La vejez de los 'baby boomers'

Han levantado polvareda las declaraciones del ministro Escrivá en las que afirmaba que los baby boomers tendremos que trabajar más años o cobrar menos. No porque no tenga razón, sino porque es un tema sensible que requiere grandes pactos, enmarcados en el Pacto de Toledo. De hecho, en noviembre la comisión parlamentaria de este pacto ya avanzó recomendaciones en esta dirección, como el incremento de la edad de jubilación hasta los 67 años de manera progresiva. Ante estas afirmaciones, se hacen extrañas las conversaciones con compañeros y compañeras de generación que se encuentran ante una decisión vital a los tiernos 55: acogerse o no a las jubilaciones anticipadas que ofrecen el BBVA o Nissan. Mientras tanto, los que no trabajamos en grandes empresas y todavía tenemos delante más de diez años de trabajo, se nos empieza a generar una sensación de “tonto el último” o que tendremos que jugar al juego de las sillas, en el que cada vez que la música se para alguien se queda sin sitio.

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Tampoco puedo evitar comparar una crisis imprevisible, como la del covid, en la que se tuvieron que tomar decisiones rápidas importantes y con poca información, con la problemática que supondrá la jubilación de los baby boomers. ¿Acaso alguien no sabía que existíamos? El registro civil de nacimientos y muertes hace décadas que funciona y se pueden hacer previsiones sin muchas complejidades estadísticas. ¿No se ha podido prever mejor que esto pasaría? Pero como nosotros ya estamos formando parte activa de la sociedad y, por lo tanto, estamos tomando decisiones políticas, supongo que somos los mismos culpables y que, como generación, no hemos sabido velar por nuestra vejez.

De las pensiones se hablará mucho en los próximos meses. Es una palabra que aparece unas ochenta veces en el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Un documento que acaba de ser validado por la comisión de Von der Leyen y que da el pistoletazo de salida a los esperados fondos europeos, pero también a su fiscalización, que, precisamente, va ligada a la modernización del sistema fiscal. Una serie de medidas sin presupuesto asignado, pero vitales para que estos recursos tengan un efecto transformador. Entre estas medidas consta la sostenibilidad del sistema de pensiones, una sostenibilidad que se tiene que entender desde el ámbito social, pero también desde el económico; de hecho, los dos ámbitos están íntimamente relacionados.

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De entrada se requieren medidas a corto y medio plazo para hacer frente a una caja de pensiones vacía y a la creciente demanda de recursos. El más obvio y directo, como declaró el ministro, parece ajustar a ambos lados de la ecuación (trabajar más o cobrar menos), pero evidentemente hay que mirar otras variables como el género o los cambios en las trayectorias laborales de las generaciones X, Y, Z y de las que vendrán, para poder mantener el equilibrio financiero pero también el social.

Analizando las pensiones con las gafas lilas puestas, vemos cómo el hecho de que la tasa de paro de las mujeres sea constantemente superior a la de los hombres y que ellas tengan trayectorias profesionales de menor recorrido, o con interrupciones, tiene un efecto importante en el importe final de la pensión. Son efectos a muy largo plazo, difíciles de tener presentes cuando se toman decisiones laborales para compatibilizar tareas de cuidados. Para ponerle datos: en abril del 2021 los hombres cobraban de media 1.253 euros y las mujeres 829. La diferencia es destacable. Esto repercute favorablemente en las pensiones de viudedad de las mujeres, en comparación con las de los hombres, pero continúa situando a la mujer en una posición pasiva y dependiente de la situación laboral de la pareja. Por lo tanto, cualquier reforma que se plantee tiene que prever que no deteriore todavía más la situación de las mujeres, y trabajar para lograr la equidad.

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En referencia a la evolución del mercado laboral, las trayectorias profesionales cada vez son más fragmentadas. Esto ya ha afectado los baby boomers que han encadenando contratos temporales, pero se intensificará en las generaciones posteriores, que tendrán que navegar en un mundo más cambiante y complejo que requerirá más flexibilidad. Por lo tanto, también habrá que ajustar sistemas complementarios de pensiones en el ámbito empresarial o sectorial que consigan incrementar el ahorro.

A pesar de que la tercera edad sea la de oro, a nivel económico se ha bautizado como plateada, haciendo referencia a las canas –tanto si se ven como si no–. Esta economía irá cogiendo fuerza, no sólo en referencia a las pensiones, sino también a nuevas oportunidades de mercado. Generación Z: tomad nota.

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Ester Oliveras es economista - UPF Barcelona School of Management