Caos de Cercanías

Expulsados de Cercanías: "He llegado a llorar en el andén de la impotencia"

Varios usuarios relatan cómo han huido de una deficiencia crónica en la red ferroviaria

Abril Lozano
02/02/2026

BarcelonaCualquiera que haya intentado coger un tren de Cercanías en los últimos días podría afirmar que desplazarse roba horas de sueño, tanto de forma metafórica como literal. El caos sin precedentes que se ha vivido en las últimas dos semanas ha hecho evidenciar, aún más, el quebradero de cabeza que supone moverse en tren —de Cercanías— por Catalunya. Pero ésta es una situación que muchos habían vivido años antes de que el accidente mortal en Gelida el 20 de enero lo hiciera detener todo. Son ciudadanos de todo el país que han visto que el desbarajuste de Cercanías se había cronificado en su día a día y que, cansados ​​de ver cómo la vida les pasaba por delante esperando en un andén o dentro de un convoy, han decidido alejarse de las vías de Cercanías.

El Nilo vive en Granollers y debe recorrer toda la línea R2 hasta Castelldefels, donde estudia. Aunque la estación queda a pocos minutos a pie del centro de estudios, después de encadenar incidencias durante dos años -cancelaciones, averías, trenes que acaban el recorrido antes de llegar al destino...-, su familia tomó la decisión de comprar un segundo coche. "Mi intención siempre ha sido moverme en tren, pero los días de examen no puedo jugarme. La única opción es ir conduciendo", dice. Ahora bien, este cambio ha hecho que la gasolina sea un gasto fijo y que tenga que pasar mucho tiempo parado haciendo caravana en la AP-7.

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Alba corrobora que la logística diaria de ser usuario de Cercanías "es un infierno". Cuando decidió cambiar de trabajo tuvo claro que, después de trece años viajando en tren, una de las prioridades era no tener que tomar Cercanías. "Era una odisea, nunca sabía cuándo llegaría a casa", explica. Ahora que ya no los utiliza, dice que ha tomado conciencia de lo torturada que se sentía, y añade que ha ganado en calidad de vida porque ya no tiene que contar las horas que pierde esperando un tren: "La vida pasaba y yo no estaba -recuerda-. Quería ir a buscar a mis hijas a la escuela al menos una tarde a la semana" y cuando lo hacía no podía.

Quien también se ha sentido expulsada de las vías ha sido Marta. Vive en Gelida y trabaja en Vilafranca del Penedès, justo enfrente de la estación de Cercanías. El viaje en tren por la R4, a priori, dura poco más de 15 minutos, pero ella ha "dejado de contemplarlo por completo". "Es imposible tomar el tren, con todos los retrasos y todas las incidencias que cada día se registran en esta línea y sobre todo en este tramo, y decidí que ya tenía suficiente. Voy al trabajo cada día en vehículo privado", asegura. Pero también explica que esta decisión le ha salido cara: "Paso de gastarme unos 40 euros en una T-Joven que me dura tres meses en tener que gastar entre 100 y 150 euros en gasolina al mes. El gasto para ir a trabajar se multiplica por tres o por cuatro", critica.

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Un desgaste físico y emocional

Paralelamente, también están los que aún optan por tomar el tren, pero que no dependa de Cercanías. Para llegar al trabajo en Barcelona desde Girona, Judit debe combinar trenes de Media Distancia con AVE, que "funciona, pero es carísimo". En este caso, aunque existe una alternativa por el servicio deficiente de Cercanías, no es accesible para todos. Sin embargo, los usuarios coinciden en que el desgaste no es sólo económico, sino que también les afecta física y emocionalmente. Judit ha normalizado avisar siempre que llegará tarde, incluso antes de salir. "Cuento que siempre iré, al menos, con media hora de retraso", lamenta. Además, relata ocasiones en las que se ha sentido desesperada, como cuando se "quedó tirada, de madrugada, a medio trayecto", sin nadie que pudiera venir a buscarla, o días que ha esperado horas y horas en la estación sin recibir ninguna información clara. "He llegado a llorar en el andén de la impotencia", reconoce.

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El Lluc, vecino de Sant Fruitós de Bages, ha tenido que desplazarse durante cuatro años a Barcelona para ir a la universidad. En teoría, la R4 era la opción más rápida, pero en la práctica era la menos previsible: "Si cogía Cercanías, no sabía ni a qué hora saldría ni a qué hora llegaría", comenta. Tras sufrir retrasos de 20, 30 o 40 minutos, pasó a evitarla casi por completo y se decidió por coger los FGC o el bus de Manresa a Barcelona aunque el trayecto fuera un poco más largo. A esto se añadía la falta de conexiones desde su pueblo, y la solución fue trasladarse a Barcelona entre semana porque "si no, no llegaba a clase", comenta.

Laia volvió a vivir en Cerdanyola del Vallès haciendo caso a la idea de que "es un municipio muy bien comunicado", explica. Pero cuando Cercanías falla, las opciones se reducen a buses saturados con transbordos o pedir a alguien que la vaya a buscar en coche a la estación de FGC: "Acabo implorando a mi pareja, amistades o la familia para que vengan a recogerme", explica. Con horarios laborales variables, planificarse le es casi imposible y la hace "dependiente". "Necesito una red de personas que me rescaten", admite.