Unidos en la diferencia
"Unidos en la diferencia somos imparables", sentenció Juan Carlos Rivero en el cierre de la retransmisión de RTVE del partido entre Francia y España, para muchos la verdadera final del Mundial. Más allá de que este tópico grandilocuente pareciera formar parte del rosario de réplicas con que la órbita gubernamental respondió al sincericidio de hacía pocas horas de Rajoy sobre los franceses, conviene preguntarse hasta qué punto esta apelación no hablaba solo de fútbol sino también de política. En este segundo supuesto —cosas peores se han visto—, y dando por descontada la existencia de un "nosotros" que nos permita ir "unidos en la diferencia", quizás habría que preguntarse: ¿para hacer qué? ¿Solo para reforzar el sentido de pertenencia? Quizás mejor unirnos para mejorar Cercanías, para culminar el Corredor Mediterráneo o para conseguir, de una vez, la interoperabilidad ferroviaria. ¿O es que debemos unirnos para colonizar las instituciones, proteger a la parentela o levantar muros contra los inmigrantes, contra la derecha o contra cualquiera que aspire a una alternancia política en España? Confieso que se me acumulan las dudas.
Que conste —díganme ingenuo— que soy de los que piensan que, al fin y al cabo, el fútbol es fútbol y que cualquier intento de extrapolar lo que ocurre en un estadio al terreno de la política es una manipulación tan burda como antigua. He disfrutado como el primero del juego de la selección española; tan cierto como que, antes de verla hacer el ridículo en el Mundial, era un fanático de Messi y de Argentina. Y no por eso me gustan los excesos de Milei ni dejo de considerar que, en general, los argentinos son tan guapos como pesados. Una cosa no quita la otra.
Si de lo que se trata, en cambio, es de utilizar el buen momento futbolístico de la selección española —y el hecho de que ocho de sus veintiséis jugadores sean del Barça— para dar un paso más en el sempiterno proyecto de nacionalización española, honestamente pienso que deberíamos desenmascarar a los maquinadores. Formar parte de España, como de cualquier otro país del mundo, debe poder ser una decisión razonada y querida, no una inducción sentimental.
Soy plenamente consciente de que mi posición arrastra una contradicción congénita, desde los años del Proceso, si no desde el primer día que nací. Por mucho que me gustaría formar parte de una comunidad nacional unida solo por la amistad cívica y por el propósito de dejar este mundo mejor de como lo hemos encontrado, no encuentro a nadie que defina su nación solo con criterios voluntaristas: como simple conciencia y voluntad de ser. Y aún menos a partir de un propósito humanista. Por racionales y pragmáticos que seamos, las razones culturales —tribales, si lo preferís— y, aún más, las motivaciones interesadas —económicas, políticas...— acaban prevaleciendo. Pasó durante el Proceso en Cataluña; pasa con la España del Íbex y con los MAGA de los Estados Unidos. Empiezas pensando en grande, convencido de que vives un momento fundacional. Y acabas levantando muros de resistencia, sudando detrás de una pancarta en el Fossar de les Moreres. O, peor aún, en la plaza de Colón predicando dislates o, como Rajoy y los de Alianza Catalana, enseñando las vergüenzas xenófobas.
Asumidas estas limitaciones, pienso que el catalanismo político debería perseverar en las virtudes que históricamente le han distinguido: el pactismo, el pragmatismo, el respeto por las instituciones y la convicción de que el progreso de todos exige responsabilidad compartida. Siempre al lado del talento y de la sociedad que progresa trabajando; admirando el genio individual, pero consciente de que el interés general es una construcción colectiva. De hecho, ¿no es esto, también, lo que ha hecho ganadora a esta selección?
El eslogan "Unidos en la diferencia" solo es convincente si hay un proyecto compartido, porque la diferencia, por sí sola, no es una virtud política; es una realidad preexistente y persistente. Lo que convierte una sociedad diversa en una comunidad es la existencia de un propósito común. Sin este horizonte, la frase queda reducida a una consigna publicitaria. Veremos quién la continuará defendiendo cuando los resultados futbolísticos se tuerzan o cuando la correlación de fuerzas en el Congreso deje de hacer el catalanismo político imprescindible para gobernar. Yo continuaré pensando que vale más unirnos no tanto por aquello que somos como por aquello que queremos ser.