Viva la tierra

El miércoles estuve en la fiesta de verano de ARA, donde, además de saludar a compañeros y lectores, escuché en directo la conversación de Albert Om con Ada Parellada, que en septiembre regresa al diario para compartir su recetario con sus numerosísimos seguidores. Ada es un ciclón de mujer, y te la imaginas fácilmente cocinando cuatro platos a la vez. Pero es una persona con un discurso muy pensado, en el que el entusiasmo no responde solo a la arrebato sino a un método y una idea. Cuando la oigo a ella, o a Maria Nicolau, o a Empar Moliner, y a tanta otra gente que habla de la tierra, del producto, de los vinos y de la agricultura, me doy cuenta de que detrás de sus discursos encendidos no hay solo hedonismo, buenos hábitos y ecologismo, sino una idea entera de país, de cómo se debe gestionar eso que ahora se llama el territorio, de cómo la comida nos conecta con una manera de hacer y de vivir que son también pasado, patrimonio y cultura en todos los sentidos del término.Me atrevería a decir que, en estos tiempos de descrédito de la política, estas proclamas son una auténtica reformulación del catalanismo, ese concepto que, como decía Josep Pla, liga con todo, y que sabe encontrar siempre cómo reinventarse y disfrazarse de la manera más útil para acercarse al objetivo –que es, como siempre, la defensa del derecho a existir de una comunidad nacional–. En el siglo XVII (y hasta 1714) el catalanismo fue revuelta; en el XVIII, desarrollo económico; en el XIX, de forma simultánea y no siempre amigable, fue renacimiento cultural y revolución social. En el siglo XX explotó el catalanismo político, duramente reprimido por dos dictaduras. Y ahora, en tiempos de desgaste político y de una auténtica metamorfosis demográfica, uno de los valores refugio del catalanismo es la tierra, también amenazada, pero que sigue funcionando como un espejo de los valores y el patrimonio inmaterial del país. Si la cocina es –volvamos a Josep Pla– el paisaje metido en una cazuela, la nación es un colectivo humano conviviendo en un mismo espacio. Si el paisaje político es un erial, y el paisaje humano cambia de forma constante, el paisaje natural, el espacio donde existimos, deviene aún más el depositario de algunas verdades esenciales que nos definen y nos permiten afrontar los cambios con la tranquilidad de saber que algunas cosas –los frutos de la tierra y la tradición culinaria– se mantienen inalterables, aunque se enriquezcan y se diversifiquen con el paso del tiempo. Son las raíces que hacen que el árbol no tenga que sufrir por la largura y el alcance de las nuevas ramas, que alteran su forma sin dañar su esencia.Este catalanismo de la tierra, o de los frutos de la tierra, no sirve solo para reivindicar el cocido, la garnacha, el mar y montaña o la ratafía. Es también la garantía de un modelo de país que respete el medio ambiente, los sembrados, la pesca y la ganadería; un país que no se deje engullir por el crecimiento desorbitado o la codicia del turismo. Un país, en resumen, que se respete a sí mismo, que no renuncie a ofrecer todo lo bueno que tiene al mundo. De esto, en política, lo llamaríamos soberanía. Y si bien la historia nos demuestra que la política acaba siendo necesaria para defender el modelo de país, también sabemos, como es tradición en esta tierra, que cuando la política falla es la sociedad la que se protege y se organiza, brilla con luz propia y hace que el país permanezca a pesar de no aparecer en los mapas con un color propio. Brindo, pues, por todos los agricultores, ganaderos, pescadores, cocineros de restaurante o de su casa, sumilleres y divulgadores que nos ayudan a entender que, bajo una superficie cada vez más castigada por el plástico y el cemento, está la tierra, viendo pasar los siglos y los milenios, recordándonos quiénes somos.