El Mundial: una lección para la política catalana
Pasada la resaca del Mundial, ¿podemos sacar alguna lección útil, los catalanes, de este desenlace feliz en la competición deportiva más importante del planeta?A mí me ha alegrado la victoria de España. Nueve jugadores catalanes y ocho del Barça ya serían motivo suficiente para apoyar a la selección. Pero la razón principal es otra: se ha impuesto una manera de entender la competición que también sirve para la política.Se ha dicho que la roja ha ganado porque ha sido, antes que nada, un equipo. Frente a selecciones repletas de estrellas –Brasil, Inglaterra, Portugal o Francia–, España no ha dependido de un solo nombre. Su fuerza no ha sido el talento aislado, sino la cohesión. El todo ha pesado más que la suma de las partes.Es cierto. Pero no basta con ser una piña. No basta con tener vestuario, ni con invocar grandes palabras, ni con confundir intensidad con inteligencia.Además de un equipo, para ganar hace falta algo más prosaico y más decisivo: un plan.
En el fútbol, en la vida y en la política, hace falta un plan.Si al final había una piña, era Argentina. Solo había que ver a los jugadores bramando el himno: no parecía una selección, sino una tribu de guerreros antes de la batalla. En las gradas, los cánticos argentinos ahogaban las voces españolas.Argentina era comunidad, ritual y misión. Tenía liturgia, fe y una figura mesiánica sobrevolando el grupo. También tuvo exceso: siete amarillas, una roja y un principio de trifulca final que no creció porque España no quiso entrar.Por otro lado, España hizo un Mundial de perfil bajo: contenido, eficaz, poco estridente, elegante, y brillante cuando era necesario. Frente al arrebato argentino —pasión, furia, improvisación—, opuso sensatez, control y una idea clara de juego. Un plan. Si el partido se hubiera disputado en Atenas hace 2.500 años, Aristóteles lo habría visto como una contienda entre Dioniso y Apolo.Esta es, quizás, la lección más incómoda: la emoción es indispensable para empezar, pero insuficiente para llegar. La emoción puede levantar un país, encender una generación y llenar calles, avenidas y plazas. Pero si no se transforma en método, se consume deprisa. La épica sin administración acaba convirtiéndose en ruido; el plan, sin alma, no moviliza a nadie. La gracia es combinarlo.Durante demasiados años, Cataluña ha jugado sin equipo y sin plan. Hemos salido al campo divididos, a menudo enfrentados, y quienes queríamos jugar no sabíamos muy bien cuál era la estrategia ganadora. De hecho, no sabíamos ni si había alguna estrategia.Ahora Cataluña tiene un partido muy importante pendiente. Se juega la preservación del estado del bienestar, la mejora de los servicios básicos, la gestión del territorio, la lengua, la cultura y la contención de unos populismos que nunca, en ningún lugar, han traído nada bueno. También se juega el reconocimiento de una identidad nacional que no es de una sola pieza, sino que es una identidad nacional diversa y plural en orígenes, acentos y maneras de pertenecer.El objetivo debería ser claro: hacer de Cataluña un país más próspero, más cohesionado y más seguro de sí mismo. Y el fundamento de esta prosperidad no puede ser otro que el aumento de la soberanía. No por romanticismo, sino por eficacia. Un país que no decide lo suficiente sobre sus recursos, sus infraestructuras, su lengua o sus políticas públicas juega siempre con una parte del campo inclinada. El principio de subsidiariedad, central en el proyecto europeo, dice una cosa sencilla: cuanto más cerca de los ciudadanos se toman las decisiones, más probable es que sean acertadas y aplicables.Tenemos claro, pues, el objetivo: más soberanía, más competencias, más margen de actuación. Lo que necesitamos es un plan igual de claro. La prioridad de los representantes catalanes en el Parlament y en el Congreso debería ser ampliar el autogobierno, trabajar discretamente y eficazmente para mejorar el autogobierno, sin caer en la dialéctica estéril ni en el maximalismo infructuoso del todo o nada. Esta política tiene un nombre viejo y poco épico: pez en el cesto. Consiste en conocer mínimamente la historia de Cataluña, conocer bien Madrid, y, con ello, leer bien el momento, medir fuerzas y contrapesos, y tensar la cuerda sin romperla. Se hizo en 1931, facilitando el gobierno de Azaña; en 1993, con Felipe González; y en 1996, cuando Aznar firmó el pacto del Majestic con una mano, mientras con la otra sostenía El vendaval, de Pere Gimferrer.Los indultos, primero, y la amnistía, cuando se consuma, cerrarán por completo el 'Procés'. La mayoría de ciudadanos, y cada vez más políticos, están ya en otra pantalla. El problema es que cambiar de pantalla no significa tener un guion. Pero el partido continúa. Y si Cataluña es capaz de formar un buen equipo y jugar con un plan, puede llegar muy lejos y puede volver a ser el país admirado y envidiado que fue.