"A la una de la madrugada me sonó el teléfono": cuatro historias del 1-O con ojos del 2026
Nueve años después, recuerdan la adrenalina y el orgullo pero también la desafección política y el relevo generacional
Barcelona"Era la una de la madrugada cuando me sonó el teléfono. Uno sin internet que compré solo para aquello". Así recuerda el sabadellense Salvador Cardona el momento en que asumió ser uno de los engranajes clandestinos que hicieron posible el referéndum del 1 de octubre. En la oscuridad de la noche, estuvo más de una hora y media separando sobres electorales desordenados junto a su barbacoa. La víspera del referéndum todavía no tenían papeletas. "Lo teníamos todo preparado para el domingo, pero las papeletas todavía no estaban. Teníamos un facsímil en PDF que nos habían enviado y un par de guillotinas localizadas y algunas fotocopiadoras preparadas fuera del ayuntamiento", explica al ARA nueve años después, todavía con la adrenalina intacta.
Marc Vila es de Barcelona. A él le citaron en un polígono para encargarle el trabajo. La primera medida de seguridad fue "dejar los teléfonos móviles en una caja dentro de un coche", para llevarse, finalmente, urnas y papeletas que acabaron "escondidas en el sótano junto a una garrafa de gasoil". Un juego del gato y el ratón protagonizado por ciudadanos anónimos, cuatro de los cuales, todos superando la cincuentena y de procedencias diversas, diseccionan en el ARA el presente del movimiento independentista con la perspectiva que da casi una década de reflexión.
De la ilusión al desencanto
"Llegó aquel día y todos estábamos convencidos de que funcionaría", rememora Enric Farran, vecino de Les Borges Blanques, describiendo una movilización cívica que prometía estructuras de estado firmes y el aval de Europa. En Les Borges tenían "papeletas de sobra", pero a las cuatro de la madrugada del domingo 1 de octubre les avisaron de que faltaban en otro pueblo de la comarca. No sería el único imprevisto de la jornada, porque al abrir los colegios electorales, falló gente que debía estar en las mesas y allí mismo tuvieron que pedir la ayuda de voluntarios.
Con la retrospectiva que dan estos nueve años, Vila añade un matiz autocrítico sobre aquella energía desbordante. Según él, la falta de preparación real ante el embate logístico y económico de Madrid demostró que, a la hora de la verdad, "la ilusión y las ganas pasaron por delante de la racionalidad".
Este choque con la realidad fue profundo, especialmente por la reacción de las instituciones españolas y las duras cargas policiales durante la mañana. Anna Serra escondió una urna en el garaje de su casa, en Barcelona. Para ella, el gran error del independentismo fue la candidez: "Subestimamos a España". Ella cree que no se calculó bien la dureza de la represión, confiando erróneamente en que la comunidad internacional detendría la violencia contra la ciudadanía. Ante este escenario de desamparo, Vila se muestra muy crítico con los dirigentes de la época, ya que opina que "los que tenían que defender esto considero que no estuvieron a la altura" a la hora de asumir las consecuencias del referéndum.
Hoy esta falta de previsión ha dejado un rastro de fatiga y agotamiento político que trasluce en los cuatro. Vila lamenta que es "una lástima que no se haya sabido rentabilizar el esfuerzo y los riesgos que asumió tanta gente", mientras que Serra es todavía más contundente sobre el impacto actual de todo el Procés, y sentencia: "Creo que ha sido una cosa que nos ha ido en contra a los catalanes. O sea, que ahora estamos peor que como estábamos antes de todo esto", y todo ello ha generado "una desafección muy importante". Un sentimiento de círculo cerrado y de frustración que Farran resume con resignación: "Ahora volvemos a estar en el mismo punto. Volvemos a la casilla de salida, e incluso más atrás".
¿Valió la pena?
A pesar de la resaca política, el balance personal continúa marcado por el orgullo. Cardona lo tiene claro: "Yo estoy muy contento de cómo salió, de la unión que hubo, de toda la juventud que se implicó". Él cree que el Proceso se frenó porque "el error más grande fue no haber podido conseguir que los países de la Unión Europea alzaran la voz", pero afirma firmemente: "Lo volvería a hacer". Farran se suma a ello, reivindicando que "valió mucho la pena porque se demostró que éramos una sociedad madura y que no entrábamos dentro de la violencia".
Este recuerdo empuja a Farran a defender a los líderes del 1-O. Teniendo presente el miedo y la angustia de las familias anónimas que escondían las urnas, lamenta las críticas actuales a los políticos: "Ninguno de nosotros habría podido pasar lo que han pasado ellos, y, en cambio, ahora les estamos pagando maltratándolos y acusándolos de traidores".
Pero, ante la fragmentación actual, los custodios de aquel referéndum divergen sobre el futuro. Mientras Farran no ve alternativa posible dentro del Estado y cree que "no hay ninguna otra solución que tirar por el camino recto", Serra apuesta por cerrar la etapa: "Nuestra generación nos hemos quemado, tenemos que apartarnos y dejar paso a los nuevos". Una reflexión que exige un relevo total: "Estamos muy decepcionados; lo que tenemos que hacer es apartarnos y dejar paso al futuro. Tanto los políticos como nosotros".