Trump, Venezuela y el “dominio energético”
Si algún observador aún dudaba de las motivaciones que hay detrás de la intervención estadounidense en Venezuela, el presidente Donald Trump en persona disipó buena parte de la incertidumbre durante la rueda de prensa que ofreció el sábado. Aunque hasta ahora la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, se había justificado principalmente con acusaciones relacionadas con el narcotráfico, Trump dedicó una parte considerable de sus declaraciones a la riqueza petrolera de Venezuela, a los beneficios que se pueden obtener ya la perspectiva de que Estados Unidos "dirija" el país. En otras palabras: aunque el petróleo probablemente no era la única razón de esta intervención, sin duda tenía una importancia crucial.
El énfasis de Trump en los recursos naturales de Venezuela no es un caso aislado. Una de las prioridades de su segundo mandato ha sido, en el marco de una estrategia más amplia, garantizar el acceso de Estados Unidos a recursos estratégicos. Este objetivo ha supuesto esfuerzos para reducir la dependencia de China —un rival estratégico— en una serie de materiales críticos, incluidas las tierras raras. Dada su importancia para aplicaciones de alta tecnología, como por ejemplo las tecnologías militares, estos materiales se consideran cada vez más esenciales para la seguridad nacional y la competitividad económica. En este contexto, la administración Trump ha llegado a numerosos pactos sobre minerales críticos con países de todo el mundo, como por ejemplo el controvertido acuerdo que firmó con Ucrania en febrero de 2025. También se han planteado públicamente escenarios aún más radicales: hace sólo dos semanas, Trump nombró un enviado especial a Groenlandia, pasara a formar parte de Estados Unidos.
La Casa Blanca también ha intentado procurarse un suministro energético estable a largo plazo. No se trata de un problema inminente, ya que, en los últimos años, Estados Unidos ha sido un exportador neto de petróleo y gas. Además, la mayoría de analistas prevén que los mercados mundiales del petróleo se caracterizarán en los próximos años más por el exceso de oferta que por la escasez y precios elevados. Sin embargo, para mantener lo que Trump ha llamado reiteradamente "dominio energético" y de prepararse para el momento en que la producción del país empiece a decaer, no resulta nada sorprendente que el gobierno ponga la mirada en Venezuela, el país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo.
El petróleo ha sido central en la política y la economía venezolanas desde que se empezó a explotar a gran escala, en los años 20. Durante décadas, Venezuela fue uno de los países más ricos de Latinoamérica, siendo también uno de los más desiguales, y gozaba de una relativa estabilidad política en un sistema democrático operativo. Aunque Hugo Chávez primero y Nicolás Maduro después transformaron profundamente el sistema político del país a partir de finales de los 90, el papel central del petróleo en el mantenimiento de la estabilidad del régimen no cambió. Sin embargo, con el tiempo, la industria petrolera venezolana ha sufrido un grave deterioro como resultado de años de mala gestión, falta de inversión, amiguismos y sanciones internacionales. En 2024, la producción de Venezuela era de sólo aproximadamente una cuarta parte de la de 1998, el año antes de que Chávez llegara al poder, y alrededor del 1% de la producción mundial. Por tanto, se prevé que recuperar una capacidad de producción aunque sea cercana a los niveles anteriores requerirá una inversión externa masiva. A pesar de tener un enorme potencial, Venezuela es actualmente un actor secundario en el mercado petrolero global, con problemas de infraestructura importantes.
Dicho esto, los acontecimientos recientes en Venezuela –con todas sus características específicas– pueden entenderse como parte de una estrategia más amplia de Estados Unidos para garantizarse el acceso a recursos estratégicos. Sin embargo, como ocurre con iniciativas similares en otros lugares, es importante leer entre líneas. De las declaraciones de Trump en la rueda de prensa del sábado se infiere la ambición de abrir las vastas reservas petroleras controladas por el estado venezolano en las empresas petroleras de Estados Unidos, que, a su juicio, financiarían la reconstrucción de las infraestructuras energéticas del país sudamericano. Sin embargo, los planes concretos para el futuro político de Venezuela siguen siendo poco claros. Por ejemplo: ¿la captura de Maduro es un movimiento coercitivo para presionar el actual liderazgo hacia una postura más favorable en Estados Unidos, o se trata de un paso hacia un cambio de régimen total? Dado que las inversiones a gran escala en infraestructura petrolera requieren un mínimo de estabilidad política y predictibilidad reguladora, es poco probable que las empresas petroleras de Estados Unidos comprometan miles de millones de dólares sin tener más certezas. Al fin y al cabo, el éxito de la estrategia estadounidense dependerá menos del acceso a la riqueza petrolera de Venezuela que de la capacidad de consolidar un marco político creíble y sólido que la pueda desbloquear.