Migración

Los pescadores que vienen porque Europa los ha dejado sin peces

Los senegaleses que trabajan en las barcas catalanas son refugiados climáticos que han emigrado a Europa por culpa de la pesca industrial, que ha alterado su economía de subsistencia

Cambrils y Vilanova i la GeltrúSe llaman Mourtalla Diop, Mamadou Diop, Cheikh Wele y Thierno Sene; nacieron en Senegal y hablan wòlof como primera lengua. Ninguno de los cuatro se conocían antes de encontrarse en los puertos de Vilanova i la Geltrú y en el de Cambrils, donde trabajan. Los cuatro comparten una historia de superación similar: provienen de familias de pescadores del Senegal, país del cual tuvieron que marcharse porque llegó un día en que aquello que sabían hacer, pescar, se había convertido en un oficio sin futuro. Marcharon del llamado Sur Global de la costa africana para buscar un nuevo trabajo, una nueva vida, y la han encontrado en los puertos catalanes. “Me gusta pescar porque es lo que he hecho siempre”, explica Mamadou una tarde en el puerto de Vilanova i la Geltrú. Mamadou tiene el mismo apellido que Mourtalla, pero comentan que no son familia. “Nos hemos conocido trabajando en el puerto de Vilanova”, dicen, y añaden que el apellido Diop es habitual en Senegal.

Las poblaciones del litoral y de la parte este de Senegal, Gambia, Mali, Burkina Faso dependen de la pesca y la alimentación del pez. “Es su seguridad alimentaria”, explica Marina Monsonís, autora del libro premiado Mare mar (Ara Llibres), donde explica el funcionamiento de estas comunidades: los hombres practican la pesca artesanal y las mujeres se dedican a fumar el pez, secarlo y venderlo en los mercados locales. La economía de las familias se basa en esta cadena, con estos dos roles bien diferenciados. Pero un día todo esto cambió: la industria de las piscifactorías de Europa, que necesita grandes cantidades de pienso –elaborado a partir de peces–, creció tanto que “las barcas europeas, incluidas las españolas”, fueron a pescar peces a las costas africanas, dice Monsonís. El Sindicato de Manteros de Barcelona ha explicado que la pesca que han llevado a cabo los barcos españoles, y de la del resto de países europeos, en las costas africanas ha sido “una pesca industrial con mayúsculas, que utiliza bombas y se lo carga todo”, recuerda Monsonís. A medida que los pescadores artesanales de Senegal se quedan sin peces, se ve alterada "toda su vida comunitaria, cultural, económica, su cocina y nutrición, la forma de subsistencia y la relación con el entorno”. Por eso, continúa explicando Marina Monsonís, los migrantes senegaleses se convierten en “refugiados ecológicos”, porque se han sentido obligados a “abandonar su tierra y su mar porque los recursos naturales que les permitían vivir han sido destruidos”.

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Un país sin pescadores artesanales

Si las barcas españolas y otras han podido ir a pescar con métodos industriales es porque ha habido “acuerdos comerciales internacionales, que cuentan con el visto bueno del gobierno corrupto de Senegal, que ha permitido que la actividad de las empresas multinacionales instaladas en el país acabe con los recursos básicos y necesarios para la población local”, dice Monsonís, que recuerda que Europa también ha ido a Senegal a verter los residuos electrónicos y eléctricos. “Desde 2015, en Senegal se han desmantelado 125 toneladas de residuos electrónicos y eléctricos”, dice Monsonís.

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Este es el escenario que han vivido los pescadores de Senegal de nuestros puertos. Sus familiares se han quedado en el país de origen y mantienen el contacto siempre que pueden. Es un escenario que se ha explicado y denunciado. El informe Alimentando el monstruo: Cómo las industrias europeas de acuicultura y alimentación animal están robando alimentos a las comunidades de África Occidental, hecho por Greenpeace África y la Fundación Changing Markets, ha explicado que "la industria de la harina y del aceite de pescado está desviando una valiosa fuente de alimento para hacer piensos. Cada año más de un millón de toneladas de pescado fresco que podrían alimentar a millones de personas en África Occidental se utilizan para alimentar a los animales de la acuicultura industrial, principalmente en Europa y en Asia". Por eso, la pregunta que se hace Monsonís es si hay que parar la industria de las piscifactorías, porque así se pararía la del pienso, y entonces "beneficiaríamos a las comunidades costeras africanas". La experta remarca que el estudio de Greenpeace "también nos explica que esto perjudica a las comunidades costeras africanas como las de Gambia y las del litoral de Senegal, y las de interior como Malí, Burkina Faso y la parte este de Senegal". Se ven afectadas porque el pescado es su seguridad alimentaria, que tiene efectos en todos los ámbitos, sociales, económicos y también de salud física.

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Una nueva oportunidad en Cambrils

En el puerto de Cambrils, Thierno Serne dice que tiene 18 años. Trabaja allí desde septiembre y recuerda cómo ayudaba a su padre a coger las cajas de los pescados y a limpiar la barca. “Lo he hecho desde pequeño”, comenta, y añade que en casa la madre los vendía en el mercado y también comían. Ahora vive en Tarragona, ciudad que dice que le gusta mucho, y donde estudió cocina. Comparte piso con otros compañeros, y escribe whatsapps a su madre para decirle que está bien. “El trabajo en el puerto de Cambrils me gusta; es muy rápido porque el pescado tiene que salir enseguida del puerto una vez ha pasado por la lonja”, explica. Trabaja unas horas por la mañana, cuando llegan las barcas del pescado azul, y después por la tarde, con las barcas que llegan con las gambas rojas y los pescados blancos. Él pone el hielo en las cajas y las prepara para que los compradores se las lleven. Habla en castellano, entiende el catalán, y dice que la travesía de Senegal hasta Tenerife en una barca patera no fue nada fácil; pero no quiere recordarlo y el día que le entrevistamos dice que cocinará arroz con pescado.

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Mientras tanto, en el puerto de Vilanova i la Geltrú, Cheikh Wele dice, en castellano, que todo el mundo lo conoce con el nombre de Sergio. “Me he acostumbrado, pero me llamo Cheikh”, dice desde lo alto de la barca Montclar, que es la más grande del puerto de Vilanova. Hoy han pescado gamba roja, pero no tanta como hace unos meses, y eso lo desanima. “Yo quiero que mi jefe pesque mucha gamba roja, porque entonces está contento”, dice. Hace quince años que vive en Vilanova, donde consiguió cambiar de vida; no de oficio, porque se dedica a lo que sabe hacer: pescar. En Vilanova vive con su mujer, con la que ha tenido tres hijos, que van a la escuela L’Arjau. “¿Sabes que en Senegal también pescábamos gambas, que no son tan rojas como las vuestras? Estas gambas las llevábamos a vender a Huelva, y fue así como entré en España”. De Huelva se fue a Almería, y después a Cataluña, y ahora sus hijos hablan catalán y él lo está aprendiendo: “Mira, sé decir «un poco», «cuando quieras»".

Finalmente, Mamadou Diop, que trabaja en la barca llamada La Geltrú, dice que llegó hace dieciséis años. "Y fue casualidad, porque acompañaba a otros compañeros, de Senegal, que habían venido a Vilanova a vender ropa como top manta". Como él era pescador en su país, pensó en pedir trabajo allí. Hoy tiene pareja y tres hijos, y en agosto se van a visitar a la familia. "No fue fácil llegar a España; lo hice por Tenerife en patera en 2006, y de allí, a Madrid, al pueblo de Don Benito. Mientras estaba allí me llamaron unos amigos de Reus, y me comentaron que aquí había mucho trabajo en los puertos, y vine", y lo dice serio porque Mamadou tiene un porte recio, enfundado en sus botas y traje verde impermeable.

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Unos metros más allá de Mamadou, que está en lo alto de la barca La Geltrú, está Mourtalla Diop, que trabaja para la Cofradía de Pescadores de Vilanova. Comenta que hace once años que vive en Vilanova y que habla catalán, y también italiano, además de wolof, claro. Ambos son amigos, ahora. Mourtalla habla tan rápido como trabaja en la lonja, porque sabe que, tan pronto como el pescado se ha subastado en la lonja, todos los minutos cuentan: él es muy veloz colocando hielo encima de las cajas de los pescados, filmándolos con papel film, para que los compradores se lleven las cajas. Era su vida en Senegal, la que habría querido seguir teniendo si no fuera porque hubo un día que el pescado se agotó. Y, sin pescado, en Senegal, no hay vida. Por eso la ha buscado en nuestros puertos.