El último socialdemócrata
En un tiempo de claudicación generalizada de las izquierdas europeas –no saben, no contestan– y de clamorosa aceleración del continente hacia la extrema derecha, Pedro Sánchez parece decidido a ser el último socialdemócrata. Ya hace tiempo que es prácticamente la única voz europea que se hace oír ante las andanadas y provocaciones de Donald Trump. Y ahora, justo cuando aquí las derechas –PP y Junts– le tumban en el Parlament el decreto que incluye la subida de las pensiones, el presidente del gobierno español plantea la regulación extraordinaria de todas las personas sin papeles que lleven cinco meses en España, siempre que puedan acreditarlo, otorgándoles el permiso de residencia. Parece que en la actualidad son 840.000 los venidos de fuera que se encuentran en situación irregular. Y es pura normalidad democrática resolver su situación: no sólo por razones éticas y humanitarias, que ya serían suficientes si todos no estuviéramos tan atrapados por la cultura de los nuestros y los demás, sino también por elementales razones económicas y de integración social.
No es la primera vez que se hace una regulación de estas dimensiones. Felipe González hizo una en 1986, y más tarde también José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero (nueve veces en total). Estos precedentes no han impedido la reacción indignada de Feijóo, siempre a piñón fijo. Es cierto que la decisión de Sánchez llega en un momento en que en Europa pesa la creciente hegemonía ideológica de la extrema derecha, que desborda las derechas tradicionales, como vemos en Francia e Italia, para señalar a los más cercanos. ¿Por qué Pedro Sánchez da este paso? Hay, sin duda, razones objetivas, y es una buena noticia: la medida estabilizará legalmente a cientos de miles de personas necesarias en la actividad económica del país, tanto en la producción como en los servicios. Pero seguramente tiene también que ver con los cálculos estratégicos de un Pedro Sánchez que va camino del final de su mandato. Empezando por las pequeñas miserias de la política: esta apuesta incomodará al PP, porque ahora mismo Vox, al alza, es quien está más preparado para atrapar a los indignados, quienes sientan la maniobra de Sánchez como una ofensa a la patria y otras tropelías por el estilo. ¿Qué hará el PP? ¿Subirá el tono para competir con Abascal, que puede atraer a parte de su electorado, u optará por la moderación?
En todo caso, la estrategia de Pedro Sánchez parece clara –y de hecho no es nueva, eso sería un paso más–. En circunstancias normales, quiero decir con una derecha más aseada, las expectativas del presidente serían muy limitadas. Pero con un personaje por delante como Feijóo, sin otro atributo que el cascarrabias siempre enfadado y acorralado por Abascal, es comprensible que Sánchez pueda creer todavía en la remontada. Y opta por afinar el perfil, por recuperar propuestas y mensajes –no mucho más, porque las políticas económicas están muy marcadas– que evoquen diferenciales propios de la socialdemocracia, un espacio hoy en horas bajas pero con señales que hacen pensar que, como va Europa y con la evidente claudicación de las derechas, tanto ante las extremas derechas como de Trump, podría. Sea como fuere, Sánchez pone de lleno sobre la mesa la cuestión de la inmigración. Es decir, hace suya la defensa de un sector escasamente protegido, condenado a la inseguridad ya la estigmatización, clave para el relanzamiento de un país a menudo un punto acomodado, y que las derechas prefieren tener en precario y siempre bajo la amenaza de la expulsión.
En todo caso, esta insistencia de Pedro Sánchez en recuperar un modelo ideológico que parecía en retirada tiene seguramente un punto de intuición. ¿Quién puede configurar una alternativa, si las derechas liberales siguen claudicando y entregándose a formas autoritarias cada vez más descarnadas, que los excesos de Trump están poniendo en evidencia? La actual puesta en escena de Sánchez puede ser lo que ahora parece una fantasía: la oportunidad de darle la vuelta a la situación, pero también una vía alternativa hacia algún cargo europeo o simplemente para seguir planteando batalla si el PP acabara gobernando tutelado por Vox. En cualquier caso, y sobre la última decisión: normalizar la inmigración es de cultura democrática elemental: reconocimiento y dignificación de la condición de las personas. Y lo triste es que parezca raro y que sea contestado por las derechas y compañía, que utilizan a la inmigración para dar miedo. Miserable idea de la autoridad.