Una universidad que no expulse a nadie
Las cifras son contundentes: casi el 37% del estudiantado universitario catalán convive actualmente con algún diagnóstico de salud mental, principalmente trastornos de ansiedad (15,4%) y depresivos (7,1%). Si ampliamos la mirada a lo largo de la vida, cerca de la mitad de los estudiantes les han diagnosticado en algún momento un problema de salud mental. A esto se le suma un nivel de agotamiento emocional elevado: más de un tercio del estudiantado afirma sentirse emocionalmente agotado cada día. Son datos extraídos delEstudio sobre la salud mental en el sistema universitario de Cataluña(2023), impulsado por el departamento de Investigación y Universidades, y elaborado con la participación de las universidades catalanas. El informe va más allá y la conclusión es clara: ese malestar emocional no afecta sólo al colectivo de estudiantes, sino que el estrés y el agotamiento son transversales a todos los trabajadores de la comunidad universitaria.
Las cifras no aparecen de la nada, sino que son el reflejo de un contexto social marcado por la presión constante. Vivimos en una sociedad que va muy deprisa, en la que la tecnología queda obsoleta antes de que seamos capaces de asumirla, donde todo es inmediato, superfluo, y marcado por la hiperexposición en las redes sociales por parte de los jóvenes, la incertidumbre vital y laboral y, también, las secuelas del impacto emocional de la pandemia, por citar algunas. El cambio es constante y la universidad no es ajena a ese entorno; al contrario: es un espejo.
Cogemos otro informe, en este caso el retrato que elabora la Red Vives de Universidades a partir de encuestas a más de 45.000 estudiantes de los Països Catalans. El informe Vía Universitaria 2023-2025no hace más que confirmar que la universidad actual es mucho más diversa que hace unos años: en orígenes sociales, en edades, en identidades, en trayectorias vitales y también en necesidades educativas y emocionales. Hoy, en las aulas conviven estudiantes con discapacidades, con trastornos de aprendizaje, con TDAH y con situaciones de vulnerabilidad social que, no hace mucho, quedaban fuera del sistema.
Todo ello evidencia que, en los últimos años, el perfil del estudiantado universitario ha cambiado. Y, en consecuencia, también han cambiado las condiciones en las que trabajan el profesorado y el personal de administración. Más exigencias, mayor complejidad, más burocracia y menos tiempo para el acompañamiento. Ante esta realidad, ante este escenario complejo, la pregunta es inevitable: ¿qué papel debe jugar la universidad pública para hacerle frente? ¿Cómo puede la universidad amparar, sin recursos extraordinarios, a estudiantes con necesidades especiales que han recibido atención especial en la etapa de la educación secundaria? ¿Basta ampliar los actuales servicios de atención psicológica? Sin duda son servicios necesarios y muy valorados, pero los mismos informes apuntan a que no son suficientes si no se acompañan de una reflexión más profunda sobre los modelos docentes, los ritmos, las formas de evaluación y las expectativas que generamos.
El paradigma con el que hemos convivido hasta ahora concibe a la universidad pública como la institución que ofrece formación superior a la sociedad, hace investigación científica y la transfiere. Estos requerimientos deben prevalecer, como no puede ser de otra forma, pero las condiciones de contorno han cambiado y la universidad pública no puede mirar hacia otro lado. Hacerlo sería asumir un modelo implícitamente elitista: un modelo que sólo funciona para el que puede sostener emocionalmente unas reglas del juego pensadas para otra época. Si la universidad expulsa —aunque sea de manera silenciosa— a aquellos que no se adaptan a ella, deja de cumplir su función como servicio público, deja de asumir el papel de ascensor social.
Hacer aflorar esta realidad, ponerla sobre la mesa con datos, con honestidad y con responsabilidad institucional, es un punto de partida. Es cierto que no empezamos de cero y que desde las universidades públicas, en algunos casos de forma más individual y otros de forma colectiva, se están impulsando iniciativas que intentan dar respuesta a algunas de estas situaciones. Un ejemplo en nuestra casa, en la Universidad Rovira i Virgili, podría ser el programa Amb-Èxit-Ed, pensado para acompañar a jóvenes extutelados que quieren acceder a la universidad y que, al llegar a la mayoría de edad, a menudo se encuentran sin una red de apoyo. Fruto de compartir experiencias entre diferentes universidades, también se han impulsado programas como el Meetup, que crea espacios de encuentro y acompañamiento para estudiantes con diversidad que ayudan a combatir el aislamiento y reforzar el sentimiento de pertenencia.
Los ejemplos demuestran que es posible abrir caminos, pero el reto exige una respuesta estructural, coordinada y sostenida en el tiempo. Afortunadamente, desde hace más de un año, Cataluña tiene un documento marco, pionero a nivel estatal, que establece los fundamentos para conseguir un sistema universitario basado en la inclusión de las diferencias y el respeto a las diversidades. Se trata del Plan de Inclusión y Diversidad en las Universidades Catalanas (PIDUC), un plan gestado desde la colaboración entre las universidades y la Generalitat que supera el modelo vigente hasta ahora -que ponía la atención en la adaptación curricular- a un nuevo modelo que pone en el centro las diversidades y las personas con diversidad.
El bienestar, la inclusión y el acompañamiento no sólo de las diversidades sino también de las nuevas realidades deben formar parte del núcleo del proyecto universitario. Y para conseguirlo, además de planes estratégicos en cuanto al sistema, también son necesarios recursos suficientes para su ejecución.
El reto que tenemos delante está claro: o la universidad se adapta a la realidad de las personas que hoy la conforman o corre el riesgo de quedarse anclada en un modelo que excluye. Si la universidad pública quiere seguir siendo un espacio de oportunidades y un verdadero ascensor social, debe asumir este reto con decisión y valentía, pero también con los recursos necesarios.
Porque no estamos hablando sólo de diversidades y bienestar emocional: estamos hablando del futuro de la sociedad que entre todos estamos construyendo.