Me parece que lo que pasa en Venecia pasará en el resto del mundo. Mirad, por ejemplo, el spritz, aquella bebida naranja –Aperol (para los no venecianos)– o roja –Campari o Select (para los venecianos)–. De costumbre local, ha llegado a ser un fenómeno mundial que, a veces, llega a dar asco, especialmente si ves unos guiris que mientras cenan se beben uno sin pensar que el spritz se toma solo como aperitivo.
O la inquietud hacia los turistas, que, como escribe el amigo Enric Bou en su último libro, Venècia, ciutat de pèrdues, ya se manifestaba con Henry James: primero, los definió como bárbaros.
O pensemos en el concepto de supermanzana llevado a Barcelona por la alcaldesa Colau, tan querida por los italianos, los de izquierdas. Sí, porque Venecia es una inmensa supermanzana para peatones, de hace siglos y sin necesidad de una Colau. Donde los vaporetti se mueven a una velocidad comparable a la autorizada para los coches que quieran entrar a lassupermanzanas y donde los precios de los pisos suben con el incivismo, curiosamente proporcional a la transformación de las calles en zonas de peatones: cuanto menos coches, más incivismo.
Venecia es un gran casco antiguo, incómodo como todos los cascos antiguos, porque no puedes llegar con transporte propio. Tienes que llevar la compra con un carretto, herramienta fundamental para todos los venecianos, y subirla a un piso sin ascensor, después de haber pasado puentes, y quizás en una zona donde todavía llega el acqua alta.
Quién querría vivir en un lugar tan complicado? Mucho mejor Mestre, en la Terraferma, donde las casas son baratas y si quieres ir a hacer una barbacoa con los amigos no tienes que coger vaporetto, autobús, tren y coche e ir cargado como una mula.
La verdad es que muchísimos amigos míos, exvenecianos, no vivirían en Venecia ni de broma.
Pensemos en el Casco Antiguo de Barcelona. Un barcelonés con dos dedos de frente no viviría nunca: el hedor (como en Venecia), el incivismo (como en Venecia), la incomodidad (como en Venecia), la falta de tiendas de proximidad (como en Venecia..., pero no es verdad) hacen que solo los inmigrantes y los expats hayan hecho que Ciutat Vella no sea un territorio deshabitado.
Pensad que en Ciutat Vella el 55% de los residentes son extranjeros, cuando en los años 90 eran solo 541 (busco los nombres). ¡Sin esta gente de fuera sería como los Monegres! En Venecia no hay inmigrantes: todos se quedan en Mestre, que es más económico y en los últimos años ha sustituido a la población local gracias a los intereses de la potente industria naval Fincantieri, que necesita mano de obra barata que le llega de Bangladesh (por cierto, en Italia no decimos paki, decimos bangla). Si Venecia, pues, es un gran casco antiguo donde faltan los extranjeros, ¿podemos decir que las alternativas son estas? ¿O expats o hacer una especie de Raval veneciano?
La realidad es que los expats solo vendrían a Venecia si tuviéramos el clima de Barcelona. Si el clima de Barcelona no fuera el que es, los expats se mudarían en un par de días.
Descartémoslo, pues. ¿Hacemos entonces un acuerdo con la empresa Fincantieri y damos alojamiento en la ciudad a los ciudadanos provenientes de Bangladesh que han colonizado Mestre? Podría funcionar, pero perdería un poco de magia. ¿Gondoleros de Bangladesh? ¿Sarde in saor con curry? ¡Jamás! Además, sería posponer el problema, porque al cabo de unos años los de Bangladesh se volverían venecianos y querrían marcharse hacia Mestre porque no querrían ir con carretto pisando puentes.
Os digo una cosa. Los futuristas tenían razón, con este programa: eliminar las góndolas, llenar los canales menores, construir puentes metálicos y fábricas, convertir Venecia en una potencia militar.
Si Venecia es un paradigma, poned dinamita en los cimientos de todos los edificios de Gaudí, bombardead las playas de Barcelona y sobre todo eliminad al Barça y dejad solo al Espanyol.
Venga, os dejo, que tengo que hacer el check-in a unos guiris que llegan hoy.