¿Votos dispersos o votos escasos?

Siempre he valorado a los políticos que, cuando toca, dejan de lado el guión y hacen propuestas que implican un cierto riesgo. Es lo que acaba de hacer el diputado de ERC Gabriel Rufián en Madrid. Todo mi respeto, aunque, como intentaré explicar en este papel, ni el diagnóstico ni la prescripción facultativa me parecen las adecuadas. La discusión sobre cómo deben actuar los partidos "a la izquierda del PSOE" (sic) para evitar la dispersión del voto, incluida la idea de presentar candidaturas únicas por circunscripción, transita sólo la superficie de un debate mucho más profundo. Nadie se atreve a asumirlo, sea por incomodidad ideológica y/o por miedo a no tomar daño en el ámbito partidista. En la mayoría de los países europeos, la izquierda ha ido perdiendo su conexión con las clases populares urbanas, así como con un campesinado que hoy se encuentra en un momento crítico y al que todo el mundo ignora por una razón aritmética: son pocos votos. La cuestión de fondo, en definitiva, poco tiene que ver con la táctica electoral que planteaba Rufián y mucho con una cuestión de falta de representatividad real: ¿quién se siente interpelado hoy por este tipo de izquierdas, quién llega a percibir realmente una solución? El tema es éste, no otro, y no tiene solución sin una rectificación que debería haberse producido hace tiempo.

En la periferia de las grandes ciudades, muchos ciudadanos conviven con una realidad cada vez más hostil marcada por la precarización laboral, el encarecimiento delirante de la vivienda y una masificación de los servicios públicos que a menudo acaba haciéndolos inoperantes. Si nos hacemos eco de los resultados electorales (ver los de Vox en Nou Barris, por poner sólo un ejemplo), muchas personas creen que, una vez institucionalizados, los partidos "a la izquierda del PSOE" (sic, de nuevo)han priorizado discursos puramente ideológicos, a veces muy torcidos, y han asumido batallas culturales importadas que no forman parte de las urgencias de sus potenciales votantes. Cuando el relato político se desplaza hacia temas que a menudo afectan sólo al 0,1% de la población y lo hace, además, con lenguajes autorreferenciales y en general transpuestos del universo mental anglosajón woke, una parte de la población se siente fuera de juego. Sin embargo, el desencaje no es sólo de carácter comunicativo, como dice el tópico autocomplaciente y exculpatorio: es más hondo. Los salarios irrisorios, la desindustrialización derivada de la globalización, el intento de transformación del campesinado en una especie de cuerpo de agentes forestales involuntarios y de guías turísticos, así como una presión migratoria que ha cambiado pueblos y periferias urbanas (pero no barrios acomodados) han creado formas de vulnerabilidad que no han creado formas de vulnerabilidad. Al contrario: a menudo son valoradas con una media risita condescendiente, quizás porque parecen convencidos de que hacen referencia a problemas a medio camino de la vulgaridad y la irrealidad. No se les creen.

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En cuanto al campesinado, la distancia es aún más ofensiva. El mundo rural ha experimentado un creciente sentimiento de abandono: excesiva burocracia, presión de los grandes intermediarios y una percepción que las políticas ambientales se diseñan sin entender la realidad del campo. Muchos agricultores y ganaderos han visto cómo sus reivindicaciones eran menospreciadas o bien interpretadas a través de clichés. Como era de esperar, el vacío ha sido aprovechado por otros que, con discursos muy simples, han logrado capitalizar el malestar. Todos estos desencuentros quizás no eran inevitables hace unos años, pero hoy ya parecen irreversibles. La socialdemocracia europea que ha logrado mantener o recuperar algún apoyo popular lo ha hecho cuando ha vuelto a situar la vida cotidiana de la gente en el seno de la política: salarios, vivienda, energía, transporte, servicios públicos, condiciones materiales. La reforma de la ley que hacía que la multirreincidencia saliera penalmente gratis constituye, en este sentido, una verdadera radiografía de la situación. Con una actitud de superioridad moral que no sabría calificar de frívola o de irresponsable, algunos decidieron que este problema era imaginario, que eso era comprar el discurso de la derecha, etc. ¡Que la realidad no nos estropee nunca la baratija ideológica! Cosas como estas hacen que el problema de los partidos "a la izquierda del PSOE" (sic, por tercera vez) no sea ahora mismo la dispersión de los votos... sino los mismos votos, cada vez más escasos. Es difícil que, tanto aquí como en el resto de Europa, los votos vayan a parar a partidos que parecen ser de otra galaxia o, simplemente, de otro barrio que nada tiene que ver con el suyo.