Venezuela: ¿seguro que es el petróleo?
En la rueda de prensa del sábado, el presidente Trump se apresuró a afirmar que los beneficios derivados del mercado petrolero serían suficientes para compensar el coste de una intervención militar en Venezuela y que las empresas estadounidenses podrían salir claramente beneficiadas. Sin embargo, a pesar de la retórica —y la incautación de barcos transportando crudo—, al analizar los datos con mayor detenimiento se hace evidente que la argumentación del presidente presenta importantes incongruencias.
En primer lugar, las propias empresas petroleras expresaron muy pronto sus dudas. La modernización de unas instalaciones gravemente deterioradas por extraer un petróleo pesado, denso y con un alto contenido en azufre exige grandes inversiones. Este tipo de operaciones sólo son rentables si van acompañadas de fuertes garantías de estabilidad política y jurídica; unas condiciones que, en estos momentos, no se dan.
Además, el crudo venezolano no se considera un activo crítico ni imprescindible para el suministro energético global. Estados Unidos dispone de una producción propia suficiente y tiene acceso garantizado tanto al petróleo canadiense como al de la península Arábiga. De hecho, la inteligencia colectiva de los mercados financieros parece haber llegado a similar conclusión: en la última semana, los precios del petróleo se han mantenido prácticamente estables, sin grandes tensiones al alza ni a la baja.
En cambio, lo que sí ha experimentado un aumento notable son las cotizaciones de los activos vinculados a las tierras raras ya los metales estratégicos. Venezuela también es rica en estas materias primas, claves para la industria tecnológica y militar. Y aquí surge la pregunta central: ¿quién controla actualmente estas cadenas de suministro? La respuesta es China, que goza prácticamente de un monopolio en este ámbito. Y no es menor el hecho de que en abril del 2025, en plena crisis comercial, Pekín reforzara los controles sobre las exportaciones de tierras raras como instrumento de presión frente a los aranceles impuestos por EEUU. Este contexto, sumado a las posibles alianzas de China con Rusia y de Irán en Venezuela, ofrece una explicación mucho más plausible del interés geopolítico estadounidense.
China absorbe el 80% del total de exportaciones de petróleo de Venezuela. Pero su dependencia es financiera que operativa. Desde 2007, el Banco de Desarrollo de China ha inyectado más de 60.000 millones de dólares en Venezuela mediante un sistema de financiación basado en la entrega futura de petróleo. A finales del 2025, la deuda pendiente de amortizar rondaba los 18.000 millones de dólares. Si el flujo de barriles de petróleo hacia China se detiene, la deuda queda por cobrar.
Si se confirmara que controlar el petróleo no es tan rentable como reitera Trump, podría beneficiar a la empresa española con más intereses en Venezuela: Repsol. La empresa aún mantiene participaciones en dos sociedades mixtas y en el primer semestre del pasado año se vio obligada a registrar unas pérdidas de 252 millones de euros a raíz de la revocación de la licencia, por parte de EEUU, para operar en Venezuela, que le impedía seguir cobrando la deuda mediante la entrega de barriles de petróleo. Como China, pero a pequeña escala. Un levantamiento de estas restricciones abriría la puerta a normalizar la situación, aunque sea pasando por la criba estadounidense.