Zapatero y los expresidentes
¿Por qué Zapatero sale a escena para hacer el triste papel que hizo, con pocas declaraciones concretas, medias palabras y la intrigante molestia de las joyas regaladas? Desde el punto de vista judicial, insistió en reconocer a los jueces la última palabra para dar el valor a cada cosa, como no podía ser de otra manera. Y de hecho solo fue rotundo respecto a sus gestiones en beneficio de Plus Ultra: “No es que no influyera, es que no hablé con nadie”. Frase que pasará la prueba de la validación en los tribunales.
Parece que el ruido acumulado impulsó a Zapatero a un deber de explicación, en el que buscaba contener los daños que haya producido al gobierno actual, que es por donde ataca la oposición para sacar rendimiento político del lío. La manta de discreción en la que se había refugiado hasta ahora hace de él un expresidente muy diferente de Felipe González y de José María Aznar, que aún no han podido entender que después de ellos otras personas pueden acceder al cargo. Pero lo que Zapatero transmitió el jueves por encima de todo es un discurso de la verdad a medias, que deja amplios espacios de confusión que parece que no han aliviado nada a la Moncloa, a pesar de que él haya procurado guardar las formas.
Como era de esperar, Feijóo, a pinyó fix, repitió la letanía de siempre: todo lo que ha hecho de malo Zapatero “lo ha hecho posible Sánchez”, principio y final de todos los males de este país. Lo cual da fe de la fragilidad de la derecha. Con la significación añadida de que precisamente en este momento Feijóo acaba de completar el proceso de asociación con la extrema derecha validando a Vox los principios de prioridad nacional: “patria no hay más que una y a ti te encontré en la calle”, como se suele reformular el verso famoso de Rafael de León, un clásico hispánico.
Sin embargo, vuelve a escena la eterna cuestión del estatuto de los expresidentes. ¿Qué pueden hacer y qué no pueden hacer? Mal vamos si se ha de regular demasiado. Ya entiendo que es difícil, cuando se ha vivido amparado en la parafernalia del poder, volver a tocar de pies a tierra. Tantas reverencias por un lado y tantos exabruptos por el otro no son fáciles de asumir con naturalidad. El paso del palacio a la calle requiere habituación, pero precisamente tiene una gracia: nos permite verlos tal como son.