Medio año después de la noche en que los ultras salieron a vapulear magrebíes
El ARA vuelve a Torre Pacheco, el municipio murciano donde la extrema derecha provocó el enfrentamiento con la comunidad marroquí tras la agresión a un hombre
Torre Pacheco (Murcia)A un par de kilómetros de Torre Pacheco, una quincena de trabajadores, todos ellos inmigrantes, cosechan escarolas bajo el calor del reparador sol invernal. Al otro lado de la explanada, otro grupo se desloma para hacer lo mismo con las matas de apio. Los tractores y camiones para cargar las cajas con las hortalizas que se enviarán a Europa están mal aparcados en un camino polvoriento. Los temporeros repiten el movimiento cíclicamente, torso abajo una y otra vez para arrancar la mata. Un movimiento repetido cientos de veces cada día. Abdel es el capataz del grupo que acarrea con las escarolas. Todos son de Marruecos. Él aterrizó hace 26 años en este municipio murciano en el que en julio del 2025 vivió unos incidentes racistas tras la agresión a un hombre de 68 años, Domingo, por parte de tres chicos de origen magrebí. La ultraderecha se lanzó a Torre Pacheco, "a la caza" de los magrebíes, y se vivieron noches de mucha tensión que sólo un dispositivo con casi 60 vehículos de la Guardia Civil pudo contener.
Abdel tiene claro que medio año después de lo que pasó todo sigue igual. "Hablar de los extranjeros es caballo ganador para ellos", rebufa resignado, sin dejar de sonreír, haciendo referencia a Vox y sus tentáculos. Lamenta que sus compatriotas sean el burro de los golpes, pero que a su vez sean imprescindibles para hacer rentable la industria agrícola. Y todo en condiciones precarias. "Los españoles no quieren trabajar en el campo, el campo es para los extranjeros. Pero nuestros hijos tampoco querrán. ¿Abascal vendrá a trabajar aquí?", pregunta antes de poner de ejemplo a su hijo, que tiene ya 18 años, y está estudiando un grado superior. "Él tiene futuro, se siente español. Para mí ya no hay futuro, voy a trabajar todo el día, en el barro, hasta los 67 años", sentencia.
Lo que pasó a Torre Pacheco hace poco más de medio año podría haber pasado "en cualquier otro municipio de similares características", defiende el sociólogo Andrés Pedreño. Se trata de pequeñas ciudades con un 30% de inmigración y viven de la agricultura intensiva. No tiene las mismas problemáticas que el gran mar de plástico de la vecina Almería, pero existe un conflicto latente con estos trabajadores que ocupan los escalones más bajos de la pirámide laboral. Un ejemplo es el ERE en una empresa agrícola de las afueras de Torre Pacheco. Mientras Abdel y su pandilla reúnen las cajas repletas de escarolas, una treintena de trabajadores protestan ante las naves de la compañía Agromediterránea. "No sobran inmigrantes, sobran racistas", proclama una de las pancartas que levantan los empleados marroquíes, que lamentan que quieran sustituirles por nuevos trabajadores peruanos.
En Torre Pacheco casi todo el mundo repite una consigna: no hay convivencia entre ciudadanos autóctonos y ciudadanos provenientes del Magreb, sólo existe coexistencia. Cada comunidad tiene sus bares y tiendas. Inma y Raúl son una excepción. Son profesores de la escuela El Rosario, donde un 30% de los alumnos son africanos y comen en el restaurante marroquí El Berkani. El propietario del local, por su sorpresa, les invita a comer. "Para ser el primer día", les dice con amabilidad. Aunque son dos comunidades que avanzan en paralelo, Inma empieza a ver señales de esperanza.
Los padres marroquíes de sus alumnos "ya han estudiado" en Torre Pacheco, participan de los regalos a los profesores y acuden a las fiestas de cumpleaños de alumnos españoles. "Se integran muy bien", asegura tras admitir que en septiembre volvieron con miedo porque no sabían cómo reaccionarían ambos colectivos tras los incidentes de julio. Sin embargo, no ocurrió nada. Pese a estos brotes verdes, Raúl admite que la "tercera generación" de magrebíes que ya existe en el municipio, cuando llegan a la adolescencia, vuelven a distanciarse de los chicos españoles porque en los institutos les dejan más libres y no se trabaja tanto la convivencia.
Mirarse a los ojos
"Si no están ellos, no comeríamos brócoli", dice Timoteo, un jubilado que a la hora del café pasea por Torre Pacheco por el camino de Los Olmos, una pedanía cercana donde predomina sobre todo la comunidad magrebí. Timoteo lo tiene claro. Sus vecinos extranjeros son "gente trabajadora", y de "chorizos"los hay "tanto españoles como marroquíes". Una idea idéntica que unos minutos antes verbaliza a Toñi, una trabajadora que sostiene que quienes "se juntan para robar son españoles y marroquíes que no quieren estudiar ni trabajar". comunidades. Eso sí, inconscientemente, cuando habla de unos y otros los separa con un revelador "ellos y nosotros" Y aquí radica la clave de todo, según Susana Henarejos, directora de la entidad Cepaim de la Región de Murcia. Cuando conoces a alguien, ya no hay miedo. La gente debe mirarse a los ojos y encontrar un espacio común", argumenta.
Henarejos pone de ejemplo a su propio hijo, de 13 años. Vivía aislado del resto de chicos musulmanes. Dos caminos que nunca se tocaban. Hasta que empezó a hacer boxeo en el gimnasio que tiene Mendy Diong, un ex futbolista del Barça que lleva 27 años en España y trabaja con 150 chicos y chicas de Torre Pacheco. El hijo de Henarejos conoció a dos jóvenes marroquíes con los que compartía intereses, sobre todo el boxeo, y acabó rompiendo el primer muro, demasiadas veces infranqueable por los prejuicios que arrastra la sociedad. Todo sorprendido, después de unos días golpeando el saco, confesó a su madre: "Son supersimpáticos".
Nada más entrar en la nave de Diong, españoles, senegaleses y marroquíes bromean entre ellos. No hace ni 24 horas que Senegal ha ganado la Copa de África en el país magrebí. "El deporte es convivencia; la gente tuvo miedo, pero aquí se acaban conociendo y se rompen barreras, el deporte es enseñar a la gente a convivir", explica este excompañero de Messi en el Barça.
En el fútbol también ocurre. Aunque no todo es idílico. Usde, Aziz y Abde hablan en una pequeña plaza del barrio de San Antonio, epicentro de los enfrentamientos de julio entre la ultraderecha y un grupo de adolescentes de raíces magrebíes. Acaban de entrenar a fútbol con su equipo, en el que 15 jugadores son marroquíes como ellos. En el vestuario la relación es buena, pero, a menudo, tanto en el campo como en el instituto Luis Manzanares, hay racismo. "Claro que hay, nos dicen moros, dicen que robamos", relatan los chicos entre sonrisas tímidas. Pero quitan hierro al asunto porque son problemas "puntuales".
Sin embargo, las hay. El racismo estaba allí antes de la agresión a Domingo y sigue ahí hoy. Walter es un chico ecuatoriano que lleva diecisiete años en España y ha visto que había personas inmigrantes que no podían entrar en los locales regentados por autóctonos "porque son negros". Steven, de 13 años, también de Ecuador, lo ha sufrido en primera persona: "Cuando llegué me trataron mal y me junté con gente de mi país y chicos marroquíes".
De casi la treintena de personas de Torre Pacheco con las que ha hablado este diario, sólo una manifiesta abiertamente un discurso antiinmigración. "Todos los medios que tildaron al pueblo de racista, que se pongan a convivir con ellos", dice Paco, quien considera que hay un espacio en el pueblo, un auténtico "territorio comanche", con casas ocupadas por extranjeros donde hay mucha droga y peleas. Crítico, pero más medido, es el Ginés, que lamenta que los líderes de la comunidad musulmana no hacen nada "para frenar" a quienes causan problemas. "Mis hijos no se mezclan con musulmanes", remata este vecino de Torre Pacheco que trabaja de taxista en Murcia. "Ha venido mucha población nueva, y el aumento de la población va ligado al aumento de la delincuencia. Se debería regular el tema de la inmigración; quienes quieren venir a trabajar a nuestros campos son bienvenidos", argumenta el alcalde del municipio, Pedro Ángel Roca. "Deberíamos erradicar la delincuencia, no ir detrás del inmigrante", añade.
En los barrios donde las casas de unos y otros se tocan, pared a pared, hay menos tensión. "A mi abuela de 89 años son sus vecinos marroquíes quienes le llevan la fruta y le acompañan a comprar", relata Patrícia, una joven de 20 años que compara la situación de este colectivo con otras comunidades. "Con los hindúes no hay nada de racismo", dice. Pablo, un año mayor, asiente; aunque ya hace tiempo que acabó el instituto, cree que algunos de sus excompañeros de Marruecos aún puedes considerarlos "amigos".
Inma y Raúl también coinciden en señalar que hay otras comunidades de extranjeros que tienen menos voluntad de integrarse. "Los ingleses son peores, no hacen el esfuerzo de aprender el idioma, son guetos", lamentan ambos. Se refieren a las promociones de viviendas de lujo vinculadas a complejos turísticos y campos de golf que se han construido en Torre Pacheco, donde mucha gente británica y centroeuropea vive totalmente aislada de la población autóctona.
El laboratorio de Vox
Henarejos tiene claro que los incidentes racistas de julio fueron un "experimento". Se esparció mucha información falsa, aprovechando la fuerza de la extrema derecha en redes. "Todo estaba muy organizado, fue una pesadilla", añade Juan Carlos Talavera, coordinador en el municipio de Cepaim, que tuvieron que trabajar de incógnito durante esas noches para no recibir la violencia de los ultras venidos de toda España. "Fuimos el laboratorio de la ultraderecha", sentencia Henarejos. Y, encima, les salió bien el experimento, defiende Pedreño. "Quien estuvo detrás de aquello –Vox y afines– no solo no se les ha penalizado, sino que todo apunta a que lo han capitalizado políticamente. La batalla cultural que Vox está llevando a cabo enerva las posiciones más racistas dentro de la sociedad. Son posiciones latentes en otros contextos, pero cuando una fuerza política las enciende, sale todo el partido", argumenta el socio gobernando la Región de Murcia "no sería impensable" ver imágenes como las que se han dado en Minnesota con el ICE, la agencia antiinmigratoria de Donald Trump.
Ser ese banco de pruebas y no haber podido hacerle frente es el que más duele en Henarejos. Si hubiera habido convivencia, "el pueblo se habría echado a la calle" para evitar las redadas contra magrebíes que promovieron los ultras: "Nos faltó valentía para decir «no dejaremos que pase a nuestros vecinos»".