo importante no es la verdad objetiva sino el reforzamiento de la identidad de grupo. Una identidad que Trump ha ido atando de pies y manos con la desconfianza en un sistema que él mismo se ha encargado de debilitar.

Cada vez más los sociólogos alertan sobre los costes que tiene la “fatiga de la verdad”, el sobreesfuerzo mental necesario que supone vivir permanentemente obligados a verificar cualquier afirmación –sea un consejo de salud, una oferta de trabajo o una noticia.

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La fatiga de la verdad no es solo informativa, es emocional. Creemos en aquello que encaja con nuestra tribu porque nos ahorra energía. Y Trump ha hecho de la distorsión de la verdad y la construcción de un relato alternativo su principal arma de supervivencia política.