¿Por qué los políticos no dimiten (casi) nunca?
La cultura política catalana y la española ven la renuncia como una debilidad, mientras que en el norte de Europa se considera una expresión de honestidad pública
BarcelonaLa ministra de trabajo de Austria, Christine Aschbacher, no tenía previsto dimitir de su cargo hasta que, 48 horas antes, se vertieron acusaciones de plagio en un blog de un profesor que comentaba su trabajo de fin de carrera, en 2021. Tampoco lo tenía previsto el ministro del interior francés, Bruno Le Roux, que, en 2017, había contratado a sus hijas como asistentes parlamentarias durante el verano, a pesar de que la ley francesa aún permitía contratar familiares. Ni Peter Magnus Nilsson, que en 2023 dimitió como jefe de gabinete del primer ministro sueco por haber pescado anguilas sin licencia y negarlo a las autoridades cuando lo descubrieron. La cultura de la dimisión está muy extendida en los países nórdicos y centroeuropeos y contrasta con la actitud que adoptan los políticos del sur de Europa.Un claro ejemplo de esta resistencia son los presidentes del gobierno español en un contexto en el que el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, se mantiene en el cargo a pesar de los casos judiciales que rodean a su partido y las constantes exigencias de dimisión por parte de los partidos de la oposición, algunos hasta ahora socios parlamentarios. Sánchez, sin embargo, no es la excepción. Mientras que el Reino Unido, en diez años, ha visto pasar seis primeros ministros por el número diez de Downing Street, en 51 años de democracia española solo el primer presidente español, Adolfo Suárez, renunció a su cargo.Esta misma inercia se traslada a los políticos catalanes. Precisamente estos últimos meses se ha vuelto a oír con fuerza la palabra dimisiónen boca de los partidos de la oposición y también de los colectivos de maestros que se manifiestan contra el Gobierno: han señalado a la consejera de Interior, Núria Parlon, y al director general de los Mossos, Josep Lluís Trapero, así como a la titular de Educación, Esther Niubó, de quien la oposición ha exigido que dimitaara por el error en las pruebas PISA.
Carlos Mazón tardó un año en dimitir por la gestión de la dana en el País Valenciano y, aunque también han sido señalados por las crisis en Rodalies y por el accidente de Adamuz, ni el ministro de Transportes, Óscar Puente, ni la consellera de Territorio, Sílvia Paneque, han encontrado pertinente dejar el cargo. José Luis Ábalos se aferró a su escaño en el Congreso mientras podía cobrar el sueldo de diputado, a pesar de estar investigado por la presunta corrupción de su etapa de ministro; Fernando Grande-Marlaska colecciona un rosario de peticiones de dimisión en los ocho años que lleva siendo ministro del Interior, y Alberto Núñez Feijóo no consideró oportuno plegarse cuando se hicieron públicas sus fotografías en el yate de un conocido narcotraficante gallego. Cristina Cifuentes también se resistía a dimitir por las acusaciones de corruptelas en el gobierno de Madrid, hasta que se hizo público un vídeo que demostraba que había robado unas cremas faciales en un supermercado.Josep Maria Reniu, profesor de ciencia política en la Universitat de Barcelona, destaca, en conversación con el ARA, que en Cataluña y en España, "la renuncia voluntaria ante un error, un problema o una situación especialmente negativa para la colectividad se interpreta más bien como una debilidad, cuando realmente sería un ejemplo de honestidad política y personal", indica. "Nuestro sistema no incorpora la exigencia de la dimisión como un elemento positivo y saludable", añade resignado.Diferencia cultural
La diferencia con los países del norte de Europa "no es casual", destaca Reniu, y la sitúa en el poso religioso y cultural. La Reforma protestante versus la Contrarreforma católica. "En las culturas de matriz protestante, la concepción del servicio público es sensiblemente diferente y mejor. Allí, el político se entiende, antes que nada, como un servidor público", afirma. En esta mentalidad, "un servidor público no puede mentir ni engañar. Si comete un error vinculado a su actuación, pedir perdón no es suficiente. La mejor manera de asumir la responsabilidad y de buscar el perdón es abandonando el cargo"."Esto es como tratar de explicar por qué la gente entra en la política", destaca Carol Galais, profesora de ciencia política en la Universidad Autónoma de Barcelona. "Por un lado, está la motivación por el servicio público. Un impulso más bien altruista según el cual el político está dispuesto a sacrificar su vida personal y profesional por el bien común. En este caso, si la reputación queda en entredicho, el político se retira porque su objetivo ya no es realizable", explica. En el otro extremo encontramos, en cambio, la ambición política. "La política sería, así, una manera de conseguir dar un impulso a su carrera personal", dice. Estamos ante lo que Galais llama "los rasgos de la personalidad oscura", concretamente el narcisismo. Son perfiles que "disfrutan de la exposición pública y son más bien impermeables a la crítica pública". "Estos políticos tienen un concepto tan alto de sí mismos que no tienen capacidad autocrítica y se les debe forzar la salida porque ellos difícilmente se marcharán voluntariamente", destaca.Este blindaje narcisista que describe Galais encuentra en el estado español un ecosistema ideal para perpetuarse. Como apunta Reniu, la idea de dimitir por una falta menor es tan ajena que, "si la comentamos en una tertulia radiofónica o televisiva, la primera reacción sería, seguramente, una sonrisa de escepticismo en lugar de exigencia". En este contexto, "las renuncias que se acaban produciendo casi nunca responden a una asunción de responsabilidad directa, sino que el factor explicativo se ha de buscar en "cuestiones accesorias" ajenas a la calidad del servicio público", explica.