El análisis de Antoni Bassas: 'Inmigración y subasta electoral'
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Miremos lo que ocurrió ayer y entenderemos dónde estamos y lo que nos espera. El PP reunió a los presidentes de las comunidades autónomas en torno a Feijóo. ¿Y de qué dirían que hablaron? Correcto: de inmigración. En estos términos:
"Defendemos un nuevo visado por puntos que prime la entrada de quien quiere trabajar en los sectores donde hay falta de mano de obra, de quien conoce mejor nuestra cultura y de quien tiene mayor capacidad de integración. [...] Tolerancia cero con el delito. Esto es lo mínimo. Los delitos graves implicarán automáticamente que se pierda el derecho a la residencia. Y premiarse tampoco con la permanencia en España. Por tanto, aquí se cumple la ley. Nosotros, los españoles, cumplimos la ley.
Lenguaje fuerte, tono subidillo, al moderado Feijóo le están enseñando a gritar, de modo que cuando conviene parezca ese presidente gallego de formas suaves y cuando conviene recuerde a Vox. Sobre la propuesta concreta que hace, sólo un apunte: noten que Feijóo, cuando propone dar preferencia a los inmigrantes "que mejor conocen nuestra cultura", está reduciendo cultura a la lengua y la religión, está diciendo que vengan hispanoamericanos que ya hablan castellano y son cristianos. Por tanto, si incluso para una potencia lingüística como es el castellano la lengua es importante, ¿cómo puede no serlo para nosotros? Pero ese es el tema para otro día.
Porque lo que hoy interesa remarcar es que, con la calculadora de votos y de escaños en la mano, el PP mira a Vox al igual que Juntos mira Aliança Catalana, y ven cómo se los comen en las encuestas. Y no sólo en las encuestas: los alcaldes saben qué tipo de conversaciones hay en las calles, los diputados sienten qué tipo de conversaciones están las sobremesas, y ahora hacen lo de "hablar claro", "acabar con el buenismo", "hablar de todo por incómodo que sea" o cualquier otra expresión que indiquen que entienden. Y por eso Feijóo levanta el tono.
En realidad, la inmigración es una parte de la inquietud de la gente. La lista de inquietudes es larga: los sueldos estancados; la falta de vivienda, que hace más grave el futuro incierto de los jóvenes; el desastre de Cercanías o de la AP-7; la minorización del catalán; un aumento de la inseguridad en lugares que antes eran seguros… Todo esto tiene algunas soluciones que no siempre tienen que ver con la inmigración: mejora la financiación, y la sanidad y la educación podrán aspirar a dar mejor servicio, y quizás puedas rebajar el tramo autonómico del IRPF; haz el catalán obligatorio (y, por tanto, imprescindible) y combatirás la minorización de la lengua… Y todo esto se combina con la evidencia de que, con un 18% de inmigración, los barrios han cambiado, las escuelas han cambiado, y hay catalanes que se sienten desplazados a su barrio, o su escuela. Y las escuelas que no pueden integrar como antes, ¿por qué dónde te integras si hay muchos más recién llegados que antes? ¿Cómo pueden aprender el catalán si no lo sienten entre los compañeros de la escuela ni en el barrio?
Y ahora, por razones de cálculo político, la solución a todos estos malestares se está concentrando en la palabra fetiche: inmigración. No es sólo en Cataluña o en España, que pasa, está en todo el mundo occidental y afecta a gobiernos de todos los colores.
Buenos días.