Volver a ser un país feliz

Los tractores, por la noche, son naves espaciales que avanzan. Gigantes luminosos dominantes. Estos días nuestros extraterrestres terrestres sulfatan la tierra. Arriba y abajo. Si te paras y entablas un diálogo intersideral no te atacan. De estas bestias colosales que valen doscientos trescientos cuatrocientos mil euros bajan pilotos con mil misiones en las manos y en las rodillas.

Este cuerpo de élite existencial lleva luchando toda la vida por lo mismo: la peor cosecha es no sembrar. Siempre mirando las estrellas y el barro. Muchos de estos campesinos llevan trozos de estrellas dentro de la cabina: un banderín, una pegatina, un llavero… Esteladas. Un sueño por tierra. No es que los campesinos sean independentistas: es que son naturalmente catalanes. A un catalán no le hace falta ser independentista: ya lo es. Ser catalán es ser catalán: no es ser marciano, ni trozo de tomillo, ni huevo frito incandescente rascado. Ser catalán es tener los pies en la tierra porque solo tienes esta tierra. Los que saben que todo gira, que todo da vueltas, que la tierra no sabe mentir, que hay que preparar, sembrar, sulfatar, cosechar… saben que ahora vuelve, como siempre, a pasar esto: paga, que es gata.

Cargando
No hay anuncios

Sí, miau-miau. Sí, aceptar que hemos perdido la apuesta. A pagar, a aflojar, pero a volver a reír. La frase se la sacó del bolsillo en Pitarra. Dramaturgo felino. Gracias a él tenemos lengua para reír. Se ve que los comandos de gatadas nocturnas del siglo XIX llevaban dentro una saca un gato. Engañaban a la gente haciendo la apuesta de que pagaban la ronda líquida a quien adivinara qué había dentro. ¡Miau! Todo el mundo lo acertaba, por lo tanto… Paga, que es gata.

Ya hay mucha gente pagando la decepción, depresión, resignación, enfado, furia… de estos años de Procés. Se nota que se quiere volver a reír. A estar alegre. Es así. Hay un aire. Como el del segundo tripartito. Hay mucha infelicidad plantada que quiere cosechar felicidad.

Cargando
No hay anuncios

No solo son estos campesinos que azufra solos y que ven en la oscuridad. Habrá que sufrir, rociar, limpiar… Pero hay ganas de volver. Es la vida. Muchos tendrán que dar pasos al lado, atrás y bajo tierra. No solo políticos. Profesionales de muchos ámbitos. Mayores y jóvenes. Más gente de la que se cree tiene ganas de volver a reír. A reírse a carcajadas, a retorcerse, a mearse de risa. Hay ganas de volver a ser felices. Se siente, se ve. Los que viven encerrados en los búnkeres, sectas, o en las bolsas de plástico, ni lo atisban, ni lo huelen. Pero esto es así. Hay que pisar el país. Calle a calle. Bar a bar. Pañuelo a pañuelo. Los zapatos de la realidad serán la clase y el ascensor social.

Hay un país que va por un lado y otro por otro. No somos un solo pueblo. Ningún pueblo es un solo pueblo. Ningún país es solo un único país. Pero solo uno siembra, cosecha y eleva. Este nuevo país que ya se ve (siempre): “¡Qué gloria la de aquel 14 de abril! Todo el país olía a tomillo florido, a tierra que sale de una larga invernada; y nosotros, tan jóvenes y tan libres, ¡con la sensación de que no nos había hecho falta sino venir al mundo para hacerlo cambiar! ¿Quién nos habría podido poner la brida? ¡Toda la tierra olía a tomillo, a Pascua de Resurrección! Era la gloria de un día de abril y entonces no sospechábamos que fuera tan incierta; ¿quién podía pensar que aquella alegría excitante acabaría cinco años después en la más absurda de las carnicerías…”, escribía Joan Sales sobre aquel 1931. Cataluña lleva años siendo una hipótesis. Aquí siempre sabemos cómo empieza todo y también cómo acaba todo, por lo tanto…