"He llegado a trabajar 18 horas en un día y más de dos días seguidos"
Luís Filipe Costa Póvoas es investigador en biomedicina y acaba de completar el doctorado en Barcelona
Luís Filipe Costa Póvoas (Oporto, 1996) siempre había imaginado que acabaría haciendo carrera académica. Le gustaba la ciencia y durante años se vio dirigiendo algún día su propio laboratorio o haciendo de profesor universitario. El doctorado, sin embargo, le ha cambiado los planes. No porque haya dejado de amar la investigación, sino porque ahora tiene otras prioridades: "Tener un piso, tener una familia, una vida estable". Y no está seguro de que todo eso sea compatible con la carrera científica.
Póvoas llegó a Barcelona en enero de 2021, después de que una compañera del máster le propusiera probar suerte en la capital catalana. Al acabar el máster, no tenía claro si hacer el doctorado o especializarse antes en alguna disciplina como la bioinformática. Lo aceptaron y decidió probarlo. "Siempre he sido bastante curioso y he intentado responder todas las preguntas que tenía", explica.
Su tesis doctoral estudia la SLIMP, una proteína con diversas funciones descubierta por su laboratorio que creen que tiene un impacto en el ciclo celular. La investigación se hace con Drosophila melanogaster, la pequeña mosca que a menudo aparece en las cocinas. Las células de nuestro cuerpo necesitan dividirse y, cuando este proceso no funciona, pueden aparecer problemas como el cáncer. Las moscas sirven como modelo porque comparten muchos genes con los humanos y permiten estudiar mecanismos biológicos de una manera más sencilla. En las conclusiones de su tesis, Póvoas ha podido estudiar también el papel de la SLIMP en el desarrollo de la mosca.
La otra cara de la investigación
El problema es que detrás de cada descubrimiento hay mucho más tiempo que resultados. "Lo más frustrante es la cantidad de trabajo que va a la basura", explica. Hay experimentos que tienen pocas probabilidades de funcionar, pero que tiene que hacer porque necesita ese dato. El resultado puede ser que tres o cuatro meses de trabajo acaben sin servir para nada y que solo un experimento funcione.
La jornada también puede alargarse hasta extremos difíciles de conciliar con cualquier vida normal. De hecho, Póvoas ha llegado a trabajar 18 horas en un solo día y más de dos días seguidos haciendo jornadas inacabables. Dormía muy poco y, en teoría, no debería haber trabajado tantas horas, pero hay experimentos que no pueden esperar, asegura. "No puedes decir que, cuando acaben las ocho horas, te vas y mañana continúas", explica. Si abandona el laboratorio, puede perder el experimento. "No puedes salir y desconectar porque, al final, el proyecto es tu vida".
Los doctorandos pueden tener contrato, sueldo y paro, pero la carrera científica continúa marcada por la incertidumbre. Las becas son muy competitivas, la movilidad internacional es casi imprescindible para progresar y la falta de financiación genera estrés en los laboratorios. Póvoas ha decidido que probablemente no continuará en el mundo académico. "He estado tantos años invirtiendo tanto tiempo sin retorno que al final llegas a un punto en el que, cuando piensas en el futuro, no piensas en qué harás profesionalmente, sino en tener un piso, una familia, una vida estable." Ahora mira hacia la industria farmacéutica y la biotecnología, donde espera continuar vinculado a la ciencia desde una perspectiva más aplicada.
"Me encanta la ciencia y me encanta lo que hago", dice. Lo que ha cambiado después del doctorado no es su curiosidad, sino la manera de entender el futuro. Ha dedicado los últimos años a estudiar cómo funciona la vida a escala microscópica y ahora lo que más le preocupa es una cuestión mucho más sencilla: poder construirse una vida.