Mi vecina policía

Estaba dándole vueltas a qué escribir en el artículo que me tocaba entregar al periódico, cuando me llamó un número que desconocía: resultaba ser un inspector del ayuntamiento que venía a revisar las obras del piso donde vivo porque una vecina había denunciado ruido. Podría alargar la anécdota, pero prefiero dejarla aquí. La cuestión es que esta vecina ya se había quejado, cuando las obras empezaron, porque el ruido le molestaba, y yo probé de explicarle que tampoco es que me hicieran ilusión, las obras, a mí, y que haría todo lo posible para que terminasen lo más rápido posible. "Ya las podríais terminar en agosto, que es cuando me voy de vacaciones". Pero resulta que en agosto no solo tiene vacaciones ella. Imagino que ha vuelto de la playa, ha reconocido el alboroto y, a pesar de que haya permisos y se trabaje durante los horarios establecidos por la ley, en vez de llamar a la puerta y comentar la jugada, ha preferido denunciar. Legítimo. No quiero intentar hacer ninguna poética de este caso, tampoco elevarlo a una reflexión genérica, aunque tengo tentaciones. Un vecino me explicó que hacía pocos años que ella había hecho obras en casa, de modo que imagino que, en algún momento, alguien sufrió el ruido que ahora ella encuentra insoportable. Pero de estas cosas la gente se olvida. También se debe haber olvidado que cuando alguien hace algún tipo de reparación en casa, ya sea cambiar las ventanas, sustituir las puertas o pintar las paredes, aparece una especie de angustia mítica e ineludible, El Fantasma de la Reforma, con quien tendrás que batallar durante un tiempo indeterminado, espectro constituido por la incertidumbre, el agotamiento y el dinero que desaparece como si te hubieran agujereado los bolsillos. Es ley de vida. Pero de estas cosas, está claro, la gente se olvida.

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Da pereza, además, que la vecina apueste por la vía de control y, a fin de cuentas, punitivista, antes de preferir hablar, comentar, conversar, tratar de entender, dialogar. Pero también es ley de vida: lo peor de las reformas son los vecinos, conclusión un poco pesarosa, pero bastante cierta. Decía que no quería elevar la anécdota, porque de vecinos insoportables y policiales, a quienes enseguida les hierve la sangre, todos hemos tenido, sobre todo en la era poscovid, que sirvió para que muchísimos descubrieran al pequeño agente de policía que llevaban dentro (por no decir al fascista que los habitaba), pero mentiría si no explicara que, cuando recibí la llamada, pensé en un libro de Paul Bloom que leí hace un par de años, que viene a decir algo así como que uno de los males de nuestro tiempo no es que hayamos perdido la empatía, sino que nos hemos convertido en expertos en cultivar una selectiva. Eso quiere decir que la empatía la sentimos cuando queremos y en relación a quien queremos, no como una cualidad que nos atraviesa, sino como una herramienta política estratégica, y se nos despierta de manera tribal y a menudo capturada por identidades. Acertado. Imposible no evocar la bellísima conferencia que Foster Wallace pronunció en 2005 en el Kenyon College, Esto es agua, oracular y premonitoria: la compasión, decía él, no es una virtud sobre la cual predicar en términos buenistas; se trata, más bien, de trabajar la capacidad de no ser un profundo egocéntrico y de dejar de interpretarlo absolutamente todo a través de las lentes de uno mismo. El mundo es mucho más amplio que el malestar que tú sientes ahora. La vida es más compleja que el ruido de estas malditas obras que tanto te molestan. Lo que vienen a decir el psicólogo y el escritor se parece bastante: ser empáticos, que asumo que es una de las bases de la vida en común, no trata de encender un foco que ilumina solo la propia tribu (diría Bloom) o que prueba atender solo el propio malestar (diría Foster Wallace). Y no pretendo elevar la empatía a la herramienta a través de la cual hacer juicios morales: los dos textos que cito son más complejos y ricos, y también divagan sobre cómo la empatía puede ser un arma de doble filo, peligrosa y utilitaria. A fin de cuentas, sabe mal que mi vecina no haya pensado que quizás ella, un día, también hizo ruido (se lo recordaría Bloom), o que la persona a quien denuncia quizás está pasando por un calvario (se lo recordaría Foster Wallace). A ella, esto, imagino que le da igual. O quizás no y, pobre, hace lo que puede. Sea como sea, tengo que asumir que mi vecina ha convertido su casa en un panóptico para vigilar y controlar y, ciertamente, es una lástima, porque seguiremos siendo vecinos, lo quiera o no. Ahora ya podéis hacer los paralelismos con nuestra actualidad, como si esta historia fuera solo una metáfora.