Las mujeres pagan un precio más alto por las olas de calor
La fisiología femenina hace más vulnerables a las mujeres durante etapas como el embarazo o la menopausia, pero los expertos coinciden en que el exceso de mortalidad se explica sobre todo por la suma de desigualdades sociales, económicas y de edad.
Cataluña –¡y Europa!– vive un verano sin precedentes, con temperaturas extremas que han superado los 45 grados en algunos puntos del país y se ha llegado a un récord histórico de casos de mortalidad por calor. Según datos del Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), solo en el mes de junio se registraron 218 defunciones atribuibles al calor extremo, un 300% más de casos respecto al mismo periodo del año pasado. Y aunque estos datos oficiales no publican desgloses por género, estudios epidemiológicos previos señalan que las mujeres mueren más que los hombres por esta causa.
En este sentido, un trabajo del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), un centro impulsado por la Fundación La Caixa, concluía que en 2022, hasta entonces considerado el verano más caluroso registrado jamás en Europa, la mortalidad atribuible al calor tuvo un mayor impacto en las mujeres, que representaron alrededor de un 60% de las defunciones por calor.
Un cóctel de factores explican los motivos por los cuales ellas salen peor paradas de las olas de calor vinculadas a la crisis climática. Para empezar, su cuerpo responde de manera diferente a las temperaturas extremas, y esto se suma al hecho de que son mayoría en una población cada vez más envejecida y que las desigualdades socioeconómicas que padecen las exponen a un riesgo más elevado.
Un cuerpo más vulnerable
Fisiológicamente, las mujeres disipan el calor de manera diferente que los hombres: producen menos sudor y comienzan a sudar a temperaturas internas más elevadas, lo que dificulta que puedan deshacerse rápidamente del calor extra. Además, su organismo está regulado por ciclos hormonales, que también se ven afectados por las temperaturas elevadas.
“Cada vez hay más evidencias de que el calor extremo puede alterar el ciclo menstrual”, señala la ginecóloga Elisa Llurba, jefa del Servicio de Obstetricia y Ginecología del Hospital de Sant Pau, en Barcelona.
El estrés térmico activa mecanismos hormonales que hacen aumentar el cortisol, la hormona del estrés, y que pueden alterar la secreción de las hormonas reproductivas. En consecuencia, los ciclos pueden ser más irregulares, y las reglas, más abundantes o más prolongadas en algunas mujeres. Y dolorosas. “Si la mujer tiene endometriosis o adenomiosis, la respuesta inflamatoria y la vasodilatación pueden intensificar el dolor menstrual y la sensación de malestar”, añade Llurba.
Durante la perimenopausia y la menopausia las olas de calor exacerban los síntomas más habituales, como los sofocos y la sudoración nocturna, lo que empeora la calidad del sueño y aumenta el cansancio y la irritabilidad.
El embarazo también es un período especialmente vulnerable a las olas de calor. Para la madre gestante, resulta más complicado regular la temperatura corporal. Las fluctuaciones de progesterona, sobre todo al inicio y a la mitad del embarazo, aumentan la sensación de calor y el mayor volumen del cuerpo incrementa la carga cardiovascular.
Además, el estrés térmico aumenta significativamente la probabilidad de sufrir efectos adversos para la madre y el bebé, sobre todo en embarazos de alto riesgo. “Es un momento muy vulnerable”, destaca Llurba, que ha participado en un estudio reciente liderado por ISGlobal que ha encontrado una relación entre la exposición a temperaturas elevadas durante las primeras etapas de la vida y el desarrollo cerebral del bebé. En concreto, vieron un crecimiento más lento del tálamo.
La crisis climática intensifica las desigualdades de género
Pero no solo la biología pone en mayor riesgo a las mujeres. El informe “¿Quién puede protegerse del calor?”, elaborado por el Instituto de Investigación Urbana de Barcelona (IDRA), concluye que el perfil más vulnerable en las olas de calor y las temperaturas extremas es una mujer mayor con problemas de salud que viva sola en un barrio de renta baja y en una vivienda sin una refrigeración adecuada. La edad es otro factor importante de riesgo: cuanto mayor, más vulnerable al calor. Y las mujeres viven, de media, más años que los hombres.
A esto se suma la capa de los factores socioeconómicos, como ha visto la investigadora del departamento de ciencias políticas y sociales de la Universitat Pompeu Fabra Mar Coll en un trabajo reciente: las mujeres viven con pensiones más bajas, en viviendas en peores condiciones, con menos recursos, lo que redunda en menor capacidad para afrontar los episodios de calor extremo.
Coll ha analizado el impacto de la crisis climática en la vida cotidiana en los hogares catalanes y ha documentado cómo añade una capa más a las desigualdades de género, y no solo reproduce las que ya existen. Un ejemplo son los cuidados. “Son las madres las que todavía mayoritariamente tienen el rol de cuidadoras, y durante las olas de calor vemos que son las que reorganizan los horarios familiares, velan por el bienestar de los niños y las personas dependientes; adaptan la dieta de la familia para combatir el calor, se encargan de todo ello en un momento de calor extremo en el que ellas, además, están en una situación de mayor vulnerabilidad”, explica Coll a el ARA.
Además, la investigadora de la UPF añade una vertiente emocional: “fatiga, frustración, culpa de no poder hacerlo siempre del todo bien o de no poder más”.