La gobernalidad del Estado

El fantasma de la corrupción contra el del neofascismo

El PP y el PSOE intentan imponer su marco para ganar las próximas elecciones españolas

Ilustración de Alberto Núñez Feijóo vs. Pedro Sánchez
18/07/2026
5 min

MadridNo pienses en un elefante... ¿Has pensado en él? Probablemente, sí. Ahora debes estar preguntándote por qué motivo este artículo empieza así, preguntando sobre un elefante, pero la respuesta es sencilla: demostrar cómo opera el A-B-C de cualquier campaña electoral y que es clave para ganar elecciones. Tal como teorizó George Lakoff en su libro de referencia No pienses en un elefante! (2004, Chelsea Green Publishing), quien impone el marco del debate y consigue que se hable de lo que uno quiere y con el lenguaje que uno elige, tiene muchos números de llevarse la victoria a las urnas. Y esta es la batalla de fondo que hace meses que libran el PP y el PSOE en Madrid, ya que quien consigue imponer los términos de la discusión pública es quien sale con ventaja de cara a las próximas elecciones generales. El enfrentamiento es entre dos visiones: los que agitan el fantasma de la corrupción (el PP) contra los que amenazan con el fantasma del neofascismo (el PSOE).

En el caso de los populares, su carrera de fondo ya empezó hace un año. El lema fue "O mafia o democracia" en la serie de concentraciones que hicieron contra el gobierno de Pedro Sánchez a raíz de los primeros casos de presunta corrupción que empezaron a afectar al ejecutivo, básicamente el caso Koldo. Su objetivo es presentar las próximas elecciones como una elección entre un gobierno corrupto, que sería según ellos el de Sánchez, y uno limpio que representaría Alberto Núñez Feijóo. Esta semana, el líder del PP incluso ha presentado al jefe del ejecutivo español como un "presidente autoritario".Según los populares, todos los casos que han perseguido hasta ahora el PP, sobre todo la Gürtel, representan una época anterior al líder gallego y consideran que Feijóo puede liderar realmente el cambio para poner fin a la "mafia", que clasifican en tres ámbitos: la política, la institucional y la familiar. Para Feijóo, Sánchez es políticamente corrupto –en el sentido de que no tiene principios– porque fue presidente a cambio de la amnistía, que antes había negado; por corrupción institucional el PP se refiere a los casos que investigan los juzgados, mientras que la familiar la circunscribe a las causas del hermano de Sánchez y su mujer, pero también hace énfasis en los negocios de las saunas que tenía el suegro de Sánchez y que a menudo desde la derecha llaman "prostíbulos".

A propósito de esto, en las últimas semanas el PP también ha añadido la acusación de querer robar las elecciones a través de "ingeniería electoral" vía ley de limpios. Lo remata José María Aznar, la estela aún de la derecha, cuando pone trascendencia en los siguientes comicios y dice que está en juego "un cambio de sistema".

En la línea de intentar imponer este marco, desde el PP tampoco tienen prisa porque haya elecciones a pesar de reclamarlas: a diferencia de Moncloa, interpretan que cuanto más tiempo pase peor será el desgaste para Sánchez. Los temas que eligen los populares tampoco son en vano, ya que como organización cuenta con una maquinaria potente de escucha pública para ver cómo reacciona la gente ante los temas que ponen en circulación del debate público. Una estrategia muy cuidada de seguimiento de los datos que también manejan desde Moncloa para captar, en cada momento, cuál es el rumbo de la opinión pública española y acertar en los enfoques y propuestas.

La estrategia de contraste de Moncloa

Si bien el PP brande el fantasma de la corrupción, el marco que quiere imponer la Moncloa es el de los demócratas vs. neofascismo, que considera que representan las políticas del PP y Vox si llegan a gobernar en el Estado. Por eso aprovechan cualquier medida que pone sobre la mesa para contraponerlo con su modelo: el ejemplo claro es el de las bajas laborales, que Feijóo cuestionó mezclándolo con el absentismo: "Está claro de qué lado está. Nosotros al de los que madrugan, trabajan y merecen protección cuando la salud les falla", replicó Sánchez. Esta semana, también ha aprovechado el comentario racista de Mariano Rajoy sobre la selección francesa contrastado con las políticas de regularización de inmigrantes.

Sánchez ha introducido otro elemento para intentar aglutinar el voto de izquierdas. "Este es un gobierno que molesta a las élites", ha proclamado ya varios veces desde el Congreso de los Diputados, en alusión a los poderes económicos tradicionales, pero también a las grandes empresas tecnológicas en auge, a quienes la Moncloa sitúa como un puntal claro de este neofascismo. En este contexto, el presidente español ha propuesto prohibir el uso de las redes a menores de dieciséis años o castigar con responsabilidades penales a los directivos de las tecnológicas que hagan mal uso de los algoritmos.

La figura que sintetiza, a juicio de la Moncloa, este nuevo mundo que Sánchez quiere combatir es Donald Trump. Por eso ha establecido una confrontación directa y también son relevantes las elecciones de medio mandato que se deben producir en noviembre en Estados Unidos. Si los republicanos pierden posiciones, consideran que será el inicio de la caída de la ola ultra y que el PSOE, en España, puede ser capaz todavía de surfear y ganar.

Lejos de dar la partida por perdida, a pesar de que todas las encuestas (menos el CIS) den una mayoría al PP y a Vox, desde el gobierno español no tiran la toalla. Interpretan que los datos demoscópicos, a pesar de haber retrocedido respecto a 2023, no son tan malos para el PSOE teniendo en cuenta que están en el momento más duro de la legislatura: sin referente moral por el estallido del caso Zapatero, con las primeras condenas del caso Ábalos y los escándalos continuados del caso Leire.

Aún más, desde el gobierno español creen que la ciudadanía acabará interpretando que hay una voluntad por parte de la derecha (judicial, mediática y política) de derribarlos y que esto puede producir una especie de inmunización a los escándalos por parte del electorado de izquierdas. Interpretan que casos como el del hermano de Sánchez, ya condenado, o el de la mujer del presidente español, Begoña Gómez, dan veracidad a su posición. E, incluso, mantienen que plantarán batalla aunque imputen al mismo Sánchez o al partido.

Se agarran a datos: según el último CIS, tres de cada cuatro españoles consideran que la justicia no es imparcial cuando investiga partidos. Esto, sumado a una movilización a última hora del votante (sobre todo en Cataluña y en el País Vasco) ante el horizonte que puede llegar, creen que puede ser suficiente para que se vuelva a producir el milagro, como en 2023, cuando todo el mundo ya daba a Sánchez por amortizado. El discurso del presidente de la Generalitat, Salvador Illa, este lunes en Madrid, sintetizaba la estrategia: o es Sánchez o el "nada política" –dijo–; y avisó de que no se trataba solo de una alternativa conservadora, sino también de un "retroceso". ¿Cuándo le tocará decidir al ciudadano? En 2027. Lo que no está decidido es si antes de las elecciones municipales de mayo o después: cuando más le convenga a Pedro Sánchez, que es quien tiene el botón rojo para convocar.

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