Vivir en una irrealidad política
El acuerdo PSOE-ERC-PSC para un presunto nuevo modelo de financiación es un ejemplo insuperable de cuál es la realidad política catalana actual. O dicho con más rigor: del actual estado deirrealidad política. Ante todo, porque en nuestro país, tanto por parte de la centralidad mediática como por parte de quienes siempre priorizan la estabilidad —incluso por encima del interés económico particular—, el acuerdo se ha presentado como hecho consumado, aunque sólo es una posibilidad altamente improbable. Por así decirlo, ERC y el PSOE han vendido la piel del hueso antes de cazarlo, contando que si alguien lo denuncia, lo pagará caro.
De hecho, desde 2017 nos alimentamos de promesas incumplidas, de medias verdades y de deseos frustrados. Se ha aceptado negociar desde prisión y exilio, con amenazas y sentencias severas, con una fuerza efímera y transitoria fruto casi del azar, y siempre atados de pies y manos. Así ha ocurrido con la amnistía, con Renfe, con el catalán en Europa, con la publicación de las balanzas fiscales y con una larga lista de compromisos hasta llegar ahora al hipotético modelo fiscal, por lo que los acuerdos de gobierno aquí y allá ya hace tiempo que se satisfacen sin que tengan que cumplirse. Pactar con quien ya se sabe que no depende de él poder cumplir lleva, indefectiblemente, a esa irrealidad de todo acuerdos irrealizables.
La segunda gran irrealidad política que pone en evidencia el acuerdo del modelo de financiación —que, insisto, ni es un acuerdo entre todos los que deben decidirlo y acatar, ni en ningún caso es un nuevo modelo— es la de la supuesta reconciliación entre Catalunya y España, que lideran los presidentes Isla y Sánchez. Las reacciones que ha provocado muestran bien a las claras que quien busque concordia hispano-catalana primero debería ir a buscarla a España y no aquí. La expresión más directa de cuál es el estado de las cosas sobre las relaciones "amigables" entre unos y otros -la más populista, de acuerdo, pero no la más contundente- es la de Carolina España, consejera de Economía de Andalucía: "Montero lo que quiere es dar champán y caviar al independentismo, y en el resto de las comunidades autónomas y de los españoles, el menú del día, pero sin postre y, lo que es pitjor, un menú que está precocinado por el independentismo". Aquel "España nos roba" son cosquillas junto a este "La Catalunya gourmet se harta ya nosotros nos da gazofia".
También se pone de manifiesto la irrealidad en la que vivimos, la tercera, cuando se trata de aclarar lo que debería ser, precisamente, la parte más fáctica y poco discutible del acuerdo: los números, las habas contadas. Pero resulta que los 4.700 millones de más que dicen que podrían llegar no les restan a nadie —"Todo el mundo gana"—, lo que significa que en buena parte ya los habremos pagado nosotros mismos, y por adelantado: en forma de déficit fiscal o, en el futuro, de deuda pública. Además, al no tener balanzas fiscales actualizadas, no podremos comparar sus efectos. También la ordinalidad, que podría cumplirse en el 2027, no queda garantizada de forma explícita para más adelante en el modelo. Y no se tiene en cuenta el coste de la vida, ni sabemos cómo se calculará la "población ajustada" -es decir, ajustada a su tamaño-, una irrealidad que obviará la población real. Es decir, incluso la parte que debería ser medible resulta un galimatías que todo el mundo puede interpretar —y creerse— según le convenga.
Pero el acuerdo Montero-Junqueras todavía muestra una última dosis de alta de irrealidad política. Como venimos de dónde venimos, y arrastramos la experiencia que arrastramos, en estos momentos la desconfianza debería ser la perspectiva más sensata con la que debería leerse el acuerdo. Y, por tanto, como ya nos conocemos, la intuición debería ser la guía más fiable de todas. Porque suponemos que, efectivamente, el acuerdo promete algo más de papel para hoy. Y en un momento de delirio, imaginamos que la concordia hispano-catalana se impone entre Vox, el PP, el PSOE de Pepe Blanco y Emiliano García-Page, e incluso de Junts. Y aún damos por sentado que, finalmente, en uno de esos giros dramáticos que sabe conseguir Pedro Sánchez, justo antes de despeñarse por el precipicio se aprueba en las Cortes españolas la actualización del viejo modelo. ¿Qué probabilidad hay de que lo cumplan? ¿Cuánto tardarán en llevarlo al Constitucional? ¿Y quién estará gobernando España? ¿O quién gobernará Cataluña?
No sé si cuentan que la mayoría de catalanes seguiremos anestesiados con la retórica condescendiente de los ocupantes durante mucho más tiempo, si piensan que quedaremos conformados con vivir entre tanta irrealidad para siempre o que nos haremos los despistados ante esta próxima ensarronada. ¡Dime soñadores, pero a mí, que nos resignamos a vivir para siempre en esta irrealidad política, me parece una ficción insostenible y poco probable!