Neurociencia

La neurociencia muestra el poder de la música en directo

Un estudio evidencia que las respuestas de los intérpretes a las reacciones del público intensifican la experiencia musical

"Dar conciertos es una práctica totalmente arcaica", decía el pianista Glenn Gould en una entrevista en 1980. Para el intérprete y compositor canadiense, considerado uno de los mejores pianistas del siglo XX, la música debía escucharse en privado. No debía utilizarse como terapia de grupo ni como experiencia comunitaria. Porque la música, argumentaba, debería conducir al público a un estado de contemplación que es imposible alcanzar con decenas o cientos de personas alrededor.

Gould era conocido por ir abrigado y con guantes incluso en verano, por canturrear mientras tocaba y por cargar una silla tronada que le obligaba a tocar en una posición prohibida por cualquier profesor de piano con unos criterios mínimos de ergonomía. Aunque su excéntrico talento dejó algunas de las mejores grabaciones de Bach, su percepción de la música en directo no era como la de la mayoría.

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Lo muestra un estudio de investigadores de la Universidad de Zúrich publicado recientemente en la revista Proceedings of the National Academy of Science (PNAS), según el cual escuchar música que se está interpretando en el momento provoca más actividad cerebral que escuchar grabaciones, sobre todo en algunas regiones relacionadas con el procesamiento de emociones.

Estímulos y realimentación

"La música en directo aporta muchos más estímulos que la música grabada", afirma Jordi A. Jauset, autor de varios libros sobre música y neurociencia. "La mayoría de equipos que reproducen música grabada recortan frecuencias altas y bajas, pero, además, bajo la piel tenemos unas células que responden a la vibración provocada por las bajas frecuencias de la música en directo, y después están todos los estímulos visuales de ver quién toca", explica. "Toda esta información activa la red de recompensa del cerebro y genera un placer más elevado cuando se escucha música en directo que cuando se hace en casa".

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Este estudio, sin embargo, va un paso allá y se centra en la interacción entre intérpretes y oyentes y en la realimentación entre las reacciones del público y la interpretación. Para investigar estas ideas, el psicólogo Sascha Frühholz y sus colaboradores compusieron doce piezas de 30 segundos. La mitad utilizaban principalmente acuerdos menores, tempos lentos y menos armonía, con la idea de despertar emociones como la tristeza. Las demás contenían armonías mayores, eran más ágiles y pretendían, por tanto, estimular estados emocionales de alegría y felicidad.

A continuación, los investigadores reclutaron a 27 personas sin conocimientos musicales y les hicieron escuchar todas las piezas, a veces grabadas ya veces interpretadas en directo por un pianista, de tal modo que los oyentes no sabían si escuchaban grabaciones o música en directo.

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Mientras escuchaban las piezas, los oyentes yacían en un aparato de resonancia magnética que les monitorizaba la actividad cerebral. Cuando la pieza se interpretaba en directo, la información sobre la activación neuronal se enviaba al pianista, que podía modular la interpretación dependiendo de lo que iba recibiendo. Si veía más actividad, por ejemplo, podía intensificar la interpretación. O por el contrario.

Los resultados del experimento muestran que en todos los casos la música en directo estimuló de forma más intensa la amígdala izquierda de los oyentes, una región del cerebro asociada con la interpretación emocional de estímulos externos como los auditivos. Cuando la música era grabada, la actividad en esta zona del cerebro era más baja y aleatoria.

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Estos resultados, además, coincidieron con la forma en que valoraron los participantes la intensidad de los estímulos emocionales que les había provocado cada pieza. Todos afirmaron que la música en directo les había emocionado más.

Música adaptativa

Esto indica que la interacción que se produce entre los músicos y el público puede intensificar emocionalmente la experiencia musical. "La música grabada no es adaptativa a cómo responde el oyente, pero los pianistas a menudo adaptan la música al público para obtener una mejor respuesta", dice Frühholz.

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"Hay dos aspectos muy interesantes en este estudio", valora Juan Manuel Toro, investigador ICREA en el Center for Brain and Cognition de la Universidad Pompeu Fabra: "En primer lugar, hacen un esfuerzo muy grande por entender qué diferencia la música en directo de la grabada y, en este sentido, concluyen que la música en vivo tiene más variaciones que la grabada". "La música grabada es más plana —sigue—, pero la música en vivo responde a las emociones de los oyentes e introduce variaciones que disparan una mayor respuesta emocional porque existe esta sincronización entre el músico y el oyente".

La otra vertiente del estudio que ha despertado el interés de Toro es que abre la puerta a una tecnología basada en inteligencia artificial que regule la música a partir del estado emocional de quien le escucha. "Si la señal del cerebro se introduce en un modelo de inteligencia artificial con acceso a una librería enorme de música que puede modular según las respuestas cerebrales del oyente, ya no estaríamos limitados a las acciones de un pianista, sino que podríamos tener una experiencia musical completamente personalizada", explica. "La tecnología para realizar este tipo de cosas —interfases máquina-cerebro— ya existe", añade. "Y esto tiene, potencialmente, muchas aplicaciones", asegura.

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La música hace la fuerza

A diferencia de lo que defendía Glenn Gould, el estudio también refuerza la vieja idea de la música como experiencia social que genera vínculos y cohesión de grupo. "Cuando nuestros ancestros se reunían en torno a una hoguera para cantar y bailar, de algún modo el objetivo que tenían era cohesionarse para agarrar fuerzas y hacer frente a los peligros", explica Jauset.

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Esta idea también liga con lo que la escritora Jeanette Winterson explicaba a la también escritora Bel Olid en un acto memorable que se celebró en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona el 20 de noviembre de 2019. En un cierto momento, Winterson decía (resumo):

"Teníamos que viajar 20 millas, sin caminos, quizá a caballo, quizá caminando, hasta una habitación fría y sin calefacción para escuchar a cuatro personas tocar el violín. ¿Por qué!? Pues porque se trata de 'una experiencia que nos conecta con la humanidad que compartimos, con nuestro latido privado, y por la noche, cuando ya no hay nadie con quien hablar, hace que todavía quede esta pequeña voz en forma de música que recuerdas y te hace sentir reconfortada . Porque no estás sola".

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Quizás a Glenn Gould le gustaba precisamente esa soledad. Pero los estudios neurocientíficos y evolutivos llevan tiempo apuntando a la cohesión social como motor de progreso. Y la música es un vehículo más por llegar.